El amor de Dios

Élder Bernard P. Brockbank                                                                      Liahona Diciembre 1971
Ayudante del Consejo de los Doce

“El verdadero amor de Dios nos librará de la maldad y la tentación”

Mis estimados hermanos: Jesucristo es la cabeza de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y nos ha pedido que enseñemos sus mandamientos, prometiéndonos que estaría con nosotros aun hasta el fin del mundo. (Mateo 28:20) Ese es el mandamiento.

Mientras vivió en esta tierra, el Salvador enseñó que debemos amar a Dios y guardar sus mandamientos. Jesús dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37). Este es el primero y grande mandamiento; es mucho más fácil conocer el mandamiento que vivirlo.

¿Por qué mandaría el Señor a sus hijos que lo amaran con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente? El hombre mortal experimenta una gran sabiduría y una gran seguridad divina al expresar un amor pleno y completo hacia Dios.

Dios creó los cielos y la tierra y toda la vida vegetal y animal que sobre ella se encuentra. Dios creó el universo con toda su profunda magnitud y bendiciones. El mayor de todos los milagros es la creación que Dios hizo del hombre a su propia imagen y semejanza; los ojos que ven, los oídos que oyen y las mentes que razonan fueron creadas en el interior de nuestras madres terrenales. Nosotros sabemos que ellas no saben cómo hacer ojos que puedan ver, oídos que puedan oír y mentes que puedan razonar. Dios dijo que El creó al hombre a su propia imagen y semejanza. Nuestra creación y nacimiento en la tierra son evidencia de un poder divino. Todo lo que tenemos y que es bueno para esta vida y la eternidad, proviene de Dios; a Él le debemos nuestro respeto, dedicación, fidelidad y amor.

Las alternativas que tenemos son de amar a Satanás o alguna otra parte de las creaciones de Dios. Satanás no participó en ninguna de las creaciones que eran para el beneficio del hombre; a él no le debemos absolutamente nada. Pero algunos le rinden tributo mediante el mal carácter, las peleas, la improbidad, el adulterio, la envidia, las drogas, la falta de respeto hacia Dios y Jesucristo al no guardar el día de reposo, al no pagar los diezmos; el odio, etc.

Satanás es un enemigo del hombre, y trata de destruir su libertad y obediencia al Señor, evitando que desarrolle su naturaleza y carácter divinos. Él es el autor de la iniquidad, el pecado y la perversidad, y debemos tener cuidado de no amarle o servirle por medio de nuestros pensamientos o acciones.

Jesucristo dijo: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24). Y quisiera agregar que no podemos servir a Dios y a Satanás. Algunas personas lo intentan, pero nadie ha triunfado.

El amor a Dios trae el amor y respeto para sus hijos, amor por la relación del hombre con el Señor, y un deseo de comunicarse con El. Muchas personas sinceras pronuncian oraciones dirigidas a varios conceptos de un ser o poder supremo. Los paganos, los budistas, los indos-tanos, los mahometanos, aquellos que adoran al sol y la naturaleza, así como muchos otros, tienen su manera de orar. A causa de las diversas maneras de orar inventadas por el hombre, Jesucristo dio un mandamiento respecto a la manera correcta de hacerlo. Helo aquí, y muchas personas no saben que es un mandamiento:

“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (Mateo 6:9-13).

Esta oración contiene las partes más importantes de una oración sincera, dedicada y cristiana. Si amamos a nuestro Padre Celestial, debemos orar y hablar con Él; debemos estar dispuestos a hacer su voluntad y a tener un programa para su reino en la tierra así como en el cielo. La oración nos enseña a orar para ser edificadores del reino de Dios y ayudar a edificarlo en la tierra. Cuando amamos a Dios y oramos con sinceridad para que su reino se establezca en esta tierra así como en los cielos, estamos prometiendo dar nuestro tiempo, talentos y dinero.

Cuando decimos: “Padre, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra,” debemos sujetarnos a la voluntad y deseos de nuestro Padre Celestial, de la misma manera que una criatura está sujeta a la voluntad de sus padres terrenales. Someterse y convenir sinceramente con el Señor que será hecha su voluntad, muestra respeto, amor y unidad.

