BATALLONES PERDIDOS

por el élder Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce

Consideremos nuestra obligación hacia el lisiado, el solitario y el pecador

El pasado mes de noviembre estuve sobre un viejo puente que se extiende sobre el río Somme que sigue su constante pero sereno recorrido por el corazón de Francia. De pronto, me di cuenta de que cincuenta y dos años habían pasado desde que en 1918 se firmó el Armisticio y el fin de la Gran Guerra. Traté de imaginarme cómo sería el río Somme cincuenta y dos años atrás. ¿Cuántos miles de soldados habrían cruzado este mismo puente? Algunos habían vuelto; para otros, el Somme fue verdaderamente un río que no volverían a ver, porque los batallas de Vímy Ridge, Armentie-res y Nueve Chappelle tomaron un espantoso número de vidas. Extensas héctareas llenas de cruces limpias y blancas, sirven como un recuerdo inolvidable.

Me encontré diciéndome suavemente: “Qué extraño que la guerra traiga consigo el salvajismo del combate, y no obstante, inspire hazañas de valor, algunas de ellas impulsadas por el amor.”

Cuando era niño, me gustaba leer la historia del “batallón perdido”, una unidad de la 77a. División de Infantería durante la Primera Guerra Mundial. Durante la batalla francesa del Meuse Argonne, un mayor del ejército dirigió a este batallón a través de una brecha en las líneas enemigas pero a las tropas de los costados les fue imposible avanzar. El batallón entero se vio rodeado; los alimentos y el agua eran escasos; las víctimas no podían ser evacuadas, y los ataques eran constantes. Ignoraron las peticiones del enemigo en las que les solicitaban que se rindieran; los periódicos alababan la tenacidad del batallón, y los hombres de visión dudaban de su suerte. Después de un breve pero desesperado período de aislamiento total, otras unidades de la 77a. División avanzaron y ayudaron al “batallón perdido”. En sus avisos, los corresponsales indicaron que las fuerzas de relevo parecían estar determinadas en una cruzada de amor para rescatar a sus camaradas. Los hombres se ofrecieron más voluntariamente, lucharon más heroicamente y murieron con más valentía. Un tributo muy apropiado resalta del antiguo sermón predicado años atrás en el Monte de los Olivos: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13).

En el olvido ha quedado el estado del “batallón perdido.” Se ha olvidado el terrible precio que se pagó por su rescate; pero volvamos de lo pasado e inspeccionemos lo presente. ¿Existen “batallones perdidos” aún en la actualidad? Si es así, ¿cuál es nuestra responsabilidad para rescatarlos? Tal vez sus miembros no vistan ropas militares, ni marchen al compás de los tambores, pero comparten la misma duda, sienten la misma desesperación y saben las desilusiones que acarrea el aislamiento.

Existen los “batallones perdidos” de aquellos que tienen impedimentos físicos, aun los cojos, los mudos y los ciegos. ¿Habéis experimentado la frustración de desear pero no saber cómo ayudar al individuo que camina rígidamente detrás de su compañero canino, o avanza con pasos cautelosos al compás de su blanco cayado? Hay muchos que están perdidos en estos desiertos de oscuridad.

Si deseáis ver una operación de rescate de un “batallón perdido”, visitad el centro para ciegos que se encuentra en vuestra ciudad, y presenciad el servicio desinteresado de aquellos que leen para los que no pueden hacerlo. Observad los oficios que se les enseñan a estas personas; sentios inspirados por los esfuerzos que se llevan a cabo a fin de capacitarlos para asegurarles un buen empleo.

Aquellos que contribuyen tan desinteresadamente y en forma tan generosa a los que han perdido tan trágicamente, encuentran una gran recompensa en la luz que introducen a las vidas de los ciegos.

¿Apreciamos el gozo de una persona ciega a medida que sus ágiles dedos pasan rápidamente sobre las páginas de la edición Braille del Nuevo Testamento? Se detiene en el capítulo 12 de Juan, y reflexiona en la profundidad del significado de la promesa del Príncipe de Paz: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46).

Considerad los “batallones perdidos” de los ancianos, las viudas y los enfermos. Muy a menudo se encuentran éstos en los desolados y abrasadores desiertos del aislamiento, llamados soledad. Cuando la juventud se desvanece, la salud se desmejora, cuando el vigor disminuye, cuando la luz de la esperanza se va obscureciendo, los miembros de estos extensos “batallones perdidos” pueden recibir socorro y apoyo de la mano que brinda ayuda, y el corazón que conoce la compasión.

