El guarda de mi hermano

por John H. Vandenberg                                                                            Liahona Diciembre 1971
Obispo Presidente

El Señor nos hizo hermanos, porque nos necesítamos los unos a los otros

Una joven madre, habiendo pasado por la experiencia de perder un hijito en un accidente, se dirigió a un líder de la Iglesia para pedirle una bendición que la consolara en su dolor. Al despedirse, le preguntó entre lágrimas: “¿Es que siempre tiene que haber dolor en esta vida?”

Al meditar sobre esta pregunta, recordemos a la primera familia que hubo en la tierra. Leemos en la Biblia que Eva “concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra.”

Y con el transcurrir del tiempo Caín se encolerizó porque el Señor sentía agrado ante la ofrenda de Abel, escogida de las primicias de su rebaño, pero ningún respeto tenía por la ofrenda de Caín de los frutos de la tierra.

“Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.

“Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé; ¿soy yo acaso guarda de mi hermano?

“Y el Señor dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4:1-10).

Desde este acontecimiento, el dolor, la aflicción y la tragedia han acompañado siempre al género humano. Y de ese episodio de las escrituras, se brinda a nuestra atención la interrogante “¿soy yo acaso guarda de mi hermano?”

¿Qué pensamos sobre dicha pregunta? ¿Cuál ha sido la recomendación que el Señor nos ha . dado al respecto? Busquemos X Juan, capítulo 3:

Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros.

“Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte.

“En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros: también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.

“Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad” (1 Juan 3:11, 14, 16, 18).

¿Cuál es el fundamento del amor materno? ¿No es acaso el sacrificio? Tal amor está considerado como el más tierno y profundo. ¿Será porque la madre pasa por el valle de sombra de muerte al dar a luz al hijo, y se sacrifica continuamente por su bienestar?

¿Será por esta misma razón que Cristo ama. al mundo? ¿Porque se afanó para crearlo? ¿Porque sacrificó su vida por el mundo y su gente? Se nos dice que “de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito. . para que lo salvara de la ruina, y el Hijo deseaba sufrir por la salvación de aquellos por quienes se había afanado tanto.

Todos amamos aquello por lo cual nos sacrificamos; dar y servir hasta el punto del sacrificio, crea el amor. El término religión encierra preocupación por nuestros hermanos, como se nos dice en Santiago 1:27: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones. . .”

Cuando la gente dice: “La religión está bien para algunas personas, pero yo no soy religioso y para mí no tiene ningún significado”, ¿es porque no han experimentado el sentimiento de elevación que se siente al servir al prójimo y sacrificarse por él?

Tal vez simplemente no hayan reconocido las necesidades de los demás. Cada persona tiene necesidad de algo. El hombre no se encuentra solo. Edwin Markham, poeta y reformador estadounidense, pone ante nosotros con sencillez y claridad las básicas necesidades del hombre:

Tres cosas debe un hombre poseer si su alma ha de vivir, y la bondad de la vida conocer. . .

Tres cosas ha de darnos el Padre que todo lo da: pan, belleza y hermandad.” (Traducción libre)

Verdaderamente, nuestro Padre Celestial ha hecho posible que recibamos nuestro pan diario, porque El nos dijo, refiriéndose al cumplimiento de sus mandamientos:

“De cierto os digo, que si hacéis esto, la abundancia de la tierra será vuestra, las bestias del campo y las aves del aire, y lo que trepa a los árboles y anda sobre la tierra;

“. . .ya sea para alimento, o vestidura, o casas, o alfolíes, o huertos, o jardines, o viñas;

“Sí, todas las cosas que de la tierra salen, en su sazón, para el beneficio y el uso del hombre son hechas tanto para agradar la vista como para alegrar el corazón;

“Sí, para ser alimento, y vestidura, para gustar y para oler, para vigorizar el cuerpo y animar el espíritu.

“Complace a Dios el haber dado todas las cosas al hombre; porque para este fin fueron creadas, para usarse con juicio, mas no en exceso, ni por extorsión.

