El Reino interior

. . . porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros. (Lucas 17:21)
por Reed H. Bradford                                                                                  Liahona Diciembre 1971

Muchas y diferentes son las cosas que suceden en este mundo. Algunas veces logramos las metas que nos proponemos; otras en cambio nos son negadas. Pensad por ejemplo acerca de los miles de soldados que han muerto en las guerras, y que hubieran deseado casarse y tener hijos, y aún así esta oportunidad les fue negada en la tierra. Asimismo, hay muchas mujeres dignas que sueñan en llegar a ser esposas y madres, y sin embargo por una razón u otra, no pueden lograr esta meta. O, pensemos acerca de la cantidad de individuos capacitados que se esfuerzan por lograr posiciones de privilegio, cuando solamente uno de ellos puede ser seleccionado para ocupar cada cargo.

A menudo otros seres humanos nos tratan con indiferencia; a veces hasta nos resentimos con ellos. Y aun otras veces, podemos ser llevados a la muerte por ellos, como sucedió con el Salvador, José Smith y tantos otros.

Otras veces podemos tener experiencias como ésta, de la cual apenas hoy me he enterado. Hace poco, una de mis alumnas—una inteligente y hermosa joven de 20 años de edad—estaba haciendo planes para regresar a la universidad. Mucho era lo que esperaba de la vida, y estaba llena de grandes planes para el futuro. Fue entonces cuando comenzó a experimentar ciertos dolores; los médicos descubrieron que estaba afectada por leucemia, en un estado bastante avanzado de la enfermedad.

Nuestro paso por el mundo lo constituye entonces, una variada cantidad de experiencias.

Aún así, existe un camino por medio del cual podemos experimentar gozo permanente, progreso, serenidad y paz. Esto podemos lograrlo en el “Reino de Dios” que potencialmente existe en nuestro interior; en esa clase tan particular de vida interior que puede desarrollarse en cada individuo para proporcionarle las más profundas e imperecederas recompensas. Específicamente, esta vida consiste de cuatro elementos:

  1. El gozo de la conversión, Nos esforzamos por desarrollar nuestras potencialidades como hijos de nuestro Padre Celestial, quien en cada uno de nosotros, ha investido algo de su propia divinidad. El ha dicho que cada uno de nosotros tiene la oportunidad de “convertirse” en su hijo, lo cual significa que tenemos la oportunidad de convertirnos en seres como El es. A medida que nos esforzamos en lograr las metas propias de nuestro Padre Celestial, a medida que usamos sus métodos para lograr dichas metas y adquirimos su clase de conocimiento y sabiduría, a medida que amamos en la forma en que El ama, experimentamos el gozo de la conversión, el gozo de nuestra propia superación.

Aun cuando somos similares en muchas formas, cada uno de nosotros posee dones específicos que nos diferencian de los demás. Si con paciencia y devoción desarrollamos estos dones, llegará el día en que el pimpollo se convertirá en rosa, y la bellota llegará a ser un fuerte y hermoso roble.

  1. El gozo del divino amor por el prójimo. El gran mensaje encerrado en el segundo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, no constituye solamente una obligación, sino especialmente una oportunidad. Si cada uno de nosotros desarrolla sus dones, y luego los compartimos abundantemente con los demás, así podremos desarrollarnos juntos aún mejor de lo que podríamos hacerlo solos. El cuerpo está constituido por muchas células, pero todas ellas están relacionadas y constituyen una sola entidad. Así también hay muchas almas humanas, pero solamente una familia. A medida que desarrollamos el Reino de Dios dentro de nosotros, recordamos que cada hijo de nuestro Padre Celestial es nuestro hermano, y debemos aprender a tratarlos con respeto, sensibilidad y consideración.

