Aunque ande en valle de sombra. . .

Salmo 23:4                                                                                                     Liahona Diciembre 1971
por  Malvin DeGraw

Recurdo vagamente la región de Jutun. Mientras los años han oscurecido el recuerdo de esas experiencias durante mi niñez en el centro de Noruega, también han intensificado el de algunos acontecimientos ocurridos hace muchos años. Los diminutos copos de nieve que se arremolinan cerca de mi ventana me recuerdan a Jotun y aquella Navidad de muchos años atrás.

Corría el año de 1918 cuando el invierno era demasiado crudo en el valle situado al norte de Jotun, donde mi padre trabajaba arduamente en una pequeña granja; a pesar de que el terreno no era tan fértil como en otros países, nos las arreglábamos económicamente con las escasas cosechas. Siempre teníamos mucho trabajo, y disponíamos de pocos lujos.

La Navidad era un día que todos esperábamos con gran impaciencia. A principios de diciembre empezamos a decorar la casa, y durante la semana siguiente nos congregamos alrededor del piano para cantar villancicos. Siempre prevalecía un espíritu de alegría y reverencia mientras el espíritu del aniversario del nacimiento de nuestro Mesías se sentía en la atmósfera.

Cuando éramos pequeños, mis hermanas y yo recortábamos decoraciones para el arbolito, preparándonos para la gran noche, cuando San Nicolás haría su recorrido nocturno.

Fue la noche antes de Navidad que ocurrió el incidente que se encuentra tan profundamente grabado en mi memoria. Salia yo del granero cargando la leche, caminando apresuradamente a través de la nieve que recientemente hábia caido, hada la pequeña y resplandeiente casa. El viento era sumamente helado, y las estrellas titilaban brillantes a través de la vasta oscuridad en lo alto.

De pronto oí un ruido, un sonido leve, distinto y crujiente que resonó levemente por todo el valle; permanecí paralizado, con los pesados baldes de leche colgando de mis manos. Después no pude oír nada, ya que el silencio prevaleda en la pequeña meseta y el inmenso valle. Agudicé el oído, con cada fibra de mi cuerpo alerta a la percepción de cualquier cosa audible. Mientras estaba ahí parado durante lo que me pareció casi una eternidad, se oyó nuevamente el sonido, un poco más claro que la primera vez; era un ruido crujiente, que se percibió únicamente como un eco desde los picos distantes.

A pesar de que nunca lo había escuchado, sabía lo que era; millones de toneladas de hielo, acumuladas en capas a través de los años, se deslizaban lentamente de una de las montañas gigantes.

Entré violentamente a la casa con un grito histérico, casi ahogándome con las palabras.

—Papá, ¡el hielo se va a caer! acabo de oírlo crujir; ¡caerá en el valle y matará a toda la gente!

La voz se me estranguló en la garganta y me detuve repentinamente, apoyándome en el respaldo de una silla. Tranquila pero rápidamente mi padre se acercó a mí; no dudaba de lo que yo había oído; podía darse cuenta por la expresión de temor en mi rostro. Se dirigió hasta la puerta abierta y permaneció en silencio, haciéndose visible su aliento en la habitación que rápidamente se helaba. Después se volvió a nosotros, con el semblante conmovido, y hasta las líneas parejas de sus cejas denotaban cierta preocupación. Sus palabras sencillas fueron decisivas: “Es el hielo de Galdhopiggen; tenemos que avisarle a la gente.”

Todos sabíamos que si el hielo llegara a deslizarse, causaría una avalancha desvastadora que aniquilaría todo lo que se encontraba en su camino. Un desastre similar había ocurrido el año antes de que mi hermana mayor naciera, y en él perecieron mis abuelos paternos.

Papá reaccionó rápidamente. El tiempo estaría en su contra, y la nieve profunda sería un obstáculo casi insuperable; fácilmente podría caer en una de las traicioneras masas de nieve acumuladas por el viento, las cuales eran imposible de detectar durante la noche; o podría perecer junto con los habitantes del valle, en caso de que el alud ocurriera antes de que pudiera regresar.

Nuestra casa se encontraba relativamente fuera de peligro porque estaba ubicada en una pequeña meseta, con el valle que descendía escarpadamente hacia el sur. Pero había nueve casas en dicho valle. Papá avisaría a cada uno y los invitaría a volver con él hacia la meseta.

Durante la larga noche, mi madre, mis hermanas y yo permanecimos sentados en la diminuta habitación, recibiendo el calor de la llama vacilante que reflejaba sombras grotescas contra la pared. Ahora podía escucharse el ruido del hielo crujiente que resonaba por todo el valle a intervalos; cada vez se deslizaría dos centímetros, o quizás hasta treinta. ¿Cuántos segundos, minutos u horas pasarían antes de que el desastre visitara el valle?

Cuando los primeros rayos del alba entraron por la ventana, pensamos en ese día especial, la Navidad. Y recordamos a papá, que en alguna parte de ese valle, con la fortaleza y poder de Dios, era guiado en una misión peligrosa.

Hacía un frío severo y el cielo estaba claro y despejado cuando finalmente nos reunimos frente a la puerta, para observar una delgada columna de gente que caminaba lentamente en nuestra dirección por el sendero nevado. Papá los dirigía.

Esa mañana del día de reposo, a las 11:13 la montaña entera de Galdhopiggen pareció precipitarse sobre el valle con un estruendo que no dejaría nada en pie y sembraría la destrucción. No habría casas donde volver, pero la gente estaba viva; sí, ¡era Navidad! A pesar de la destrucción, nos regocijamos ese día y le dimos las gracias a un Dios bondadoso y misericordioso que nos había salvado…

Ahora, me pongo de pie y camino hacia la ventana, observando un pequeño copo de nieve que ha llegado a descansar contra el vidrio. Los ojos se me llenan de lágrimas cuando de nuevo acude a mi mente el recuerdo de ese día inolvidable. Me alejo de la ventana y siento mí corazón rebosar. Este año, nuestro árbol de Navidad no es demasiado grande; los regalos para nuestros nietos están esperando ser abiertos por niños alegres en la mañana de Navidad. Pequeños e inocentes, todavía no saben de los inviernos en Jotun hace muchos años. Oh, pero lo sabrán cuando tengan la edad suficiente, ya que ésta es una historia que ellos deben repetirles a sus hijos.

Es bueno para un hombre detenerse a pensar en las historias de la vida de su padre. Proporciona esto un gozo y un espíritu que perdurará aún después de que los recuerdos de la Navidad hayan pasado.

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