“ANDA CONMIGO”

MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES                                                     Febrero 2000

Es un singular privilegio el vivir en la tierra a medida que el tiempo avanza hacia un nuevo milenio. En calidad de Santos de los Ultimos Días, comprendemos el incalculable significado del nacimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, hace unos 2.000 años. “…Nuestro Padre Celestial… [envió] a Su Hijo Unigénito a la tierra para cumplir por lo menos dos misiones que ninguna otra persona podría haber cumplido”, observó el presidente Howard W. Hunter. “La primera misión de Cristo… fue redimir a todo el género humano de la Caída, expiando el pecado de Adán y nuestros propios pecados si lo aceptamos como nuestro Salvador y lo seguimos. Y la segunda gran misión fue establecer el ejemplo perfecto de rectitud, de bondad, de misericordia y de compasión, a fin de que el resto del mundo sepa cómo vivir, cómo progresar y cómo llegar a ser más como Él es” (“¿Qué clase de hombres habéis de ser?”, Liahona, julio de 1994, pág. 72).

EL CRISTO VIVIENTE

Aproximadamente 600 años antes del nacimiento del Salvador, el profeta Nefi reconoció la importancia de la misión de Jesucristo: “Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26). Hoy en día, continuamos adorando al Señor como un ser viviente y glorificado que nos ama y que se preocupa personalmente por nuestro bienestar. El hecho de que Él vivió y murió hace aproximadamente 2.000 años es de conocimiento general; el hecho de que Él vive y dirige Su Iglesia en la actualidad lo atestigua la revelación personal y el testimonio inspirado de Sus siervos y los frutos de sus obras.

SU CUIDADO BONDADOSO

El élder Bruce C. Hafen, de los Setenta, testifica: “Cada uno de nosotros probará las amargas cenizas de la vida, desde el pecado y el descuido, hasta el pesar y la desilusión. Pero en aras de una promesa segura de inmortalidad y de vida eterna, la expiación de Cristo nos puede elevar, en gloria, por encima de nuestras cenizas. Es así como Él nos elevará, no sólo al final de la vida, sino cada día de nuestra vida” (véase “Gloria en lugar de ceniza: La expiación de Jesucristo”, Liahona, abril de 1997, pág. 48).

El Señor siempre está al tanto de nuestras necesidades y dispuesto a ayudar. Una hermana relata la forma en que acudió a nuestro Padre Celestial en oración y fue bendecida por el poder de la Expiación: “No tenía a quien recurrir, no tenía a dónde ir, excepto ponerme de rodillas. Oré como nunca lo había hecho; ayuné a menudo con fe y propósito; leí y estudié las Escrituras de principio a fin por primera vez en mi vida… Y Él estuvo allí. El escuchó mis humildes súplicas; El puso Su brazo de amor a mi alrededor; Él me perdonó mis pecados y me mostró otro camino mejor. Me quedé sorprendida al ver la felicidad, el éxito y las oportunidades que vinieron a mi vida” (“After Divorce: Clearing the Hurdles”, Ensign, agosto de 1985, pág. 50).

Podemos acercarnos más al Salvador si seguimos Su tierna exhortación: “…anda conmigo”

(Moisés 6:34). “Debemos llegar a conocer a Cristo mejor de lo que lo conocemos”, aconsejó el presidente Hunter; “debemos recordarle con más frecuencia de lo que le recordamos; debemos servirle más valientemente de lo que le servimos.

Entonces beberemos del agua que salta para vida eterna” (Liahona, julio de 1994, pág. 72). □

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