A vosotros os es requerido perdonar

“A VOSOTROS OS ES REQUERIDO PERDONAR”                                 Liahona Febrero 1981
Elder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce

Estos últimos seis meses han constituido un período de tiempo maravilloso para nosotros. En la conferencia anterior dimos apertura al Sesquicentenario de la organización de la Iglesia. El 6 de abril pasado, cuando celebramos una conferencia general similar a ésta, cubrimos la mayor parte del continente y un siglo y medio de historia cuando hablamos desde la humilde cuna de nuestra Iglesia a una vasta congregación reunida en este tabernáculo. Desde entonces, con música, danzas, y obras teatrales, hemos dado vida a la epopeya de la edificación de Sión en los últimos días.

Hemos refrescado la memoria que nos une a nuestro pasado, y rendido reverente tributo a aquellos que tanto dieron de sí para cristalizar lo que hoy disfrutamos. Nos ha invadido un espíritu de acción de gracias al Dios Todopoderoso por la maravillosa manera en que ha desplegado sus divinos propósitos. Se nos ha recordado que constituimos una parte importante en el cumplimiento de una gran profecía.

Todo esto ha sido hecho en el espíritu de jubileo; pero todavía queda mucho por hacerse. En el antiguo Israel, cada quincuagésimo año era observado uno de jubileo con homenajes y celebraciones. Mas también existía un decreto instando a extender un perdón generoso y a levantar las manos de la opresión.

En este 1980, al celebrar los 150 años de nuestra historia, es nuestra responsabilidad, en carácter de pueblo agradecido, extender nuestro corazón en un espíritu de perdón y en una actitud de amor y compasión hacia aquellos que consideramos nos han agraviado.

De esto tenemos necesidad. El mundo entero lo necesita, porque constituye la esencia misma del Evangelio de Jesucristo. Así lo enseñó El. El fue ejemplo de esto como ninguna otra persona lo ha sido. Durante su agonía, en la cruz del calvario, rodeado por viles acusadores que le despreciaban, y quienes lo habían arrojado a tan terrible crucifixión, el Salvador clamó: “Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

De ninguno de nosotros se espera que perdonemos tan generosamente, mas cada uno se encuentra bajo cierta obligación divina de extender perdón y misericordia. El Señor ha declarado por medio de revelación:

“En la antigüedad mis discípulos buscaron motivo el uno contra e 1 otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron gravemente afligidos y castigados.

Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.

Yo, el Señor, perdonare a quien sea mi voluntad, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres.

Y debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos.” (D. y C. 64:811.)

Cuanta es la necesidad que tenemos de aplicar este principio divino, y aquel que lo acompaña: El arrepentimiento, del cual el presidente Romney nos ha hablado de manera tan persuasiva. Vemos esta necesidad en el hogar, en donde pequeños malos entendidos se transforman en grandes disputas Es evidente entre vecinos en donde insignificantes diferencias conducen a interminables muestras de desprecio. Lo vemos en el mundo de los negocios plagado de quienes se rehúsan claudicar y perdonar. Si hubiera existido en la mayoría de los casos la buena voluntad de conversar las cosas con calma, bien se podrían haber evitado estas situaciones para provecho y bendición de todos, en vez de pasar sus días alimentando rencores y planeando venganza.

En aquel primer año de la organización de la Iglesia, cuando el profeta José Smith fue repetidamente arrestado y llevado a juicio producto de acusaciones falsas por parte de aquellos que buscaban la manera de dañarle, el Señor le dijo mediante revelación: “Y a quien litigare contra ti, la ley lo maldecirá (D. y C. 24:17).

Eso mismo he visto en nuestra época entre algunos que vengativamente persisten en sus rencores. Aun entre algunos que ganan sus pleitos parece haber una cierta intranquilidad de conciencia, y aun cuando puedan ganar en lo material, pierden algo aún mucho más precioso.

