Ayunando por Billy

por Gloria Pope (Basado en un incidente real)                                        Liahona Febrero 2000

Había algo diferente en Heidi, de nueve años de edad, al salir de la escuela aquella fría tarde. En vez de lanzar la chaqueta en el momento de abrir la puerta, la colgó con cuidado en la percha. En lugar de abalanzarse sobre el refrigerador como un tigre hambriento, miraba pensativa por la ventana como si estuviera viendo algo mucho más allá del borde del jardín.

“iHola!”, le dijo su madre, que trataba de atraer su atención.

Al igual que alguien que despierta de un sueño,

Heidi miró a su madre y sonrió. “Ah, ¿cómo te fue hoy, mamá?”

La madre se secó las manos en el delantal y se puso a estudiar la cara de Heidi. “Lo he pasado bien, ¿y tú?”

“Pues…”, comenzó Heidi lentamente, “fue… diferente”.

“Me lo imagino. Pareces estar muy lejos de aquí”.

“Quizás no tan lejos, pero sí por lo menos en Arkansas” [Estados Unidos].

“Arkansas está muy lejos de California. ¿Qué te hace pensar en Arkansas?”

La madre cortó una manzana en cuatro pedazos y le ofreció uno a Heidi, quien lo sostuvo entre las manos.

“Mañana vamos a tener en nuestra clase a un niño que viene de Arkansas. La maestra nos contó que los papás de él tuvieron un accidente en su auto; la mamá murió y el papá está en el hospital, y probablemente también muera. A Billy lo mandaron aquí a California a vivir con un tío”. Heidi se quedó viendo la manzana que tenía en las mano. “¿Te imaginas lo que sería ser ese niño, mamá?”

“No, pero tú sí, ¿verdad?”

Heidi asintió. “Quisiera que hubiera algo que pudiera hacer por él. Mañana se va a sentir muy solo”.

“Estoy segura de que hay algo que puedes hacer para ayudar; pensemos en qué podría ser”.

“Le puedo sonreír”.

“Es muy buena idea”.

“Puedo enseñarle la escuela y hablarle en cuanto a las cosas que hacemos en la clase”. Heidi descansó la barbilla entre las manos y miró a su madre. “Pero no es suficiente. ¿No hay algo especial que pueda hacer?”

“Pues sí hay algo especial que podemos hacer por Billy; algo que tal vez sea suficiente”.

“¿Qué?”

“Tú y yo podemos ayunar y orar por él. Podemos pedirle a nuestro Padre Celestial que lo bendiga para que sienta paz en su nuevo hogar y en su nueva escuela.

También podemos orar por su padre. ¿Qué te parece?”

Heidi pensó unos momentos en los domingos de ayuno. Le habían enseñado que el ayunar le ayudaría a sentir el Espíritu, pero por lo general se sentía con hambre y se ponía de mal humor. Vaciló por un momento, pero algo en su interior le indicó que estaría bien. Le sonrió a su madre y le dijo que estaba dispuesta a hacerlo.

Justo en ese momento entró en la cocina Chris, el hermano de trece años de Heidi, quien, al oír lo que ésta acababa de decir, exclamó: “¿Hacer qué cosa?”.

Su madre le habló brevemente acerca de Billy y le explicó el plan. Chris le dijo: “Yo ayunaré con ustedes”.

“¡Ay! ¿De veras?”, preguntó Heidi.

“Sí, de veras”, contestó él, en el momento en que estiraba el brazo para alcanzar unas galletitas. Deteniendo la mano antes de abrir el bote de las galletitas, preguntó: “¿A qué hora empezaremos?”

“Después de la cena”, contestó la mamá.

Al día siguiente, Heidi llegó a casa un poco pálida, pero feliz.

“¡Ay! ¡Pensé que ayunar en domingo era difícil!

¡Pero trata de jugar a la pelota y de ver a todos los demás comer a la hora del almuerzo! Creo que nuestro ayuno y nuestras oraciones ayudaron a Billy”.

“¡Qué bueno! Cuéntame cómo te fue”.

“Bueno, cuando le sonreí, él también me sonrió. Los otros niños también se portaron bien con él, y ya para el final del día se había hecho amigo de dos niños”.

“¡Qué bien!”, dijo la mamá.

“Y luego pasó algo muy curioso”, agregó Heidi. “¿Sabías lo incómoda que me sentía últimamente cuando los niños decían malas palabras?” Su madre asintió, y Heidi continuó: “Lo raro es que oí esas mismas palabras, pero, por alguna razón, no se me quedaron en la mente; era como si hubiera tenido protegida la mente todo el día para que no se ensuciara. ¡Qué lindo!, ¿verdad?”

“Es maravilloso, Heidi”, le dijo su madre, sonriente.

“Estoy muy cansada, pero me siento feliz. Espero que Billy se sienta igual de tranquilo como yo en estos momentos”.

La mamá le dio un abrazo y le dijo: “Tengo el presentimiento de que se siente así”.

Cuando Chris llegó a casa, se desplomó en la silla más cercana y dejó caer en el suelo la pesada mochila; descansó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos. “¿A qué hora comeremos?”

“Terminemos nuestro ayuno con una oración; la cena estará lista pronto”, indicó la mamá. Pero antes que nada, cuéntame cómo te fue hoy.

Me sentía muy débil, pero me puse a pensar en Billy y eso me ayudó”, dijo Chris. “El dejar de comer durante dos comidas no es mucho si a él le ayuda a sentirse mejor”.

Cuando los tres se arrodillaron para decir una oración más a favor de Billy, la madre puso los brazos alrededor de los hombros de sus hijos. ¿Era su imaginación, o sus dos hijos habían adquirido más madurez ese día? □

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