Jesucristo es el ejemplo de aquel qué se dedicó y sometió a la edificación del reino de Dios sobre esta tierra y a hacer la voluntad del Padre. Él dijo: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38). También dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19).

La oración indica que debemos pedirle a nuestro Padre Celestial que combata las tentaciones y adversidades de esta vida. Sí amamos y confiamos en Dios, debemos pedirle que nos libre del mal. Existen una apacible seguridad y consuelo al pedir sinceramente ser librados del mal. En nuestras oraciones familiares, debemos enseñar a nuestros hijos que le pidan al Señor que los libre del mal. ¿Cuándo pedisteis, siguiendo el mandamiento del Señor para ser librados del mal, y enseñasteis’ a vuestros hijos y a aquellos a quienes tenéis el privilegio de enseñar?

El precio que el Señor nos ha pedido que paguemos para librarnos del mal es que oremos sinceramente. La oración concluye con estas palabras celestiales: “Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos.” Esto mantiene nuestras mentes en la meta que todos estamos buscando: el reino de Dios.

Quisiera leer la ley del Señor que se utiliza para costear la edificación del reino de Dios en la tierra: La ley de los diezmos, como se encuentra registrada en la Santa Biblia.

El Señor dijo: “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.

Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis. Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mas dijisteis: ¿En qué hemos de volvernos?”

Y el Señor dijo: “¿Robará el hombre a Dios?” Entre aquellos que se encuentran escuchándome hay algunos que lo hacen. “Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas.

Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado.”

Y el Señor mandó: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.

Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 3:6-11).

Recordad, el primero y grande mandamiento es amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Si guardamos este mandamiento, no robaremos a Dios.

Acude a mi mente una experiencia personal. Hace algunos años, cuando mi esposa y yo empezábamos a criar a nuestra familia, estábamos luchando para afrontar nuestras necesidades económicas, teníamos deudas y no fuimos honrados en nuestro pago de diezmos y ofrendas. Asistíamos a la Iglesia y pensé que amábamos al Señor, pero un día mi esposa me dijo:

—¿Amas a Dios?

—Sí—le contesté.

—¿Amas a Dios más que al dueño de la tienda?—preguntó.

—Ojalá que así sea—le respondí.

—Pero le pagaste al dueño de la tienda. ¿Amas a Dios tanto como al dueño de la casa? A él sí le pagaste, ¿verdad?—luego continuó: —El primero y grande mandamiento es amar a Dios, y tú sabes que no hemos pagado nuestros diezmos.

Nos arrepentimos y pagamos nuestros diezmos y ofrendas, y el Señor abrió las ventanas de los cielos y derramó bendiciones sobre nosotros. Consideramos que es un gran privilegio pagar diezmos y ofrendas a nuestro Señor.

Quisiera mencionar que durante la época en que no fuimos honrados con el Señor, nos sentíamos inquietos y tuvimos dificultades y problemas.

Podemos perfeccionar nuestras vidas viviendo los mandamientos del Señor. Y como se ha mencionado en muchas ocasiones en esta conferencia, el Señor ha dicho: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

En 1831, el Señor le dijo al profeta José Smith: “. . . la hora no es aún, mas está a la mano, cuando se quitará la paz de la tierra, y el diablo tendrá poder sobre su propio dominio” (Doc. y Con. 1:35).

Estamos viviendo en tiempos peligrosos, y muchos aman el placer más que a Dios. El diablo tiene poder sobre su propio dominio; sin embargo, en estos tiempos peligrosos hay esperanza. El Señor está todavía a la cabeza de su Iglesia. Es una gran bendición vivir en esta época y ser un Santo de los Ultimos Días. Los hijos de nuestro Padre Celestial pueden recibir paz, seguridad y felicidad al amarlo con todo su corazón, con toda su alma, y con toda su mente, y guardando sus mandamientos.

Sé que Dios vive y que mi Redentor vive; sé que soy un hijo de Dios y que fui creado por El a su imagen y semejanza. Este es el conocimiento más maravilloso que poseo; Dios me lo reveló, y siento una gran paz y felicidad por tener este testimonio.

Expreso mi amor por mi Padre Celestial y por mi Salvador, Jesucristo, por el Espíritu Santo y por toda la humanidad, y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.

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