ENTRE BASTIDORES

por Peter B. Gardner                                                                                      Liahona Febrero 2000

Durante mi adolescencia, casi todos los años nuestra estaca llevaba a cabo un teatro ambulante, una noche de risas y alegría en la que cada barrio representaba, en el salón de actividades y frente a los miembros de la estaca, una obra teatral melodramática puramente de aficionados. Durante varias semanas antes de la presentación, los líderes de los barrios ideaban tramas increíbles, creaban canciones y bailes ridículos y convencían a jóvenes reacios a usar disfraces estrafalarios. A esas presentaciones no se les podría poner en la categoría de teatro, pero eran muy divertidas.

De todos los teatros ambulantes en los que participé, hay uno en particular que se destaca en mis recuerdos. El año en que cumplí los 16, la presidencia de la estaca, de la que mi padre formaba parte, acordó que a los barrios no se les permitiría usar sustancias brillantes pulverizadas en los disfraces ni en el maquillaje. Aunque las partículas relucientes lucían muy bien en el escenario bajo las luces, casi siempre acababan en las alfombras y los muebles de los salones que los barrios disponían para los preparativos. Debido a que los teatros ambulantes se llevaban a cabo el sábado por la noche, la presidencia de la estaca tenía la esperanza de que esa medida sirviera para mantener el edificio limpio para el día de reposo.

Pero en medio del entusiasmo y de la sana competición de los teatros ambulantes de ese año, el consejo de la presidencia de la estaca pasó mayormente desatendido. Una vez que concluyeron las presentaciones, busqué a papá entre los miembros que lentamente iban saliendo del edificio. Todos parecían haber disfrutado de una noche de amistad y diversión. Cuando por fin localicé a mi padre en uno de los salones que se habían usado para los preparativos, pude darme cuenta de que no estaba de muy buen humor. Caminaba lentamente alrededor de la habitación, inspeccionando en silencio las partículas relucientes esparcidas en el piso.

—La mayoría de los barrios usaron brillo —dije—, mencionando lo que era obvio.

—Casi todos los cuartos están igual —dijo con un suspiro—. ¿No acordamos que no se usaría brillo? —preguntó frustrado.

—Creo que sí —dije, con la esperanza de disminuir un poco la tensión.

Ya era tarde cuando por fin encontramos al resto de la familia y nos fuimos a casa. Sin embargo, una vez que los más pequeños se acostaron, papá tomó las llaves del auto y se dirigió a la puerta.

—¿A dónde vas? —pregunté.

—Voy otra vez al centro de estaca —dijo en voz baja—. Voy a ver qué puedo hacer para tenerlo listo para mañana. ¿Quieres venir?

Yo no tenía ningún deseo de pasarme haciendo limpieza en lo que quedaba del sábado por la noche, pero cuando pensé en que papá haría todo el trabajo solo, accedí a acompañarlo.

Para cuando llegamos al centro de estaca, la actitud de mi padre había cambiado. A medida que limpiábamos, parecía estar menos desalentado e incluso un tanto entusiasmado ante el desafío que teníamos por delante. Se pasó el tiempo haciéndome preguntas acerca de la escuela y mis amigos.

Aunque nos tomó varias horas hacer la limpieza, ambos sentimos cierta satisfacción en nuestro trabajo y tratamos de hacerlo de la mejor manera posible. Fue después de la medianoche que consideramos que el edificio estaba listo para los servicios dominicales del día siguiente.

Al otro día, sentí una satisfacción especial al mirar las habitaciones limpias y recordar el estado en que habían quedado la noche anterior. Pensé en decirles a mis amigos en cuanto a la noche que había pasado haciendo trabajo de conserje, pero no me pareció apropiado hacerlo. Aparentemente mi padre sintió lo mismo. Hasta el día de hoy, no recuerdo haberlo oído mencionar esa noche a nadie.

Hoy, cuando pienso en ese teatro ambulante, no recuerdo la alegría, ni los disfraces ni la música. Lo que acude a mi mente son las imágenes de mi padre pasando la aspiradora, barriendo y recogiendo las partículas de brillo del piso de la capilla, haciendo el trabajo “entre bastidores” en preparación para el día de reposo. □

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