Una de las ramas de la Iglesia ubicada en Brooklyn, Nueva York, está presidida actualmente por un joven que, cuando tenía trece años de edad, efectuó con éxito un rescate de tales personas. El y sus compañeros vivían en una vecindad donde residían muchas viudas ancianas de medios económicos limitados. Durante todo el año, los muchachos habían ahorrado y hecho planes para realizar una animada fiesta de Navidad, pero pensaban únicamente en sí mismos, hasta que el espíritu navideño los inspiró a pensar en otras personas. Frank, siendo su director, les sugirió a sus compañeros que los fondos que habían acumulado tan cuidadosamente no se utilizaran para la fiesta que habían planeado, sino que mejor se usaran para el beneficio de tres ancianitas que vivían juntas.

Con el entusiasmo de una nueva aventura, los jóvenes compraron la gallina más grande que encontraron, patatas, verduras, fruta, y todos los demás ingredientes que acompañan a un tradicional banquete navideño. Se dirigieron a la casa de las viudas llevando consigo sus regios de gran valor. Caminaron por entre la nieve, hasta que llegaron al portal medio caído; llamaron a la puerta, escucharon el sonido de los delicados pasos, y por fin se presentaron.

Con las voces desentonadas, características de los niños de trece años, entonaron “Noche de luz, noche de paz; reina ya gran solaz.” Después hicieron entrega de sus regalos. Los ángeles de aquella noche gloriosa no cantaron más hermosamente, ni los reyes magos presentaron regalos de mayor significado. Contemplé el rostro de estas maravillosas mujeres y pensé: “La madre de alguien.” Luego miré los semblantes de esos nobles jóvenes, y pensé: “El hijo de alguien.”

¿Cuál fue el mensaje del Maestro? “En cuanto lo hiciesteis a uno de estos mis hermanos. . . .a mí lo hicisteis” (Mateo 25:4-0).

Hay otros “batallones perdidos” integrados por padres e hijos quienes, a causa de un comentario descuidado, se han alejado el uno del otro. Un relato de la manera en que se previno una tragedia, es este incidente que ocurrió en la vida de un joven al que llamaremos Jack.

Durante su vida, Jack y su padre tuvieron discusiones muy serias. Un día, cuando el hijo tenía diecisiete años de edad, tuvieron una violenta disputa y él le dijo a su padre: “¡Hasta aquí llegó! Me voy, nunca volveré.” Y mientras lo decía, se introdujo en la casa y empezó a empacar sus cosas; su madre le rogó que se quedara, pero él estaba demasiado enojado para escuchar, de modo que la dejó llorando frente a la puerta.

Atravesó el jardín, y estaba por salir, cuando escuchó el llamado de su padre: “Jack, sé que gran parte de la culpa porque te vas de la casa la tengo yo, y por esto estoy verdaderamente arrepentido. Pero quiero que sepas que si algún día deseas regresar, siempre serás bienvenido; y prometo que trataré de ser un mejor padre para ti. Quiero que sepas que siempre te querré.” Jack no dijo nada, sino que se dirigió a la terminal de autobuses y compró un boleto para ir a un punto distante. Al encontrarse sentado en el ómnibus, viajando kilómetros y kilómetros, comenzó a reflexionar en las palabras de su padre y empezó a darse cuenta del mucho amor que le habría requerido hacer lo que había hecho. Su padre le había pedido una disculpa; lo había invitado a volver, y en la brisa veraniega repicaban las palabras: “Te querré”.

Fue entonces que Jack se dio cuenta de que el siguiente paso dependía de él. Sabía que la única manera de estar en paz consigo mismo, era demostrándole a su padre la misma clase de madurez, bondad y amor que éste le había mostrado. Decidió bajar del ómnibus y comprar un boleto de regreso a su casa.

Arribó un poco después de la medianoche, entró a la casa y encendió la luz. Allí, en una mecedora, y con la cabeza entre las manos, estaba su padre. Al enderezarse vio a Jack, se levantó de la silla y ambos corrieron para abrazarse. Después de eso, Jack dijo a menudo: “Esos últimos años que estuve en casa, fueron los más felices de mi vida.”