“Y en nada ofende el hombre a Dios, o contra ninguno está encendido su enojo, sino aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas, y no obedecen sus mandamientos” (Doc. y Con. 59:16-21).

Siendo que Dios ha sido tan bondadoso con nosotros, lo que nos ha pedido es que seamos buenos con nuestros hermanos que no hayan sido tan afortunados, y así nos ha amonestado:

“Y, he aquí, te acordarás de los pobres, y mediante un convenio y título que no puede ser revocado, consagrarás lo que puedas darles de tus bienes, para su sostén.

“Y al dar de tus bienes a los pobres, lo harás para mí; y se depositarán con el obispo de mi iglesia. . .” (Doc. y Con. 42:30-31).

Este mandamiento de proveer para nuestros hermanos necesitados se encuentra en el principio del ayuno, como lo leemos en la Historia de la Iglesia (Documeníary History of the Church).

“Que esto sea un ejemplo para todos los santos, y una razón para que jamás falte el pan: Cuando los pobres tengan hambre, que aquellos que tienen sustento ayunen un día y den los alimentos que hubieran consumido a los obispos para los pobres, y todos tendrán en abundancia por mucho tiempo; y éste es un principio grande e importante del ayuno, aprobado por el Señor, Y mientras los santos vivan este principio con corazones bien dispuestos y semblantes alegres, gozarán siempre de la abundancia” (Vol. 7. pág. 413).

Brigham Young se dirigió a los santos con las siguientes palabras:

“Ya sabéis que el primer jueves de cada mes lo guardamos como día de ayuno1 ¿Cuántos de los que están aquí saben cuál es el origen de este día? Antes de que empezaran a pagarse los diezmos, se ayudaba a los pobres con donaciones. Fueron a José en procura de ayuda, en Kirtland, y él dijo que debería de haber un día de ayuno, lo cual se decidió en seguida; se llevaría a cabo una vez por mes, como lo hacemos ahora, y todo lo que se hubiera comido en ese día, de harina, carne, fruta o cualquier otra cosa, se llevaría a la reunión y se pondría en manos de la persona encargada de distribuirlo entre los pobres. Si hiciéramos esto ahora fielmente, ¿creéis que a los pobres les faltaría harina, o mantequilla, o queso, o carne, o azúcar o cualquier otra cosa que necesitaran para comer? No, habría aún más de lo que nuestros pobres pudieran usar. Es bueno para nuestra economía seguir este procedimiento, y cuidar mejor de nuestros hermanos pobres que lo que hemos hecho hasta ahora. Publiquemos esto en nuestros periódicos. Hagamos saber a la gente que el primer jueves de cada mes, el día de ayuno, todo lo que sería consumido por esposo y esposa, niños y sirvientes, debe ponerse en las manos del obispo para sostén de los pobres. Estoy deseoso de hacer mi parte junto con los demás, y si no hay pobres en mi barrio, estaré deseoso de compartir con los pobres de otros barrios. Si las hermanas se preocupan por encontrar alojamiento para aquellas que necesitan que las cuiden, y les proveen con lo necesario, nos encontraremos con que poseemos más consuelo y más paz en nuestros corazones, y nuestros espíritus estarán livianos, llenos de gozo y felicidad. Los obispos se encargarán, con ayuda de sus maestros, de ver que cada familia en sus barrios que esté capacitada para ello, done a los pobres lo que naturalmente consumiría en el día de ayuno.” (Journal of Discourses, vol. 12, pág. 115-16)

Insto a los obispos a mantener este principio entre su gente en estos días, a fin de que podamos suplir más perfectamente con el pan y otras necesidades básicas a nuestros hermanos que se encuentran en circunstancias desafortunadas.

Según mencioné, Edwin Markham dijo que nuestro Padre que todo lo da, ha de darnos no sólo pan, sino belleza y hermandad.

