JULIO EL AMIGABLE

por Bernadine Beatie

Aun cuando Julio trataba de hablar suavemente, su voz feliz y sonora podía oírse desde un extremo al otro de la pequeña villa donde vivía.

Ese día, la voz sonaba más vibrante y feliz que de costumbre.

—¡Fierre! ¡Fierre!—le gritó a su mejor amigo, que vivía en la otra casa—Voy a París a visitar a mi Tante Ivette.

Pierre, Maurice, y Raoul, que jugaban juntos, acudieron corriendo a su llamado.

—¿Cuándo te vas?—preguntó Raoul, con sus brillantes ojos obscuros.

—¡Mañana!—contestó Julio emocionado.

Pierre movió la cabeza un tanto abatido.

—La gente que vive en las ciudades no es amigable; cuando yo estuve en París nadie me dirigió la palabra.

—¿Trataste de hacer amigos?—preguntó Julio.

Pierre se encogió de hombros.

—¿Cómo puede uno hacer amigos con gente que está demasiado ocupada para responder siquiera a una pregunta?

—No te preocupes, Julio—le dijo Raoul para consolarlo—De todas maneras te divertirás.

—Oui—contestó Pierre—Podrás ver el gran desfile en el día de la Bastilla.

—¡Y también la Torre Eiffel, y las exhibiciones de marionetas!—agregó Maurice.

—Oui—respondió Julio, pero su voz ya no tenía el acostumbrado timbre de felicidad. Después de unos momentos, sonrió; quizás Pierre estuviera equivocado; no todos podrían ser poco amistosos en una ciudad tan grande como París,

No obstante, a la mañana siguiente, cuando abordó el gran ómnibus que lo llevaría a la capital, recordó las palabras de su amigo. Nadie le dirigió la mirada ni nadie le habló. Julio permaneció de pie, sosteniendo torpemente su maleta con una mano y uña bolsa llena de verduras frescas para Tante Ivette en La otra.

—Siéntate ahí—el conductor le señaló un asiento vacío, al lado de una mujer de semblante cruel y que vestía de negro—Coloca la maleta y la bolsa en la red de equipaje que se encuentra arriba del asiento.

—Oui, Monsieur. Merci—La sonora voz del niño resonó por todo el autobús.

Todos levantaron la vista, asombrados.

—Bonjour, Madame—trató de hablarle suavemente a su compañera de asiento, pero su voz sonó como el estampido de un cañón.

La mujer asintió fríamente. Julio se paró de puntillas para colocar sus pertenencias en la red de equipaje, en el momento en que el ómnibus pasaba por un bache.

—¡Ay!— exclamó él, cayéndose al piso bajo una lluvia de nabos, patatas y repollo.

La mujer vestida de negro ya no tenía esa apariencia enérgica; ahora parecía preocupada.

—¿Te lastimaste?—le preguntó.

—¡Non, Müdume!—exclamó Julio ruborizado—pero yo esperaba cargar las verduras de mi padre, y no llevarlas como vestido—Se rió mientras se quitaba de encima un manojo de cebollas que le había caído en la cabeza.

Se oyeron unas cuantas risillas en la parte trasera del autobús, y de pronto todos estaban riéndose.

—Son para mi Tante Ivette. Voy a visitarla a París—le explicó a un hombre de bigote que estaba sentado al otro lado del pasillo.

—¿Es tu primer viaje?—le preguntó el hombre sonriente.

—Oui, Monsieur—La voz amigable de Julio resonó en el interior.

La mujer que estaba sentada en el asiento de atrás recogió uno de los repollos.

—Raras veces veo en la ciudad repollos tan buenos como éste—dijo.

—¡Quédese con él, Madame!—exclamó Julio.

Un murmullo de aprobación se sintió en el ómnibus, y en unos minutos todos estaban riendo y hablando entre sí. Cada uno habló sobre un lugar favorito en París que Julio debía visitar. Aun el conductor se mostró amigable y sonriente cuando el autobús llegó a las afueras de París.

—¡Qué barbaridad!—exclamó Julio; su voz parecía trompeta, y los ojos se le salían de asombro—¡La ciudad es tan grande!

—No tan grande como tu voz, mon petit— dijo sonriente Madame Dumont, su compañera de asiento.

Julio desplegó una amplia sonrisa.

—Trato de hablar suavemente, pero algunas veces me olvido.

—¡Tienes una voz alegre y feliz!—dijo Madame Garros, sosteniendo el repollo que Julio le había regalado.

—Así es, en realidad—agregó Monsieur Charvet desde el otro lado del pasillo—nos ha hecho sentir a todos como viejos amigos.

En ese momento el autobús se estacionó en una plataforma junto a una gran estación, ¡y de pronto todo cambió! Nadie sonreía más; todos estaban de pie, agarrando su equipaje, apurándose y empujándose en el pasillo. Todos se fueron sin decir adiós, y Julio permaneció solo en el autobús. Recogiendo sus pertenencias, descendió a la aglomerada plataforma y buscó a Tante Ivette, pero ella no estaba allí. El muchacho sintió un escalofrío; se apresuró a entrar a la estación que también estaba muy aglomerada, pero su tía tampoco estaba allí.

Buscó en el bolsillo el pedazo de papel en el que su madre había escrito el número telefónico de Tante Ivette. Se estiró para tocar el brazo de un hombre que pasaba frente a él, pero éste únicamente frunció el ceño y siguió su camino. Julio suspiró; Fierre estaba en lo correcto, la gente de la ciudad no era nada amistosa.

Después corrió hacia un mozo que empujaba un carro lleno de equipaje.

—¿Me puede ayudar?—le preguntó. Su voz vibrante resonó por la espaciosa estación— Tengo que llamar a mi Xante Ivette.

—¡Julio!—exclamó una voz a su derecha.

—¡Julio!—exclamó otra voz a su izquierda.

—¡Mi pobre niño!—exclamó aún otra voz.

El corazón de Julio brincó de gozo al ver a Monsieur Charvet y Mesdames Dumont y Garros que venían hacia él.

—¡Pensé que una de ustedes se quedaría con Julio, hasta que encontrara a su tía!—dijo Monsieur Charvet mirando acusadoramente a las dos mujeres.

—¡Nosotras pensamos que usted lo haría! —respondió Madame Garros.

Múdame Dumont asintió.

—No te preocupes, Julio, encontraremos a tu Tante Ivette.

—¡Regardez!—exclamó Julio alegremente, y se encaminó hacia una mujer de pelo cano que se apresuraba hacia ellos.

—¡Tante Ivette!

—El taxi estuvo detenido por el tránsito— explicó Tante Ivette casi sin aliento—¿Sentiste miedo al ver que yo no estaba?

—Al principio sí—exclamó Julio—Pero mis amigos del autobús vinieron a ayudarme. Julio presentó a su tía sus nuevos amigos. Monsieur Charvet se inclinó cortésmente.

—Quiero invitarlos mañana a comer—dijo— formaremos un club de amistad para ayudar a los forasteros que se encuentran en nuestra ciudad.

—¡Qué buena idea!

—exclamó Madame Dumont.

—¡Oui! ¡Y le llamaremos el Club de Julio, el amigable!—dijo Madame Garros.

Julio únicamente pudo asentir, ya que se sentía tan feliz, que por una vez en su vida, no podía articular palabra. “Esta noche le escribiré a Pierre,” pensó, “y le diré que está equivocado. ¡Hay amigos dondequiera!”

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