Bebed del agua pura

presidente Loren C. Dunn                                                                          Liahona Diciembre 1971
del Consejo de los Setenta

El agua de la vida se encuentra en los principios del evangelio

Consideremos las palabras que dirigió el Salvador a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob: “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:13-14).

Qué forma más grandiosa podría haber de demostrar los principios salvadores y benéficos del evangelio de Jesucristo, que compararlos al agua que da vida, el agua que es tan esencial para que cada ser humano viva.

El Salvador le dijo a la mujer que si bebía del pozo volvería a tener sed, pero que si bebía de su fuente y participaba de los principios que El enseñaba, no volvería a estar sedienta, sino que su alma se nutriría y tendría vida eterna.

Vivimos en un mundo complejo y desafiante. Jóvenes y viejos parecen ir de un lado para otro, y a su propia manera, beber de diferentes fuentes procurando encontrar esa agua que comience a nutrir sus almas y aplaque cierta sed interior.

Los jóvenes, que se unen a diferentes causas, algunas populares, otras destinadas a hacer mucho bien y unas pocas militantes; el adulto que no encuentra satisfacción en su trabajo, y tal vez sólo halle frustración en el matrimonio y vacío en la vida; el militante que se pasa la vida denunciando las causas que desprecia, sin estar muy seguro nunca de cuáles son las que apoya; la persona que se vuelve a las drogas, tal vez tratando de igualar la experiencia con una de orden espiritual, para terminar comprendiendo que por cada emoción se encuentra un desengaño; quizás éstas y muchas otras personas traten de asirse de ciertas cosas y actúen en forma imprevisible, más que por el valor aparente que ello contenga, por una necesidad interior de su alma inquieta.

Incluso en Rusia, donde la gente ha bebido durante cincuenta años del pozo de la moral socialista, hay indicios de que sienten un deseo por algo que sea más satisfactorio. Al estudiar la religión en la Rusia actual, el periodista Paul Wohl declara: “La moral socialista ha sido aceptada como la norma de conducta oficial, pero el hecho de que el hombre soviético sea espiritualmente mejor proporcionado que su antecesor, es muy discutible. Existe un aspecto muy científico, pero también existe el aspecto religioso. El regreso a la religión es un fenómeno que los ideólogos comunistas no pueden explicar, por lo cual prefieren mantener silencio al respecto.” Y agrega que el movímiento religioso, irradia principalmente de los jóvenes. Este periodista nos cuenta de una sencilla rusa que recibió la visita de un joven vecino, ingeniero físico, el cual le dijo: ‘”Yo sé que usted es creyente. ¿Podría hablarme de Dios? La filosofía de la dialéctica materialista no me satisface, y me gustaría conocer el punto de vista de los creyentes,”

Es sumamente interesante notar que hay algo fundamental y básico en el carácter de un hombre, que tarde o temprano lo hará volverse a su Creador, a menos que anule completamente esta inclinación por medio de malas obras de incredulidad crónica, o que no se conforme a una elección inferior insistiendo en que aquello que no conoce o no ha experimentado, no existe.

Hablando del Salvador el profeta Alma nos dice:

“He aquí, él invita a todos los hombres, pues a todos ellos les extiende sus brazos de misericordia, y dice: Arrepentios, y os recibiré;

“Sí, venid a mí, y participaréis del fruto del árbol de la vida; sí, y os llama en su propio nombre, el cual es el nombre de Cristo; . . .” (Alma 5:33-34, 38).

Y después de enseñar al pueblo las cosas relativas al evangelio de Jesucristo, y lo que pueden hacer para nutrir sus almas, encontrar paz y prepararse para la vida eterna, les dice:

“Y ahora yo, Alma, en el habla de aquel que me ha mandado, os ordeno que os esforcéis por observar las palabras que os he anunciado.

“Hablo por vía de mandamiento a vosotros que pertenecéis a la Iglesia; y por vía de invitación a los que no pertenecéis a ella, diciendo: venid y bautizaos arrepentidos, a fin de que participéis del fruto del árbol de la vida” (Alma 5:61-62).

Como esta última escritura lo indica, es posible que una persona tenga el fruto del árbol de la salvación al alcance de la mano, pero que esto no le sirva de nada si no participa de él.

Recuerdo a dos jóvenes que fueron a verme hace algunos meses, recomendados por sus directores del sacerdocio. Desde el momento en que pisaron mi oficina comenzaron a poner en tela de juicio algunas doctrinas, enseñanzas y procedimientos de la Iglesia; su actitud, no obstante, no era antagonista, sino que sinceramente estaban tratando de encontrar respuestas. Finalmente, les pregunté si sus interrogantes no representarían los síntomas de un problema propio, en lugar de ser la causa. La real duda, ¿no sería si esta Iglesia es o no verdadera? ¿Si es la Iglesia de Jesucristo? ¿Si en verdad es conducida por revelación divina? Los jóvenes estuvieron de acuerdo con que probablemente si supieran las respuestas a estas interrogantes, podrían encontrar las correspondientes a las dudas que les ensombrecían el corazón.

