Delia y la pizarra

Por Dorothy Dunstedter Warner                                                              Liahona Diciembre 1971

Delia limpió una porción de la ventana y miró hacia afuera; por fin amainaba la ventisca que se había desatado durante tres días. El paisaje exterior, que parecía una tierra de hadas, estaba blanco y azuloso.

— ¡Oh, mamá— exclamó Delia— Ven a ver qué hermoso está el mundo!

De pronto, recordó a María Luisa, la prima sordomuda que llegaría el día siguiente para pasar la semana con ella. Sabía que podría gozar mucho más de la Navidad si su prima pudiera hablar y oír. “Debería de darme vergüenza admitirlo”, pensó, “pero sé que no va a ser muy divertido.”

Desde la cocina escuchó la respuesta de su madre, que estaba ocupada haciendo galletitas para Navidad.

—Lo vi desde temprano, querida; ahora estoy demasiado ocupada.

Delia se dirigió a la cocina.

—Me gusta que nuestros familiares nos visiten durante la Navidad. Los abuelos son muy divertidos, pero ya casi no recuerdo cómo son el tío Eduardo y la tía Lola.

—Ni tu prima María Luisa—agregó su madre— es casi de tu misma edad, así que tendrán mucho en común. He extrañado tanto a mi única hermana; me alegro de que vuelvan a vivir acá.

Delia permanecía en silencio.

Su madre la miró.

—Tienes miedo de volver a ver a María Luisa, ¿verdad? pero no debes sentirte así; ella asistió a una escuela especial y con el tiempo, puedes aprender a comunicarte con ella.

Delia probó una de las galletitas recién horneadas mientras su madre continuaba hablándole.

—Mientras tanto recuerda una cosa, Delia: Los sordomudos son también personas.

—Sí, mamá—respondió la niña. Pero en realidad pensaba para sí “sé que debo ser amable y tratar de divertirme, ¿pero cómo puedo hacer que sea algo más que un simple deber?”

En la mañana de Navidad, al escuchar el repique de unas campanillas, Delia corrió a asomarse por la ventana y vio que un auto avanzaba lentamente por la carretera. Un par de campanillas atadas a la antena de la radio repicaban alegremente. El sonido despertó en su interior una alegría repentina que había deseado sentir pero que hasta ese momento le había sido imposible. Se preguntaba quién habría atado las campanillas allí.

Después de unos momentos, su madre abría la puerta del frente, haciendo pasar a los invitados cargados de equipaje y paquetes.

Ceniza, el gato de Delia, subió a la carrera las escaleras para esconderse, pero Pinto, el perro, saltaba y corría en círculos, ladrando estrepitosamente. Delia salió al encuentro de sus invitados, deseando ser más como Pinto.

—Las campanillas nos avisaron que ya venían —dijo el padre sonriente. De pronto, todos estaban besándose y abrazándose unos a otros. Delia se las arregló para darle a María Luisa un abrazo leve. Estaba esforzándose tanto para recordar que era inútil hablar, que sabía que el abrazo no había sido muy entusiasta.

El tío Eduardo le dio a Delia un fuerte abrazo.

—María Luisa las ató allí—le dijo—ha visto cuánto parecen gustarle las campanas a la gente, a pesar de que ella misma no puede escucharlas.

Delia se rio nerviosamente, y luego dirigió la mirada hacia su prima, cuyos bonitos ojos brillaban de felicidad, lo cual la hizo sentirse mejor.

En seguida, los adultos se introdujeron a la espaciosa sala; Delia permaneció con María Luisa en el pasillo y se dio cuenta de que ésta la miraba. ¡Debía hacer algo! Entonces sonrió y con el dedo le hizo una señal a su prima para que la siguiera.

La niña la siguió hasta el dormitorio; Delia sacó un pequeño paquete de uno de los cajones de la cómoda y se lo entregó a su prima. María Luisa sonrió y a la vez extrajo un paquete del bolsillo de su suéter.

Cuando Delia abrió el paquete, encontró un brazalete de plata, del que colgaba una muñe-quita. Cuidadosamente, dibujó con sus labios la palabra “gracias”, y se puso el brazalete.

Parecía que María Luisa explotaría de contento a medida que abría su regalo. Al encontrar un corazoncito en una delicada cadena de oro, le dio a Delia un fuerte abrazo.

En ese preciso momento, la tía Lola se asomó por la puerta y dijo sonriente:

—Vamos, niñas, la comida está lista.

María Luisa colocó el brazo sobre el hombro de Delia a medida que se dirigían al comedor. Cuando ésta se sentó, dejó escapar un suspiro de alivio. Era una difícil tarea, pensó, hacerse uno entender y entender a una persona sorda. Bueno, por ahora no tendría que hacer nada excepto gozar de un sabroso manjar.

La hora de la comida fue agradable y larga, y todos prolongaban el momento del postre. Memo, el hermanito menor de Delia, se había ensuciado tanto al comer que ella tuvo que alejarlo de la mesa y limpiarlo. De pronto, descubrió que estaba deseando poder idear alguna manera para entretener a María Luisa.

Después de la comida, acostó al niño para que durmiera una siesta y al regreso vio a María Luisa en el pasillo, que le hacía señas hacia el guardarropa que allí había. Cuándo María Luisa se puso el abrigo, Delia comprendió que deseaba salir a jugar en la nieve.

Era más divertido de lo que Delia había pensado. Una y otra vez subían y bajaban la colina mientras Pinto las seguía. María Luisa, sonrojada y feliz, estaba divirtiéndose mucho, y por el momento, Delia casi había olvidado que su prima era sordomuda.

La observó subirse en un tronco y dejarse caer en la nieve profunda y suave. Parecía tan divertido que ella también lo hizo. Y así continuaron lanzándose sobre la nieve hasta que las huellas de sus cuerpos empezaron a marcar la pradera, asemejándola a una tela estampada.

Al atardecer, las niñas regresaron a casa con frío y cansadas, con los rostros resplandecientes de felicidad.

Estando adentro, le ayudaron a Memo a vestir al gato con ropa de muñecas y a llevarlo a pasear en el viejo coche. Luego prepararon emparedados para celebrar una fiesta con Memo.

Delia pensaba que María Luisa era tan divertida como Marta, su mejor amiga en la escuela; pero no podía evitar el deseo de poder decirle las cosas que quería, y que ella le respondiera.

De pronto, tuvo una idea. Corrió a su habitación y trajo una pequeña pizarra y un pedazo de tiza.

María Luisa la observaba a medida que escribía: “María Luisa, ¡eres mucho más divertida de lo que yo creía!”

Con una mirada de agrado, María Luisa alcanzó la pizarra y escribió una respuesta: “Yo también me estoy divirtiendo. Y mañana si quieres, podemos empezar las lecciones en el lenguaje por medio de signos y la lectura de los labios.”

Delia escribió un “sí” en la pizarra.

Esa noche, la familia entera se sentó a gozar del calor del fuego frente a la chimenea. El padre de Delia sacó su banjo y todos empezaron a cantar villancicos; todos cantaban con la excepción de María Luisa, pero en su cara brillaba la alegría.

Delia alcanzó nuevamente la “pizarra que habla” como ahora la llaman, y escribió: “Estoy contenta de que seas mi prima, y que ahora vivan acá.” María Luisa la leyó y sonrió ampliamente; entonces escribió: “Yo también.”

Después borró rápidamente las palabras escritas en la pizarra y escribió “¡Feliz Navidad a todos!”

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