ÉLDER DAVID E. SORENSEN

de la Presidencia de los Setenta                                                                   Liahona Febrero 2000
De una entrevista que le hizo Jill Hymas

Al haberme criado en el pequeño pueblo de Aurora, Utah, aprendí en cuanto al poder de la oración. Vivíamos en una granja en la que los animales eran indispensables para nuestro sustento. Llamábamos a cada uno de ellos por su nombre, y cuando uno enfermaba, papá siempre oraba por él. En una ocasión, cuando una de nuestras vacas tenía demasiado aire atrapado en el estómago, papá se puso de rodillas allí mismo en el campo e hizo una oración para que el animal sanara, y la vaca se recuperó.

Cuando yo era pequeño, tenía muchas responsabilidades en la granja. Cuando tenía nueve años de edad, una de mis tareas durante el verano era vigilar a doce vacas y a doce terneros para que permanecieran donde estaba el pasto. Lamentablemente, les gustaba empujar el cerco hasta hacerlo caer para así pasar al campo contiguo y hartarse de alfalfa tierna. En una de sus escapadas, se metieron en un canal vacío que tenía de cuatro a cinco metros de profundidad. Yo sabía que muy pronto el canal se llenaría de agua y que el ganado atrapado moriría ahogado.

No podía sacar a 24 cabezas de ganado por las empinadas orillas del canal y no sabía de qué otro modo podría salvarlas, de modo que me puse de rodillas y pedí ayuda. Tuve la impresión de que debía conducir el ganado por el canal hasta llegar a las tierras de otro propietario. Tuve dudas en cuanto a lo prudente que sería hacerlo, ya que no conocía esas tierras ni a su dueño y no quería quedarme atrapado entre orillas aún más profundas. No obstante, obedecí al Espíritu y al poco rato encontré una sección del canal por la que el ganado podría subir fácilmente. Y el vecino no se molestó por lo que hice. Cuando le relaté a mi madre lo sucedido, dijo que mi Padre Celestial me había dado inspiración.

Durante esos años asistí a la Primaria con otros once niños y cuatro niñas. Mis maestras de la Primaria tuvieron un efecto profundo en mi vida.

Una de ellas, la hermana Georgeanna Johnson, poseía un testimonio firme y esperaba que asistiésemos a la Primaria habiendo cumplido con nuestras asignaciones de lectura de las Escrituras. Insistía en que fuésemos bien vestidos y limpios y que no causáramos problemas. De ella aprendí que cada uno de nosotros era especial y diferente y que éramos bendecidos por ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. La hermana Johnson se hizo cargo de nosotros y se habría afligido mucho si alguno hubiese desobedecido la Palabra de Sabiduría.

La hermana Beth Curtís, otra maestra de la Primaria, nos alentó a que fuéramos reverentes en la Primaria, y nos daba las gracias cuando nos comportábamos bien. Hacía hincapié en la importancia y el privilegio de ser dignos de poseer el Sacerdocio Aarónico. Todos los niños de mi clase de la Primaria recibieron el Sacerdocio Aarónico y repartieron la Santa Cena cuando cumplieron doce años de edad.

Otra persona que influyó en mi vida fue la esposa de nuestro obispo. Ella era enfermera y me enseñó en cuanto al poder y la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec para sanar a los enfermos. También me enseñó en cuanto al don de ser sanado. Un día, mientras jugábamos en un silo, mi primo accidentalmente dejó caer una piedra que me golpeó la cabeza. Incluso antes de vendarme la profunda herida, la esposa del obispo le pidió a mi padre y a su esposo que me dieran una bendición. La herida sanó y no tuve que ir a un médico. □

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