Les pregunté si desearían participar en un experimento. Uno de ellos parecía gustar del atletismo, así que me volví a él y le pregunté: “Si desearas aprender las propiedades químicas del agua, ¿irías al estadio local y correrías cuatro vueltas alrededor de la pista?” “Claro que no”, me respondió. Le pregunté “¿Por qué no?” “Porque las dos cosas no tienen relación ninguna entre sí”.

Entonces fuimos a Juan, capítulo siete, y leimos: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:17).

Si vamos a experimentar con las cosas de Cristo, entonces tendremos que hacerlas pasar por una prueba, espiritual, una prueba que el Salvador mismo bosquejó para todos aquellos que deseen saber: la prueba de la acción.

Les pregunté si leían las escrituras.

“No”, fue la respuesta.
Les pregunté si oraban.
“No muy a menudo”, me contestaron.
Les pregunté si guardaban la Palabra de Sabiduría.
Me respondieron “A veces”.
Les pregunté si iban a la Iglesia.
Me dijeron que habían dejado de asistir.

Entonces les pregunté si estarían interesados en llevar a cabo un experimento durante tres meses; dijeron que lo intentarían, pero no se encontraban muy ansiosos por comprometerse hasta que se dieron cuenta de la idea que yo tenía.

“Quisiera que durante los próximos tres meses asistan ambos a las reuniones de la Iglesia, y escuchen cuidadosamente lo que se dice en ellas, tomando incluso notas de los principales puntos que traten los maestros, y de la forma en que éstos se aplicarían a sus vidas.”

Pensaron por un momento y dijeron que lo harían.

“También durante esos meses restablezcan la oración en su vida personal, en la mañana y la noche, agradeciendo a Dios por las bendiciones de que disfrutan y pidiéndole que les ayude a saber si la Iglesia es verdadera, y si las cosas que están haciendo tienen algún significado en sus vidas.”

Uno de los jóvenes, que se consideraba agnóstico, vaciló ante esto, pero al final estuvo de acuerdo en realizarlo, teniendo en cuenta que por el éxito del experimento aceptaría la premisa de que hay un Dios y apelaría a El en busca de la luz y el conocimiento que procuraba.

Les pregunté si durante esos meses estarían de acuerdo con abstenerse de beber, fumar o tomar drogas, y pese a que esto les causó un poco de inquietud, resolvieron hacerlo así.

Les pregunté si en esos meses se mantendrían moralmente limpios y en armonía con los principios de virtud que el Salvador ha enseñado. Dijeron que lo harían. Entonces les sugerí que se establecieran un programa propio para leer el Libro de Mormón de cubierta a cubierta, unas cuantas páginas por día, y orando antes de cada lectura para pedir al Señor que los bendijera para saber si el libro es verdadero y si proviene de El. Estuvieron de acuerdo en hacerlo.

Imaginando lo que podría pasar, les dije: “Si están dispuestos a hablar a sus amigos sobre esto, el primer comentario que les harán, probablemente será: ‘Oigan, ¿les hizo el hermano Dunn un lavado de cerebro?’ Ustedes mismos podrán pensarlo una o dos veces durante ese tiempo, pero no permitan que les impida llevar a cabo lo planeado. Si piensan que eso puede ocasionarles problemas, entonces manténganlo en secreto y sigan adelante con la prueba honradamente, permitiendo que la experiencia hable por sí misma. Si las cosas van bien, notarán algunos pequeños cambios, tales como un aumento de inquietud y preocupación por su prójimo, y aprecio y consideración mayores hacia los demás.” Aceptaron el desafío, y se despidieron.

Naturalmente, lo que se esperaba era que tuvieran la experiencia de la que cada miembro tiene el derecho de disfrutar, y que todas las personas tienen derecho de recibir, o sea el conocimiento de un testimonio personal. Pienso que Brigham Young lo describió mejor con estas palabras:

“No hay ninguna experiencia que pueda obtener el ser humano que sea comparable al testimonio del Espíritu Santo. Es tan poderoso como una espada de dos filos, y arde en el pecho del hombre como fuego abrasador, destruyendo el temor y la duda, y dejando en su lugar un conocimiento completo e incontrovertible de que un principio es verdadero. .

Este testimonio ha sostenido a los santos fieles hasta el presente, y será un faro en su camino para siempre. Sus efectos van por encima y más allá de toda cosa terrenal o física, y hacen que la relación con Dios el Padre sea un hecho literal y vibrante. Cada fibra, tanto del cuerpo como del espíritu, responde a la evidencia de ese testimonio, y el alma conoce y vive la verdad.”

Y así, aquellos que hayan probado las aguas de diversas fuentes, sólo para encontrarse con que la sed insaciable del alma los conduce en procura de aquello que brinde paz y nutrimento a sus corazones –vosotros, quienquiera seáis, miembros o no — venid y bebed de esta fuente; probad y experimentad y ved si no encontráis las aguas de la vida donde podáis dar de beber a vuestras almas, y saciaros, y sentiros llenos de regocijo por el verdadero conocimiento de Jesucristo y sus enseñanzas y del propósito de vuestra vida.

Y junto con esta invitación os testifico que sé que Dios vive. Sé que El vive y que Jesucristo es nuestro Redentor y su Hijo. José Smith vio lo que dijo que vio, y tenemos un Profeta de Dios con nosotros presidiendo hoy. Os testifico esto en el nombre de Jesucristo. Amén.

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