Angustia en el mesón
por Dina Donahue

Desde hace mucho tiempo, siempre que se habla de representaciones de Navidad en un pueblito del medio oeste de los Estados Unidos, inmediatamente viene a la memoria el nombre de Wallace Purling. La actuación de Wally durante una producción teatral anual de la Navidad, tuvo tal efecto sobre la gente, que la anécdota pasó de la realidad al reino de la leyenda. Pero quienes tuvieron la oportunidad de estar presentes en la audiencia esa noche, no se cansan de recordar con exactitud lo que sucedió.

Wally tenía nueve años y se encontraba en el segundo año de escuela, aun cuando debería haber estado cursando el cuarto. La mayoría de la gente del pueblo sabía perfectamente las dificultades que él tenía para aprender y mantenerse a la par de los demás niños. Wally era grande y torpe, lerdo de movimientos y también mentalmente lento. Pero de todas maneras, sus compañeros de clase lo apreciaban, aun cuando todos ellos eran menores y más pequeños que él, condición que provocaba muchas situaciones embarazosas, especialmente cuando los otros niños tenían problemas para ocultar la irritación que les provocaba la falta de coordinación de Wally al querer jugar a la pelota con ellos.

La mayoría de las veces encontraban la forma de mantenerlo alejado del juego, pero Wally de todos modos, vagaba persistentemente alrededor del campo, no enojado, sino esperanzado. Se trataba de un niño muy bien dispuesto y simpático, y paradójicamente, un natural protector del desvalido. En ciertas oportunidades, cuando los niños mayores perseguían a los menores, siempre era Wally quien decía: “Déjenlos tranquilos, ellos pueden estar con nosotros.”

Wally había estado anhelando conseguir el papel de pastor con una flauta durante la representación de Navidad de ese año, pero la directora del programa le asignó un papel más importante. Después de todo—pensó ella—el mesonero no tenía muchas líneas, y el tamaño del chico le daría más fuerza a la negativa de brindarle alojamiento a José y a María.

Fue entonces que la numerosa y adicta au- diencia de siempre, se reunió para presenciar la puesta en escena de la Pascua de la Navidad en el pueblo, extravagantemente ataviada de barbas, coronas, halos, el pesebre y toda la escuela de dramática impostación de voces. Ninguno de los asistentes, ya estuvieran en la escena o entre los espectadores, se encontraba más cautivado por la magia de esa noche, que Wally Purling.

Más tarde se dijo que él estuvo observando la representación con tanta concentración y fascinación, que a cada momento la directora tenía que asegurarse de que no vagara embelezado por el escenario antes de llevar a cabo su parte en la pieza teatral.

Luego llegó el momento en que apareció José, lentamente guiando a María con ternura hasta la puerta del mesón. José golpeó con fuerza en la puerta de madera que componía la escenografía. Wally, el mesonero, se encontraba allí, esperando.

—¿Qué quieres?—dijo Wally, abriendo de par en par la puerta en un brusco gesto.

—Buscamos alojamiento.

—Busquen en otro lado—dijo el niño mirando hacia adelante y con aspecto severo—El mesón está lleno.

—Señor, hemos preguntado en vano por todos lados. Hemos viajado desde lejos y estamos muy cansados.

—No hay lugar para ustedes en este mesón— dijo Wally, con gesto adusto.

—Por favor, buen mesonero, hazlo por mi esposa María. Va a tener un niño, pronto va a dar a luz y necesita un lugar para descansar. Seguramente tienes que tener un pequeño rincón para ella. ¡Está tan cansada!

Fue entonces que, por primera vez, el mesonero cambió su severa actitud dignándose a mirar a María. Al mismo tiempo hubo una larga pausa, suficientemente larga como para que la audiencia quedara tensa y desconcertada,

—¡No, váyanse!—le susurró el apuntador desde entretelones.

—¡No!—repitió automáticamente Wally— ¡Váyanse!

