La parábola de la salsa de tomate

FICCIÓN
por Meghan Decker

Carla, que tenía nueve años de edad, se apresuró a dar vuelta en la esquina de uno de los pasillos de la tienda, mientras trataba de mantener el carrito fuera del alcance de Andrés, su hermano de seis años de edad.

“¡Me toca a mí!”, exclamó. “Tú lo has estado empujando todo el tiempo”. El intentó quitarle el carrito, pero Carla se lo arrebató, golpeando por accidente una hilera de botellas de salsa de tomate que estaban perfectamente acomodadas en el estante. Dos de los frascos cayeron al suelo y se hicieron pedazos, rociando por todas partes su brillante contenido rojo. Los dos niños contemplaron horrorizados los trozos de vidrio y la salsa de color rojo vivo.

En ese momento daba vuelta a la esquina la madre, que decía: “Quiero que los dos se queden conmigo…”. Las palabras se le fueron apagando al ver el desastre en el piso y la preocupación en el rostro de Carla y de Andrés.

“Parece que tuvieron un accidente”, dijo. No se preocupen; a algunas cosas se quiebran y hay que limpiar el lugar.

La madre encontró a uno de los empleados de la tienda, quien limpió la salsa de tomate y los vidrios sin molestarse con Carla ni con Andrés. Pero Carla seguía sintiéndose muy mal; sabía que nada habría ocurrido si no hubiese hecho girar el carrito para quitárselo a Andrés. Antes de irse de la tienda, le contó a su madre en voz muy baja cómo se habían quebrado las botellas. La madre escuchó con mucha seriedad mientras Andrés la miraba con una expresión de miedo.

“¿Nos vas a castigar?”, preguntó Andrés esforzándose por no llorar.

La madre le dio un abrazo. “No, creo que ya de por sí se sienten muy mal por lo ocurrido y que de ahora en adelante tendrán más cuidado en la tienda. Pero, Carla, ¿qué crees que debes hacer para reponer lo que la tienda perdió en esas dos botellas de salsa de tomate”.

“Creo que debo pagarlas; no quería quebrarlas, pero como quiera fue culpa mía”, contestó Carla.

“Creo que es muy buena idea”, le dijo la madre. Por ahora yo puedo pagarlas, y tú harás algunos quehaceres en casa para pagarme a mí.

Al llegar a la caja registradora, la madre explicó que Carla había estado jugando con el carrito cuando las botellas se quebraron, de modo que quería pagar la salsa de tomate. El dependiente le dio las gracias a Carla por ser honrada, y ella se sintió más tranquila.

Al llegar a casa, Carla sabía que estaría ocupada haciendo algunos quehaceres para pagarle a su madre, pero se sentía feliz por no tener aquel terrible sentimiento que había experimentado cuando las botellas se habían roto. Recordó que había algo rojo por todas partes; le había dado miedo que la salsa dejara una mancha en el piso que le recordara para siempre su error; pero había quedado limpio con un paño mojado.

Unos meses más tarde, cuando Carla terminó de comer un domingo por la tarde, se dejó caer en el sofá dando un gran suspiro.

“¿Qué ocurre”, preguntó la madre. “Es un suspiro muy hondo para un domingo de tarde”.

“Mamá, tengo que dar un discurso en la Primaria el próximo domingo acerca de la expiación de Jesucristo; ni siquiera estoy segura de lo que es la Expiación”.

“Esa me parece una buena actividad para el domingo”, dijo la madre, sentándose en el sofá a un lado de Carla. “Dime, ¿qué es lo que sí sabes en cuanto a la Expiación?”

Carla permaneció en silencio unos momentos y luego contestó: “Creo que es cuando Jesús sufrió por nuestros pecados. Si nos arrepentimos, ya no tenemos que sufrir por ellos porque El ya lo hizo, y entonces podemos ser perdonados”.

“¡Muy bien!”, exclamó la madre, apretando con cariño el brazo de Carla. “Sabes mucho; dime en cuanto a ser perdonado; ¿qué significa eso?”

“Pues creo que significa que ya no estamos en problemas”. Carla siguió pensando. “Lo que quiero decir es que nuestro Padre Celestial nos perdona y nosotros podemos olvidar lo que sucedió”.

“¿Olvidamos completamente?”, preguntó la madre en seguida.

“Pues, no; debemos recordar no volver a hacer lo malo. Y debemos intentar reparar el daño que hemos hecho, como cuando le pido disculpas a Andrés si le grito o algo por el estilo. Y una vez que somos perdonados, no tenemos por qué seguir sintiéndonos mal.

Pero, mamá”, preguntó Carla, “¿cómo puedo explicar esto a los niños de la Primaria? ¡Los niños de tres años de edad no van a entender!”

A la madre le brillaban los ojos de la emoción. “¿Crees que les gustaría una historia presentada en la tabla de franela?”

“Claro. ¿Pero cómo puedo usarla para la Expiación?”

“Piensa en la salsa de tomate”, dijo la madre en tono misterioso.

Carla la miró confundida, y luego exclamó: “¡Perfecto!”, al momento que se levantaba del sofá y se apresuraba a ir a la cocina para conseguir papel, lápices y cartulina. Trabajó en su discurso toda la tarde, recortando figuras y pensando en su relato.

A la semana siguiente, mientras Carla daba su discurso, incluso los niños más pequeños dejaron de menearse inquietos en sus asientos. Carla puso a la vista la ilustración de un frasco de salsa de tomate, y después otra del mismo frasco quebrado con una gran mancha roja esparcida por todas partes. Los niños se quedaron impresionados al pensar en quebrar dos frascos enteros de salsa de tomate de un rojo intenso.

Carla les explicó: “Todos cometemos errores que parecen demasiado terribles para ser perdonados, pero si nos arrepentimos, podemos ser limpios del pecado, así como la salsa se puede quitar del piso con un paño”. Entonces quitó la ilustración del frasco quebrado y la reemplazó con una de un piso reluciente.

“Jesús nos ayuda a ‘limpiarnos’ cuando cometemos un pecado, si en verdad nos hemos arrepentido y tratamos de reparar el daño que hemos hecho. Él ha sufrido por nuestros pecados para que no tengamos que sentirnos culpables para siempre. Él nos ayuda a sentirnos bien otra vez después de que nos arrepentimos”.

Terminó su discurso con un pasaje de la Biblia, y explicó que aun si nuestros pecados son rojos como la grana, podemos volvernos tan blancos como la nieve por medio del arrepentimiento, gracias a la Expiación (véase Isaías 1:18).

Cuando Carla pasó a sentarse, dirigió la mirada a su madre, que estaba sentada en la fila trasera del salón de la Primaria. Ella le guiñó un ojo y Carla le sonrió. Era el mejor discurso que jamás había dado. ¡Tal vez al resto de la familia le gustaría que lo presentara durante la noche de hogar! □

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