“HOLA, JOSÉ”

por Todd Dunn                                                                                                Liahona Febrero 2000

Cierto día, mientras servía en la Misión Chile Santiago Este, mi compañero, el élder Patricio Alvarez, y yo recibimos permiso de nuestro presidente de misión para visitar al abuelo enfermo del élder Alvarez en un hospital de la localidad.

Al ubicar la habitación del abuelo, encontramos a dos ancianos completamente rodeados de tubos y alambres. Dos tías del élder Alvarez se encontraban allí, dando consuelo al abuelo; de inmediato, el élder Alvarez fue a donde ellas estaban.

Yo me quedé apartado del grupo; no quería importunarlos en ese momento familiar. Al encontrarme a cierta distancia del pequeño grupo, me llamó la atención el otro paciente que estaba en la habitación; parecía no darse cuenta de nada de lo que pasaba a su alrededor; sus ojos hundidos tenían la mirada fija en el cielo raso y tenía la boca abierta. Su apariencia me hizo estremecer.

De pronto, un pensamiento me pasó por la mente: i Ve a darle consuelo!

No, pensé, está en muy mal estado para que le vaya a hacer ningún hien. Además, ¿qué le diría1 Es totalmente un extraño.

Pero el pensamiento acudió de nuevo: ¡Ve a darle consuelo!

Esta vez pensé en lo que Jesucristo haría y me di cuenta de que a aquel hombre no le haría ningún daño si al menos fuera a saludarlo.

Al acercarme a su cama, me era difícil caminar; los pies no me respondían. Me fijé en una pequeña tarjeta amarilla que decía “José”. Me pregunté: ¿Dónde están los amigos y la familia de este hombre? El no es tan sólo un nombre en la pared.

Entonces me di cuenta de que él me miraba; sus ojos estaban llenos de dolor. Intenté sonreír, pero no parecía ser el momento para ello. Permanecí al pie de la cama mientras hacía acopio de suficiente valor para ponerme al lado de él. Una vez que lo logré, extendí el brazo, puse mi mano sobre la de él, y dije: “Hola, José”. Lágrimas gigantescas le rodaban por las mejillas, al igual que por las mías. Nuestras miradas se encontraron; todo lo demás pareció esfumarse. Entonces cerró los ojos con fuerza y empezó a sollozar.

Ahí estábamos: un anciano y un joven. Tarareé himnos de la Iglesia. Varias veces él se puso a llorar, pero en cada ocasión asentía con la cabeza, para hacerme saber que todo saldría bien.

Treinta minutos pasaron con suma rapidez. Mi compañero y yo teníamos que irnos. Yo no sabía cómo despedirme de José. ¿En qué forma podría sintetizar lo que había sentido y pensado? Me incliné y le dije al oído: “Jesucristo está contigo”. Asintió por última vez y partimos por caminos separados, para nunca volvernos a ver en este mundo.

Espero que algún día tenga la oportunidad de llegar a conocer a José de verdad. □

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