ALAS

por Anne Yelvington Lynch                                                                          Liahona Febrero 2000

Conocí a William el primer día del tercer año que yo enseñaba inglés en un programa de educación para adultos del colegio comunitario local. Él era de corta estatura, de ojos oscuros, de cabello rubio muy ondulado, más bien desaliñado y sucio, y, como pronto pude darme cuenta, casi totalmente analfabeto. Era a principios de la década de 1970, en la que el cabello largo era popular entre los jóvenes y las drogas se estaban convirtiendo en un problema de grandes proporciones. Pensé: He aquí otra víctima de la cultura de las drogas, y el ánimo se me vino abajo.
Después de mis palabras de introducción, pedí a la clase, como acostumbro hacerlo el primer día, que escribieran algo acerca de sí mismos. Pasando la vista de alumno en alumno, me di cuenta de que William parecía estar poniendo un esfuerzo desmedido en el párrafo que escribía; agarraba el lápiz de manera torpe y poco práctica, y lamía la punta cada vez que pasaban unos minutos. Tenía el rostro muy cerca del papel y fruncía el entrecejo.
El resto de la clase terminó la asignación un tanto rápido y empezaron a impacientarse. Les permití irse. A William le tomó 40 minutos escribir unas cuantas líneas y, cuando por fin me entregó la asignación, no la podía leer. Él permaneció a un lado de mi escritorio, observándome mientras yo la revisaba.
“¿Quiere que se la lea?”, dijo.
“sí”.
“Me llamo William y vivo con una pensión del gobierno en mi auto, en un garaje vacío. Tengo 19 años y bebo desde los 11. Pero ahora he decidido aprender”.
Nunca había enseñado a un alumno que casi no supiera leer ni escribir; no tenía idea de cómo hacer frente a esa situación.
“Tienes faltas de ortografía en casi todas las palabras”, le dije.
William pareció muy consternado. “Puedo aprender”, dijo.
“De acuerdo. Las escribiré correctamente y cuando vengas mañana a la clase, tendrás que escribírmelas”.
“Una prueba de ortografía”, dijo, como si fueran palabras mágicas.
Aparté la vista de él. “Mira, William…”. Pensé en decirle que la clase sería imposible, que sus aptitudes eran tan deficientes que inmediatamente se atrasaría y que no había esperanzas de que se pusiera al nivel de los demás. Quise decirle que no había posibilidades de que saliera adelante, pero en vez de ello, le dije: “Tus aptitudes básicas son un tanto limitadas; ¿estás dispuesto a trabajar duro?”.
Me miró fijamente.
“Estudiaremos escritores difíciles, como Shakespeare y Twain”.
“¿Quién?”
“William Shakespeare y Mark Twain”.
“Ah”, dijo. Y después de hacer una pausa, agregó: “Puedo aprender”.
“No te será fácil”, dije, “pero si haces un esfuerzo…”.
No esperé volver a verlo jamás, pero al día siguiente, William fue el primero en llegar al salón. Se sentó en la primera fila, y a medida que yo enseñaba la clase, tenía la mirada fija en mí; sus cejas formaban la misma línea enmarañada y tenía la boca entreabierta mientras escuchaba. Al concluir la clase, permaneció de pie a un lado de mi escritorio, observándome durante mucho tiempo.
“¿Qué ocurre?”, pregunté, irritada.
“Estoy listo para la prueba de ortografía”, dijo.
Y en efecto lo estaba. Había memorizado todas las palabras y, a medida que yo las dictaba, él las escribía rápidamente.
Se quedó a observar mientras yo calificaba la prueba poniendo una marca al lado de cada palabra correcta, luego escribía “sobresaliente” y un mensaje grande en la parte superior que decía: “ESTOY MUY ORGULLOSA DE TI”. Por primera vez veía a William sonreír. Tomó la prueba, la dobló con mucho cuidado y se la puso en el bolsillo de la camisa.
“Ahora”, dijo, “quisiera mejorar en la lectura. ¿Tiene algo que pueda prestarme?”
“Dudo que tenga algo apropiado”, le contesté. Abrí el cajón del escritorio y empecé a buscar entre papeles y libros.
“¿Qué tal ése?”, preguntó, señalando un ejemplar de Las aventuras de Huckleberry Finn.
Mi mano vaciló, y luego moví la cabeza en señal negativa. “Sería muy difícil para ti”.
“He hecho cosas difíciles toda mi vida”, dijo.
Saqué del cajón un libro de cuentos para niños que era de mi hija.
“Ese es para niños”, dijo.
“Es para principiantes”, le contesté, al momento que se lo daba.
“Yo quiero ese otro”.
