ESCOGEOS HOY A QUIEN SIRVÁIS

por el presidente N. Eldon Tanner                                                               Liahona Octubre 1971
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

President N. Eldon TannerUltimamente hemos oído hablar mucho acerca de las series intituladas “Mi Ultima Disertación,” en las cuales las personas seleccionan su tema como si fuera el último discurso que fueran a presentar. Teniendo esto presente, he seleccionado mi tema para esta conferencia como si fuera a ser mi último discurso, el mensaje más importante que podría dejar a las personas.

Mi tema, por tanto, proviene de Josué: “. . . escogeos hoy a quién sirváis; . . . pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). Poco después de pronunciar estas palabras, Josué, que tenía ciento diez años de edad, falleció, dejando éste como su último mensaje.

Al haber escuchado los maravillosos discursos pronunciados en esta conferencia, y al escuchar a aquellos que seguirán, estoy seguro de que nos daremos cuenta que todos ellos recalcan la importancia de servir al Señor.

Todos recordamos cómo Moisés sacó del cautiverio a los hijos de Israel, y cómo los egipcios fueron destruidos por el Mar Rojo; cómo el Señor les entregó en sus manos a los amorreos y a los habitantes de Jericó, a fin de que pudiesen poseer sus tierras, y la manera en que Josué le recordó a su gente las palabras del Señor: “Y os di la tierra por la cual nada trabajasteis, y las ciudades que no edificasteis, en las cuales moráis; y de las viñas y olivares que no plantasteis, coméis.”

Entonces Josué dijo: “Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová.

“Y si mal os parece sérvir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.”

Luego los amonestó: “Si dejareis a Jehová y sirviereis a dioses ajenos, El se volverá y os hará mal, y os consumirá, después que os ha hecho bien.” Y atemorizados, respondieron: “A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos” (Josué 24:13-15, 20, 24).

Un incidente semejante se encuentra en la historia de los antecesores pioneros, quienes a causa de sus convicciones religiosas se vieron obligados a abandonar su hermosa ciudad y hogares. Pese a sus muchos sufrimientos, y al fallecimiento de muchos, permanecieron fieles a su fe, y aun ante todas las tribulaciones que soportaron al cruzar las praderas, cantaron: “Aunque morir nos toca sin llegar, qué feliz al sentir.” Alabaron el nombre del Señor, su Dios, y continuaron sirviéndole, y a través de sus justos esfuerzos, El los ha bendecido y prosperado en su posteridad.

Al leer las Escrituras y la historia del mundo, encontramos numerosos ejemplos en donde las personas, las comunidades y hasta las naciones que eligieron servir al Señor fueron preservadas y bendecidas, no únicamente mediante la sabiduría humana, sino por la voluntad de Dios, mientras que aquellos que se negaron a hacerlo, sufrieron las consecuencias de su ira, fueron derrotados y destruidos.

Como se encuentra registrado en el Libro de Mormón: “He aquí, ésta es una tierra escogida, y la nación que la posea se verá libre de la esclavitud, del cautiverio y de todas las otras naciones debajo del cielo, si tan sólo sirve al Dios de la tierra, que es Jesucristo. . . .” (Eter 2:12). ¡Qué gloriosa promesa! Pero en ella encontramos la misma restricción condicional acerca de la cual Josué amonestó a su gente: “Sí dejareis a Jehová y sirviereis a dioses ajenos, El se volverá y os hará mal, y os consumirá.” La promesa que se encuentra en Eter es únicamente condicional “si tan sólo sirve al Dios de la tierra, que es Jesucristo.” ¿Estamos en el camino hacia la destrucción por no servir a Jesucristo, y vivir de acuerdo con sus enseñanzas?

En su libro Civilization on Trial, publicado en 1948, Arnold J. Toynbee1 parece captar este mensaje, al referirse al adelanto y a la caída de las civilizaciones, y reconocer la razón de sus caídas. Define la historia y su modelo de repetirse a sí misma, y luego continúa:

“Nuestra situación actual es verdaderamente formidable. Una encuesta de la perspectiva histórica a la luz de nuestro conocimiento actual muestra que, hasta la fecha, la historia se ha repetido aproximadamente veinte veces, produciendo sociedades humanas de las especies a las cuales pertenece nuestra sociedad occidental, y asimismo muestra que con la posible excepción de la nuestra, todos estos representantes de las especies de la sociedad, llamados civilizaciones, están ya muertos o moribundos. Más aún, cuando estudiamos detalladamente las historias de estas civilizaciones muertas y moribundas, y las comparamos las unas con las otras, encontramos indicios de lo que parece ser un modelo repetido en cuanto al procedimiento de sus quebrantamientos, su decadencia y sus fracasos. Naturalmente hoy nos preguntamos si este capítulo particular de la historia estará propenso a repetirse en nuestro caso. ¿Estará reservado para nosotros ese modelo de decadencia y fracaso como un destino del que ninguna civilización puede esperar escapar?”