¿Ha dado el Señor belleza a la humanidad? Cualquiera que dude lo único que necesita hacer es abrir los ojos al alba y al ocaso y los oídos al sonido de I viento y la lluvia; maravillarse ante los colores de las flores y del arcoiris; percibir la variedad de paisajes en el desierto y en los bosques, en los campos de grano, las montañas, los ríos y los océanos. En esta época del año comenzamos a sentir la emoción de la nueva vida que trae la primavera, y a medida que nos perdemos en la plenitud de vida que nos rodea, llegamos a formar parte de ello.

Toda la tierra sin esterilidad en ninguna parte, alegra el corazón. En nuestro papel de guardas de nuestros hermanos podemos ayudarnos el uno al otro a entender el don de belleza que nos ha sido dado. Tomemos el tiempo necesario para ver, sentir y gozar de todo lo que Dios ha creado para nosotros. Margaret L. White nos presenta esa responsabilidad en las siguientes palabras:

“Tomé a un pequeñito de la mano para guiarlo hacia el Padre; tenía el corazón lleno de gratitud por el hermoso privilegio. Caminábamos lentamente, haciendo yo que mi paso se ajustara a los pasos menudos del niño. Hablábamos de las cosas que le llamaban la atención. A veces recogíamos las flores del Padre, acariciando sus aterciopelados pétalos y admirando sus brillantes colores. Otras veces era uno de los pájaros del Padre; lo observábamos hacer el nidó, poner los huevecillos; nos maravillábamos, arrobados ante el cuidado que brindaba a sus pequeñuelos. Á menudo nos contábamos historias sobre el Padre; yo se las contaba al niño y él me las repetía. Repetíamos los relatos, el niño y yo, una y otra vez. De cuando en cuando nos deteníamos a descansar, recostándonos en uno de los árboles del Padre, dejando que su frescura nos refrescara la frente, siempre silenciosos. Entonces, en el crepúsculo, llegamos hasta el Padre. Los ojos del niño resplandecieron al verlo; miraba el rostro del Padre con amor, confiada y ansiosamente. Puso su mano en la mano del Padre. Por el momento, me había olvidado. Pero yo me sentía feliz.” (Minute hAasterpieces, recop. de Lucy Gertsch—Bookcraft, 1953—pág. 99)

Belleza … un don del Padre que todo lo da.

¿Y qué podemos decir de la hermandad, la tercera necesidad del hombre, quizás la más importante? Con toda seguridad, en este mundo moderno, donde el odio y la envidia parecen reinar, el llamado a amar “al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” y amar “a tu prójimo como a ti mismo”, (Matt. 22:37, 39) es esencial sí deseamos encontrar la paz.

Parecería que el hombre no conociera límites para sus conveniencias materiales. Nos envanecemos de la forma en que se extiende nuestro conocimiento a medida que los nuevos descubrimientos abren posibilidades materiales; y sin embargo, el progreso en tratar de resolver el problema de la convivencia con nuestros hermanos, parece retroceder en comparación.

Uno de los muchos relatos que encontramos en las escrituras sobre el amor entre los hermanos, se encuentra en el libro de Ester, la hermosa judía que encontró gracia con el rey y se convirtió en reina, Amán, que había sido colocado por sobre todos los príncipes, se encolerizó cuando Mardoqueo, tío de Ester, rehusó inclinarse ante él, y por causa de esto planeó la destrucción de todos los judíos. Después de oír la proclama de muerte, Mardoqueo le envió mensaje a Ester de que “fuese ante el rey a suplicarle y a interceder delante de él por su pueblo.”

Ester le replicó, explicándole la ley de “que cualquier hombre o mujer que entra en el patio interior para ver al rey, y sin ser llamado … ha de morir; salvo aquel a quien el rey extendiere el cetro de oro, el cual vivirá; y yo no he sido llamada para ver al rey estos treinta días.” La respuesta de Mardoqueo fue: “. . . tú y la casa de tu padre pereceréis.”