El escritor francés, Guy de Maupassant, nos cuenta la historia de un labrador llamado Hauchecome quien llegó hasta el poblado en un día de feria. Mientras caminaba por la plaza pública, su mirada fue atraída por un trozo de cuerda tirado sobre los guijarros. Lo recogió y lo guardo en su bolsillo. Esto fue observado por el talabartero del poblado con quien anteriormente había tenido una disputa.

Más tarde ese mismo día se denunció la perdida de una cartera. Hauchecome fue arrestado a causa de la acusación del talabartero. Compareció ante el alcalde de la ciudad a quien trato de convencer de su inocencia, mostrando el trozo de cuerda que había recogido. Pese a ello, no le creyeron y se mofaron de él.

Al día siguiente se encontró la cartera, y Hauchecome fue absuelto y puesto en libertad. Mas, resentido por la indignidad que se le había hecho padecer a causa de una acusación falsa, se lleno de rencor y no olvido. Sin el más mínimo interés de perdonar y olvidar, escasamente pensaba o hablaba de otra cosa. Echo su granja al abandono. En todo lugar adonde iba, a todos quienes conocían, tenía que mencionar la injusticia que contra él se había cometido. Día y noche eso era lo único que ocupaba su mente. Obsesionado por la injusticia, enfermo gravemente y murió. En el delirio de su agonía no cesaba de decir: “Un trozo de cuerda, un trozo de cuerda”.

Excepto por los personajes y las circunstancias, dicha historia puede bien aplicarse a nuestra época. Cuán difícil es para cualquiera de nosotros perdonar a Conferencia General Octubre 1980 conferenciageneralsud.wordpress.com aquellos que nos han hecho daño. Todos somos propensos a cobijar el mal que otros nos hacen. Al así hacerlo nos invade una gangrena destructiva. ¿Existe una virtud que necesitemos aplicar más en nuestra época que aquella de perdonar y olvidar? Existen quienes mirarían a esto como un símbolo de debilidad de carácter. ¿Acaso lo es? Considero que no se requiere fortaleza ni inteligencia para anidar un enojo a causa del mal padecido, de transitar por la vida con un espíritu de revancha, para anularnos y cavilar una retribución. No se puede encontrar la paz al mantener vivo un rencor. No hay felicidad en vivir pendiente del día del “desquite”.

Pablo se refiere a los débiles y pobres rudimentos de nuestras vidas (Gal. 4:9). ¿Existe algo más débil o pobre que la disposición de desperdiciar nuestra vida en una constante e interminable cadena de cavilaciones y desprecios hacia aquellos que puedan habernos afrentado?

Joseph F. Smith presidio la Iglesia en una época de gran encono hacia nuestro pueblo. Fue constantemente blanco de viles acusaciones, de un continuo bombardeo de críticas de parte de columnistas aun en esta comunidad. Su nombre apareció en pasquines, su imagen en caricaturas, y fue ridiculizado de mil maneras. Escuchad su respuesta a aquellos que hicieron de tal conducta un hábito: “No les molestéis, dejadles tranquilos. Otorgadles la libertad de decir lo que deseen. Dejadles que viertan su propia opinión y escriban su propia sentencia.” Con un inclaudicable espíritu de perdón y una gran capacidad para olvidar siguió adelante con la gran y positiva obra de guiar a la Iglesia hacia logros notables. En el momento de su muerte, muchos de aquellos que le habían ridiculizado le rindieron encomiables tributos.

No hace mucho tiempo escuche detenidamente a una pareja que me vino a visitar. Había enojo entre ambos. Sé que en una época su amor era profundo y verdadero; mas se habían vuelto propensos a hablar de las faltas mutuas. No estando dispuestos a perdonar ni siquiera la clase de errores que todos cometemos, y sin el más mínimo interés de olvidarlos y vivir por encima de ellos con paciencia, se censuraron mutuamente hasta que el amor que un día habían conocido se apagó. Se había vuelto cenizas por el decreto de un así llamado “divorcio sin culpabilidad de los cónyuges”. Ahora solo existe la soledad y la recriminación. No me cabe duda de que si hubiera habido una pequeña cuota de arrepentimiento y perdón, aun estarían juntos, disfrutando del compañerismo que otrora les había bendecido tan abundantemente.