Continúa expresando su opinión de que el modelo de éxitos o fracasos previos no tiene necesariamente que repetirse; y dice: “Como seres humanos, estamos investidos con esta libertad de elección, y no podemos imponer nuestra responsabilidad sobre los hombros de Dios ni sobre la naturaleza. Debemos cargarla nosotros mismos; depende de nosotros.” Sugiere además lo que debemos hacer para salvarnos política, económica y religiosamente, y declara: “De las tres tareas, a la larga, la religiosa es naturalmente la más importante” (Nueva York: Oxford University Press, págs. 38-40).

Os advierto que si fuésemos espíritualmente puros, si viviésemos las enseñanzas de Jesucristo, a quien debemos servir si queremos sobrevivir como individuos y naciones, los problemas políticos y económicos ya se habrían resuelto, porque viviendo los Diez Mandamientos y otras enseñanzas de Dios, todos podríamos vivir juntos en paz y prosperidad. Al examinar estas enseñanzas no podemos encontrar en ellas nada que no nos haga mejores y más felices en todo aspecto por vivirlas.

Se nos advierte de la destrucción de Sodoma y Gomorra, siendo la primera el pueblo principal en el centro del Jardín de Jehová; de Tiro y Sidón, siendo Tiro una floreciente ciudad de gran riqueza y belleza, y quizás la ciudad más grande que se sabe el Salvador haya visitado; y de Jerusalén, y otras grandes ciudades y civilizaciones que han caído a causa de que se alejaron de Dios y se convirtieron en un pueblo impío y adúltero. Me temo que esto está sucediendo rápidamente en nuestra propia tierra.

El poema proféticó de Rudyard Kipling2 “Dios de Nuestros Padres” fue una advertencia al grande y poderoso imperio británico, cuando se encontraba en el pináculo de Su gloria, y debe ser una amonestación para todas las naciones. Escribió:

De nuestros padres Santo Dios,
De nuestro pueblo el Señor;
Por cuya majestuosa voz,
Pudieron dominar error;
No nos retires tu amor,
Haznos pensar en ti, Señor.
Huecos los gritos y clamor,
Vano poder los reinos son;
Constante sólo tu amor,
Al compungido da perdón.
No nos retires tu amor,
Haznos pensar en ti, Señor.
Nuestro dominio y poder,
Son cual la flor que se secó;
Y nuestra gloria de ayer,
Cual Nínive se desplomó.
Tus juicios calma con amor,
Haznos pensar en ti, Señor”.

Himnos de Sión, número 113

Estos ejemplos muestran claramente que en la humildad hay fortaleza, y debilidad en el orgullo. Si no nos arrepentimos y cambiamos nuestra manera de ser, estaremos repitiendo la historia de Sodoma y Gomorra. Analicemos nuestros logros para ver dónde se encuentran nuestros valores. Hemos avanzado a grandes pasos en los campos científicos; hemos enviado al hombre a la luna, inventado una bomba nuclear, y alcanzado un gran progreso en los métodos de la guerra. ¿Pero qué es lo que hemos hecho en bien de la paz? ¿Qué hemos hecho en el campo de las relaciones humanas? ¿Qué progreso hemos logrado en cuanto a la espiritualidad?

¿Puede alguien ignorar que nosotros también estamos viviendo en un mundo inicuo y adúltero, que no estamos sirviéndole a Dios, que estamos por seguro en nuestro camino a la destrucción cuando en casi cada periódico o revísta, en la radio y la televisión oímos que cada ley de Dios se viola constantemente: robos, incendios y pillaje, asesinatos, adulterio, violaciones, muerte y calamidad a causa de la ebriedad; iglesias vacías mientras que las tiendas, los parques y las carreteras están llenas de gente los domingos? Muchos de nosotros, que afirmamos ser cristianos, somos culpables de algunas de estas cosas.