Entonces, tristemente, José rodeó a María con el brazo apoyando ella su cabeza sobre el hombro de su marido, y siguieron la jornada; tan brevemente interrumpida en busca de posada. Sin embargo, el mesonero no regresó al interior de su habitación. Wally permaneció ahí en la puerta, observando tristemente a la desamparada pareja. Así permaneció con la boca abierta, con la ceja arrugada en un signo de preocupación, y con los ojos evidentemente llenos de lágrimas.

Y en ese momento, en forma repentina, esta representación de Navidad se convirtió en algo completamente diferente de las demás.

—No se vaya, José—gritó—Vuelva con María —Y con una grande y brillante sonrisa, Wally Purling dijo—Pueden ocupar mi cuarto . . .

  1. El gozo de vivir con influencia divina. El Salvador dijo:

“No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. . . el que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.” (Juan 14:18, 21).

A medida que escribo este artículo, pienso acerca de las diversas formas en las cuales El ha mantenido esta promesa para conmigo; pienso en las veces en que podía haber muerto en accidentes automovilísticos; en los años que dediqué a resolver problemas importantes de mi vida, y en su decisiva influencia en esas soluciones. Pienso acerca de las ordenanzas que El nos ha dado y en las cuales yo he participado, en los principios que El nos enseñó y el gozo que para mí ha representado obedecer dichos principios. Pienso en el sacerdocio, del cual soy agradecido portador.

A medida que me aproximo al ocaso de mi vida, la expiación y la resurrección van tomando medidas extraordinarias. Estoy agradecido por el sentimiento de paz, confianza, fe, inspiración y el equilibrio que recibí de su Espíritu, junto con la influencia del Espíritu Santo, el otro consolador qué nos envió.

  1. El gozo de una justa inmortalidad

Si seguimos el sendero del Señor, podemos estar seguros de que nuestra influencia se constituirá en una continua influencia para el bien. Esta influencia no sólo podrá ser sentida por los individuos con quienes nos relacionemos directamente, sino también por las generaciones futuras.

El no tenia suficiente criterio como para usar zapatos
Relatado por el élder Charles A. Callis

Cuando era presidente de la Misión de los Estados del Sur, tenía por costumbre tener una entrevista con cada misionero antes de relevarlo de la obra. En una oportunidad llegó a mi oficina un joven a quien le pregunté:

—¿Qué es lo que usted ha logrado?

—Nada—dijo—y ya me voy para casa.

—¿Qué es lo que quiere decir con que no logró nada?

—Bueno—dijo—sólo bauticé a un hombre en los montes de Tennessee, (Creo que era Tennessee). Y él ni siquiera tenía suficiente criterio como para usar zapatos. Y eso es todo lo que hice. He malgastado mi tiempo y el dinero de mis padres, y ya me vuelvo a mi casa.

Tiempo más tarde … traté de averiguar sobre la suerte del hombre bautizado por este misionero. El sentimiento de fracaso que había trasuntado ese muchacho antes de irse para su casa, me había preocupado, y sentí el fuerte deseo de averiguar qué era lo que había pasado con el hombre que él bautizó. Me enteré de que lo habían ordenado diácono y que había tenido algunas asignaciones en la rama en la cual vivía; más tarde fue ordenado élder, con lo cual recibió más responsabilidades. Más adelante se mudó de la granja que arrendaba y compró un pequeño pedazo de tierra; después fue nombrado presidente de la rama. Y en años siguientes vendió su pequeña granja y se mudó para el estado de Idaho donde compró otra porción de tierra. Crió una familia. Sus hijos cumplieron misiones, al igual que lo hicieron sus nietos. Hace poco completé la investigación sobre este hombre la cual me indica, de acuerdo con la información que pude recolectar, que más de mil cien personas han aceptado la Iglesia como resultado del bautismo de ese solo hombre, llevado a cabo por el misionero que pensó que había fracasado.

Entonces, el Reino de los Cielos puede estar “en nosotros.” Es un Reino divino. Es el Reino en el cual podemos vivir con dignidad, paz y gozo, cada día de nuestra vida.

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