Si hubiera alguien dentro de los confines alcanzados por mi voz que anida en su corazón la ponzoña de la enemistad hacia otra persona, le ruego que implore al Señor por la fuerza necesaria para perdonar. Tal expresión de deseo constituirá la substancia misma del arrepentimiento. Tal vez no sea fácil, y no llegara en seguida, más si buscáis esto con sinceridad y lo cultiváis, de seguro llegara. Y aun cuando aquel a quien perdonéis continúe en sus sendas equivocadas, sabréis que habéis hecho lo posible para efectuar una reconciliación. Vuestro corazón se verá colmado por una paz que no se puede obtener de ninguna otra forma. Dicha paz será la paz de Aquel que dijo:

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonara también a vosotros vuestro Padre Celestial. Mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonara vuestras ofensas.” (Mateo 6:14, 15.)

En todo lo que jamás el hombre haya escrito no conozco un relato más hermoso que el que se encuentra en el decimoquinto capítulo de Lucas. Se trata de la historia de un hijo arrepentido y un padre clemente. Es la historia de un hijo que malgasto su legado en una vida desenfrenada, desechando el consejo de su padre, menospreciando a aquellos que le amaban. Cuando hubo gastado todo, se encontró hambriento y sin amigos, y “volviendo en sí”, regreso a su padre, quien, al verlo a la distancia, “corrió, y se echó sobre su cuello, y le beso”. (Lucas 15:17,20.)

Os ruego que leáis esta historia. Todo padre debe leerla una y otra vez. Su mensaje es lo suficientemente amplio como para aplicarse a todo hogar. Es lo suficientemente amplio como para aplicarse a toda la humanidad, pues, ¿no somos acaso todos hijos e hijas pródigos que necesitamos arrepentirnos y participar del misericordioso perdón de nuestro Padre Celestial y entonces seguir su ejemplo?

Su Hijo Amado, nuestro Redentor, nos ofrece perdón y misericordia, mas al hacerlo demanda arrepentimiento. Un verdadero y magnánimo espíritu de perdón se transformará en una expresión del requerido arrepentimiento. El Señor dijo; y cito de una revelación dada al profeta José:

“Así que, te mando arrepentir; arrepiéntete, no sea que te hiera con la vara de mi boca, y con mi enojo, y con mi ira, y sean tus padecimientos dolorosos; cuan dolorosos no lo sabes; cuan intensos no lo sabes; si, cuan difíciles de aguantar no lo sabes.

Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten; más si no se arrepienten, tendrán que padecer aun como yo; padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu…

Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mi tendrás paz.” (D. y C. 19:15-18, 23.)

Ese es el mandamiento, y esa es la promesa de quien en su gran y ejemplar oración clamo: “Padre,. . . perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” (Mateo 6:9, 12.)

Mis hermanos y hermanas, al poner broche final a este gran periodo de jubileo, curemos las heridas las muchas heridas que han sido causadas por palabras punzantes, por rencores empecinadamente anidados, por una maquinada sed de “desquite’ hacia aquellos que nos han perjudicado. Todos tenemos una pequeña porción de este espíritu de venganza dentro de nosotros. Afortunadamente también todos tenemos el poder de vencerlo, si nos vestimos “con el vínculo de la caridad, como con un manto, que es el vínculo de la perfección y la paz” (D. y C. 88:125).

“Errar es humano, perdonar es divino” (Alexander Pope, An Essay on Criticism, 2:1711).

No existe paz en donde se albergan viejos resentimientos. No existe paz en donde se refleja el dolor de viejas heridas. La paz esta únicamente donde existe arrepentimiento y perdón. Me refiero a la dulce paz de Cristo quien dijo: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:0). De la cual os testifico en su santo nombre, el nombre mismo de Jesucristo. Amén.

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