Como alguien ha dicho: “Si se nos fuese a arrestar por ser cristianos, ¿me pregunto si habría suficiente evidencia para declararnos y culpables?” Se nos ha amonestado una y otra vez; no tenemos ninguna excusa. Si deseamos ser salvos, junto con nuestras familias y nuestro país, debemos, como Pedro enseñó, arrepentirnos y bautizarnos, cambiar nuestros hábitos, y servir al Señor y guardar sus mandamientos. La; responsabilidad recae sobre nosotros como individuos; necesitamos un renacimiento espiritual.

¿Podéis imaginaros cuán glorioso sería este mundo si todos viviesen las enseñanzas del evangelio, amasen a Dios y guardaren sus mandamientos? ¿Si todos se amaran el uno al otro, si no hubiere disputas, ni asesinatos, ni hurtos, si todos fuesen honrados, verídicos, castos y benevolentes? No tendríamos guerras en la tierra, sino paz y felicidad; el dinero que actualmente se usa para la guerra, para poner la ley en vigor y combatir el crimen, podría utilizarse para propósitos dignos con el fin de socorrer al necesitado, al enfermo y al desamparado.

Cuando el Señor le dijo a Abraham que iba a destruir a Sodoma a causa de su iniquidad, éste le imploró que la preservara si se encontraban allí tan solamente cincuenta justos, y finalmente disminuyó el número a diez de ellos; el Señor accedió, pero no pudieron encontrar ni siquiera diez justos, de manera que la ciudad fue destruida. Asegurémonos de que podamos ser contados entre los justos por consideración a los cuales el Señor perdonará a nuestra ciudad y nuestro país. Es importante que decidamos si vamos a servir al Señor o no; porque El dijo: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).

La elección de servir a Dios, hecha dignamente, no necesariamente excluye una casa o suficiente dinero o salario, o las cosas de este mundo que traen gozo y felicidad, pero sí requiere que no nos alejemos de Dios ni de las enseñanzas de Jesucristo mientras tratamos de satisfacer nuestras necesidades temporales.

Mi experiencia en la vida me ha mostrado sin ninguna duda que si vivimos los principios del evangelio, como fueron enseñados por Jesucristo a los profetas, sirviendo al Señor y guardando sus mandamientos, esto contribuirá grandemente a nuestro éxito en las cosas de esta vida, tanto temporal como espiritualmente. Criaremos mejores familias y contribuiremos más a la comunidad que aquellos que niegan al Señor e ignoran sus enseñanzas. De hecho, si observáis a la gente que conocéis, os daréis cuenta de que aquellos que viven vidas verdaderamente cristianas son más felices, y a la vez más amados y respetados mientras se preparan para la vida eterna.

El Señor también ha dicho: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;

“sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.

“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:19-21).

A veces me pongo a pensar en nuestro desmedido interés por las posesiones materiales, por las reliquias y los monumentos que se desmoronan y maltratan. Apenas el otro día leí un artículo tocante al deterioro del monumento a Lincoln3. Estas son noticias desagradables para todos aquellos de nosotros que rendimos tributo a las personas que han hecho tanto para edificar y servir a su país; pero leer detalladamente acerca del deterioramiento de las paredes de piedra y las columnas de mármol de este monumento edificado hace cuarenta y ocho años, la argamasa que se está desmoronando, estalactitas y estalagmitas que están transformando el fundamento en una caverna imponente, millones de arañas y mosquitos que se acumulan por el techo, nos brinda un ejemplo extraordinario del hecho de que la polilla y el orín corrompen los tesoros en la tierra. Al rendir tributo a la venerada memoria de personas y lugares, encontrémonos al mismo tiempo diligentemente embarcados en nuestros deberes espirituales y la preservación de tesoros que el tiempo no puede destruir.

Acude a mi mente el relato de Henry Van Dyke4, intitulado “The Mansión” (La Mansión), donde habla del hombre rico que vivía en una mansión en la tierra, pero que se sorprendió cuando al llegar al cielo encontro que tenía únicamente una pequeña choza; pero el hombre pobre, para su sorpresa, encontró que tenía una mansión celestial porque había estado acumulando para sí tesoros en el cielo.