Podríamos decir que de la noche a la mañana, un joven se transformó en hombre. He aquí un padre que ocultando sus pasiones y su orgullo, rescató a su hijo antes de que éste formase parte de ese gran “batallón perdido” que resulta de familias desunidas y hogares destrozados. El amor fue el lazo de unión, el bálsamo curativo. El amor muchas veces sentido, pero pocas veces expresado.

Desde el Monte Sinaí resuenan en nuestros oídos “honra a tu padre y a tu madre” (Exodo 20:12). Y después, del mismo Dios, escuchamos la amonestación: “. . . viviréis juntos en amor” (Doctrinas y Convenios 42:45). Hay otros “batallones perdidos” algunos luchan en las selvas del pecado, otros andan errantes en el desierto de’ la ignorancia. En realidad, cada uno de nosotros está incluido en lo que bien podría haber sido el batallón perdido de la humanidad, aun un batallón destinado a la muerte eterna,

“. . . la muerte entró por un hombre. . .Porque así como en Adán todos mueren” (1 Corintios 15:21-22). Cada uno de nosotros es partícipe de la experiencia llamada muerte; nadie se escapa de ella. Si permaneciésemos sin ser rescatados, continuaría perdido el

paraíso que buscamos, quedaría perdida la familia que amamos y los amigos que recordamos. Dándonos cuenta de esta verdad, empezamos a apreciar el gozo supremo que acompañó al nacimiento del Salvador del mundo. Cuán gloriosas las palabras del ángel: He aquí, una virgen “dará a luz un hijo, y llamará su nombre JESUS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 7:21).

Así como los ríos de Francia fueron testigos del avance de aquellos que rescataron al “batallón perdido” durante la Primera Guerra Mundial, también otro río presenció el comienzo del ministerio formal de un rescatador universal, un Redentor divino. La escritura registra: “Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Marcos 1:11).

Hoy, solamente quedan ruinas de Capernaum, esa ciudad a orillas del lago, y corazón del ministerio galileo del Salvador. Allí predicó en las sinagogas, enseñó a orillas del mar y sanó en los hogares.

En una memorable ocasión, Jesús (Lucas 4:18) usó un texto de Isaías: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel” (Isaías 61:1), una clara promulgación de un plan divino para rescatar al “batallón perdido” al cual pertenecemos.

Pero la predicación de Jesús en Galilea había sido únicamente un preludio. El Hijo del Hombre siempre tuvo una terrible cita que cumplir en un monte llamado Gólgota.

Habiendo sido arrestado en el Jardín de Getsemaní después de la Ultima Cena, desertado por sus discípulos, escupido, probado y humillado, Jesús se dirigió vacilante, bajo su pesada cruz, hacia el Calvario. Pasó progresivamente del triunfo a la traición, la tortura y la muerte sobre la cruz. . . . Nuestro Padre Celestial dio a su Hijo por nosotros; nuestro Hermanó Mayor dio su vida por nosotros.

El Maestro pudo haberse arrepentido en el último momento, pero no lo hizo. Soportó todas las cosas a fin de salvar todas las cosas: la raza humana, la tierra y toda la vida que en ella hay.

Ningunas palabras cristianas significan tanto para mí como, aquellas pronunciadas por el ángel a la sollozante María Magdalena y a la otra María cuando se acercaban a la tumba para cuidar el cuerpo del Señor: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:5-6).

Con esta declaración, el “batallón perdido” de la humanidad, aquellos que han vivido y muerto, aquellos que ahora viven y que un día morirán, y aquellos que están todavía por nacer y por morir, este batallón de humanos que se encontraba perdido, acababa de ser rescatado.

De aquel que nos libró de la muerte eterna, os testifico que es un Maestro de verdad, pero es más que un maestro; es el ejemplo de la vida perfecta, pero es más que un ejemplo; es el gran médico, pero es más que un médico. Aquel que rescató al “batallón perdido” de la humanidad, es el Salvador literal del mundo, el Hijo de Dios, el Príncipe de Paz, el Santo de Israel, aun el Señor resucitado, que declaró: “Soy el principio y el fin; soy el que vive, el que fue muerto; soy vuestro abogado con el Padre” (Doc. y Con. 110:4).

Como su testigo, os testifico que vive. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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