A este punto, Ester comprendió la responsabilidad que tenía por sus hermanos y respondió: “Ve y reúne a todos los judíos que se hallan en Susa, y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis en tres días, noche y día; yo también con mis doncellas ayunaré igualmente, y entonces entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca” (Ester 4:8, 11, 14, 16).

Como resultado de la decisión de poner él asunto en manos del Señor, Ester fue capaz de realizar este gran servicio por sus hermanos y de salvarlos.

Nuestros hermanos están con nosotros constantemente, y no solamente debemos pensar en ellos, sino también en el extraño que se encuentre entre nosotros. Estas palabras de Burton Hillis nos hablan de dicha obligación:

Si hay un extraño en tu vecindario hoy, acércate a él, examina sus necesidades; puede que necesite un amigo. Si mañana todavía sigue siendo un extraño, bien harías en examinar el vecindario.”

Un ejemplo de la hermandad en acción ocurrió hace pocos meses en el Valle de San Fernando, en California. Lo peor del terremoto ocurrió a las seis de la mañana; pero los maestros orientadores, las directoras de la Sociedad de Socorro y los quórumes del sacerdocio casi inmediatamente comenzaron a hacer su parte en ayudar a los cientos de personas que fueron evacuadas de sus casas. Muchas de estas familias encontraron refugio en casas de miembros de la Iglesia.

En la primera media hora dos maestros orientadores se detuvieron en la casa de su obispo para recibir instrucciones especiales antes de hacer un breve recorrido entre las familias que les correspondían. Otros llamaron a sus obispos, los que a su vez informaron a los presidentes de las estacas correspondientes .’ Dentro de las primeras seis horas después de ocurrido el terremoto algunos barrios ya tenían noticias de la mayoría de sus miembros.

Los presidentes de estaca trataron de señalar las zonas más dañadas y ofrecer ayuda donde más se necesitara. Un quorum de presbíteros en Granada Hill mudó a una familia con siete hijos para otra casa. El primer consejero en un obispado se despertó a tiempo para ver cómo se desmoronaba la chimenea, abriendo un agujero en el cielo raso, pero dijo: “No me preocupaba tanto mi casa como la de mis vecinos, que había empezado a arder. Nadie tenía ni una gota de agua, así que nos subimos al techo para apagarlo.”

Un obispo que se encontraba en camino a su trabajo en el momento del terremoto, se sentía preocupado por no poder comunicarse con su casa ni con los miembros de su barrio. Pero durante su ausencia los poseedores del sacerdocio se pusieron en acción, y a primera hora de la tarde ya se habían comunicado con todas las familias del barrio. La esposa del obispo comentó después que tan pronto como la comunicación telefónica fue restablecida, comenzó a recibir llamadas de los miembros ofreciendo sus casas para dar alojamiento a la gente que había sido evacuada.

“La gente ha sido extraordinaria”, , dijo. “Le renueva a uno la fe ver como responden en una situación como ésta.”

Situaciones similares se repiten cada día en alguna parte, aunque no siempre sean drásticas. El Señor nos hizo hermanos porque sabe que nos necesitamos los unos a los otros.

Mostremos nuestro aprecio por estas necesidades básicas que el Padre Celestial cubre, viviendo lo que profesamos creer, y siendo verdaderamente guardas de nuestros hermanos. Si vamos a volver a la presencia de Dios, será mediante nuestro acercamiento a los demás; porque no podremos acercarnos a El más de lo que nos acerquemos a nuestro prójimo. De lo cual testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.


1 El día de ayuno se observaba regularmente en ese día del mes, hasta el 5 de noviembre de 1896, cuando en una reunión entre la Primera Presidencia y los apóstoles, se decidió que se observaría el ayuno en el primer domingo de cada mes. El domingo 6 de diciembre de 1896, fue el primer domingo de ayuno, (Andrew Jenson, Encyclopedic History of The Chtmh of Jesús Chrisí of Lalter-day Saints, 1941)

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