Durante nuestra Vida, constanteméhte estamos tomando decisiones que determinaran lo que obtendremos de la misma. ¿Vamos a aprovechar nuestras oportunidades para mejorar, o vamos a desperdiciar nuestro tiempo? ¿Vamos a hacer lo correcto, o lo incorrecto? ¿Vamos a asistir a la Iglesia, o a profanar el día de reposo? ¿Vamos a servir a Dios, o a las riquezas? No podemos tener una lealtad dividida. La vida debe encontrar a su maestro.

Esto no significa que el hombre sea completamente malo ni completamente bueno, pero en cualquier momento debe tener una dirección dominante, y la elección de Dios o las riquezas nos ayuda a determinar las otras elecciones que tomaremos en la vida.

A fin de gozar plenamente las bendiciones que Dios ha prometido a aquellos que le sirven y guardan sus mandamientos, es importante que los padres les inculquen a sus hijos la fe en El. El Señor ha amonestado: “Y además, si hubiere en Sión, o en cualquiera de sus estacas organizadas, padres que tuvieren hijos, y no les enseñaren a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, cuando éstos tuvieren ocho años de edad, el pecado recaerá sobre las cabezas de los padres.

“Y también han de enseñar a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor” (Doc, y Con. 68:25, 28).

Comprendiendo la importancia de tal instrucción, la Iglesia exhorta a sus miembros a observar las noches de hogar, asistir a seminarios, institutos, escuelas, universidades, y organizaciones auxiliares para ayudarnos a nosotros y a nuestros hijos a servir al Señor. No debemos ser negligentes en cuanto a este deber y obligación.

Me sentí sumamente impresionado al escuchar al presidente del alumnado de la Universidad de Brigham Young, el doctor Ernest L. Wilkinson, hablar acerca de una llamada de emergencia que requirió sus servicios en el Hospital LDS (en Salt Lake City), donde un amigo íntimo se encontraba en estado crítico con una trombosis coronaria; dijo al respecto: “Al acercarme a su lecho, me tomó de la mano y a través de la máscara de oxígeno, pese al dolor y a la dificultad para respirar, musitó: ‘Oh, doctor, ¿puedes salvarme? Tengo tantas cosas que he ido dejando de lado, pero hubiera querido hacer.’

“Mientras trabajábamos hasta las primeras horas de la mañana, utilizando todos los dispositivos electrónicos modernos que la ciencia médica provee, y al hacerse cada vez más evidente que mi amigo no podría sobrevivir, me sentí obsesionado por su comentario y su inferencia. ¿Somos pensadores o hacedores? ¿Cuántos de nosotros dejamos para después las decisiones verdaderamente importantes en la vida? ¿Nos encontraremos necesitados cuando también estemos en la encrucijada de la vida y la muerte?”

Verdaderamente es una pregunta bastante seria y urgente. Todos estamos acercándonos a este punto; cuán afortunados somos de poder tomar una decisión. Qué cosa tan gloriosa es el saber que podemos escoger nuestro camino, escribir nuestro destino y determinar nuestras bendiciones. No es demasiado tarde para elegir; la elección es nuestra, pero debemos elegir hoy a quién serviremos.

Cada día le doy gracias al Señor porque sé que Dios el Padre, de quien somos hijos, vive y quiere que triunfemos, y que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16-17). Sí, Jesucristo dio su vida por nosotros y nos brindó el pian mediante el cual podemos gozar la vida plenamente y llevar a cabo nuestra salvación. Como Richard L. Evans tan bellamente lo declaró: “Nuestro Padre Celestial no es un árbitro que está tratando de sacarnos del juego; no es un competidor que está tratando de ridiculizarnos; no es un acusador que está tratando de condenarnos. Es un Padre amoroso que quiere nuestra felicidad y progreso eterno, y que nos ayudará todo lo que pueda si tan sólo le damos una oportunidad de hacerlo.”

Ruego sinceramente que tengamos el valor y la fortaleza de humillarnos, de aceptar a nuestro Salvador, Jesucristo, y de servirle, gozando por medio de ello las bendiciones que ha prometido. En el nombre de Jesucristo. Amén.

1 Amold J. Toynbee—Historiador inglés, 1689

2 Kipling, Rudyard—autor inglés, 1865-1936

3 Monumento ubicado en Washington, D.C., Estados Unidos, erigido en memoria del presidente Abraham Lincoln.

4 Van Dyke, Henry—eclesiástico y autor norteamericano 1852-1933.

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