Sin prestarle atención, abrí el libro para niños y empecé a leer en voz alta, señalando con el dedo cada una de las palabras, mientras él seguía a mi lado observándome y escuchando.
“Ahora permítame leer”. Leyó en forma vacilante y con mucha dificultad. “Como ve, si alguien me enseña a hacerlo, puedo aprender. Si tuviera ese otro libro, podría practicar en él. No soy un tonto”.
Le di Las aventuras de Huckleberry Finn.
Todos los días enviaba a William a su hogar en aquel garaje con una lista de palabras en una mano y uno de los libros de mi hija metido bajo el brazo. Cada mañana llegaba con el material aprendido de memoria. Unas semanas más tarde me devolvió el texto de Twain. “Ya lo leí”, dijo. Se me salieron las lágrimas al ver la mirada de orgullo en su cara.
Esa semana le di una bolsa de papel con una barra de jabón, una toalla pequeña de aseo, una toalla y un desodorante. “Ésta es también una parte importante de la educación”, le dije.
Miró dentro de la bolsa y luego a mí, como aturdido. Pero al día siguiente, William estaba limpio. Ya leía y escribía con mayor confianza. Había progresado tanto que a veces insistía en tomar su turno para leer en voz alta poemas de nuestro libro de literatura. Y todos los días se quedaba después de la clase durante una hora para hablar conmigo. En realidad, hacía una pregunta tras otra y yo trataba de contestarlas.
El entusiasmo que tenía por aprender se contagiaba, y muy pronto otros tres estudiantes empezaron a quedarse también: Suzy, que más tarde se tituló de enfermera; Jody, que llegó a obtener un doctorado en biología; y George, que tenía planes de ser médico pero que murió en un accidente de motocicleta aquella primavera.
La muerte de George conmocionó a la clase y pasamos ese día hablando acerca de la cualidad pasajera de la vida, tratando de dar respuesta a preguntas eternas: ¿de dónde vinimos, por qué estamos aquí y qué sucede con nosotros al morir? Les enseñé que el conocimiento es poder, que la gloria de Dios es la inteligencia y que lo único que llevamos con nosotros de este mundo al venidero son nuestras relaciones con los demás y el conocimiento que obtengamos en esta vida.
“La mayoría de la gente aprende de dos maneras” les dije. “Una es por medio de la experiencia, pero la vida no dura lo suficiente para que podamos obtener todo nuestro conocimiento de ese modo. La otra es mediante la lectura”. Les exhorté a extender sus alas y a aprender mientras fueran jóvenes llenos de energía y entusiasmo.
Un día, William fue a la clase con una lista de citas que había copiado de la biblioteca, y las compartió con nosotros. Una de sus preferidas era ésta: “El conocimiento constituye las alas mediante las cuales podemos volar”.
“Míreme volar, maestra”. Él extendió los brazos y los agitó, suscitando la risa de los estudiantes y la mía.
William (ese genio, el único genio verdadero al que jamás he enseñado) fue alumno mío durante los dos años que duró la clase de inglés. Cuando se graduó, yo me encontraba presente y lo observé con orgullo, con lágrimas en los ojos. El continuó su educación inscribiéndose en el programa del colegio comunitario. A veces pasaba por mi oficina durante la semana, para compartir la emoción de su mundo nuevo. Todos los viernes por la tarde se llevaba prestado uno de mis libros, los leía y me los devolvía con prontitud.
En una ocasión me dijo que quería leer mi Libro de Mormón. Le di un ejemplar y una semana más tarde me enteré de que había llamado al número de teléfono de los misioneros, el cual se encontraba anotado junto con el testimonio que yo había escrito en una de las primeras páginas del libro. Cuando se bautizó, le obsequié un ejemplar de la Perla de Gran Precio.

La primavera pasada recibí una tarjeta de William. Era profesor de español y de literatura americana en una de las grandes universidades. “Estamos leyendo Las aventuras de kleberry Finn”, escribió, “y jamás he sido tan feliz. Parece que tengo el don de lenguas”. Y prosiguió: “¿Recuerda cuando años atrás tuvo que enseñarme leer y escribir? Le estoy muy agradecido por todo lo que usted hizo por mí, maestra. Gracias por prestarme sus alas mientras las mías apenas empezaban a crecer”. □

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