Liahona Octubre 2000

La pureza personal

por el élder Jeffrey R, Holland
del Quorum de los Doce Apóstoles

¿Por qué es el pecado sexual un asunto tan serio? Y ¿cuáles son las bendiciones para los que permanecen —o llegan a ser— limpios?

Al arremolinarse de un modo espeluznante alrededor de nuestros jóvenes los vientos modernos de la inmoralidad, me preocupa el que algunos de nuestros jóvenes y de nuestros jóvenes mayores estén confusos con respecto a los principios de la pureza personal, acerca de las obligaciones de una castidad absoluta antes del matri­monio y de una fidelidad completa después de éste.

Deseo intentar contestar a las preguntas que algunos de ustedes tal vez hayan estado haciendo:

■ ¿Por qué debemos ser moral- mente puros?

¿Por qué es un asunto tan impor­tante para Dios?

¿Tiene que ser la Iglesia tan estricta al respecto cuando los demás no parecen serlo?

■ ¿Cómo puede ser tan sagrado o tan grave algo que la sociedad explota y exalta tan abiertamente?

Los historiadores Will y Ariel Durant nos dan su perspectiva al respecto; “El joven al que le hierven las hormonas se preguntará por qué no debe dar rienda suelta a sus deseos sexuales; pero si no le refrenan las costumbres, la moral ni las leyes, tal vez destroce su vida antes de que… comprenda que el apetito sexual es un río de fuego que es preciso encauzar y enfriar con cientos de restricciones para que no le destruya a él ni al grupo social” (The Lessons of History, 1968, págs. 35-36).

¿POR QUÉ EL FUEGO?

El autor de Proverbios observa; “¿Tomará el hombre fuego en su seno Sin que sus vestidos ardan? ¿Andará el hombre sobre brasas Sin que sus pies se quemen?… Mas el que comete adulterio… Corrompe su alma… Heridas y vergüenza hallará, Y su afrenta nunca será borrada” (Proverbios 6:27-28, 32-33).

¿Por qué es este asunto de las relaciones sexuales tan grave que casi siempre se le aplica la metáfora del fuego, y la pasión se describe vívidamente con las llamas? ¿Qué hay en todo esto, que induce a Alma a advertir a su hijo Coriantón que la transgresión sexual es “una abominación a los ojos del Señor; sí, más abominabl[e] que todos los pecados, salvo el derramar sangre inocente o el negar al Espíritu Santo?” (Alma 39:5).

Al adjudicarle esa gravedad al apetito sexual de carácter tan universal, ¿qué nos trata de decir Dios en cuanto al lugar que eso ocupa en el plan que Él tiene para todos los hombres y todas las mujeres? Les afirmo que Él está haciendo precisa­mente eso: haciendo hincapié en el plan de vida mismo. Está claro que, entre las preocupaciones más grandes que Él tiene acerca de la vida terrenal, están la forma en que una persona llega al mundo y la forma en que sale de éste. Él ha puesto límites muy estrictos al respecto.

Deseo dar tres razones por las cuales éste es un tema de tanta magnitud y de tantas consecuencias en el Evangelio de Jesucristo.

EL ALMA ESTÁ EN JUEGO

En primer lugar está la doctrina revelada y restaurada del alma humana.

Una de las verdades “claras y preciosas” que se restauraron en esta dispensación es que “el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (D.yC. 88:15) y que cuando el espíritu y el cuerpo se separan, los hombres y las mujeres “no puede [n] recibir una plenitud de gozo” (D. y C. 93:34). En primer lugar, ésa es la razón por la cual el obtener un cuerpo es de importancia tan fundamental; ésa es la razón por la que el pecado de cualquier tipo es algo tan grave (concretamente, porque es el pecado lo que al final es la causa de la muerte, tanto espiritual como física) y la razón por la que la resurrección del cuerpo es tan impor­tante para la victoria triunfal de la expiación de Cristo.

El cuerpo es una parte esencial del alma. Esta doctrina característica y tan importante de los Santos de los Últimos Días pone de relieve la razón por la que el pecado sexual es tan grave. Declaramos, que quien utiliza el

cuerpo que Dios le ha dado a otra persona, sin la aprobación divina, viola el alma misma de esa persona, viola el propósito principal y los procesos de la vida, “la llave misma” de la vida, como la llamó una vez el presidente Boyd K. Packer (véase “Why Stay Morally Clean”, Ensign, julio de 1972, pág. 113). Al explotar el cuerpo de otra persona —lo cual significa aprovecharse de su aliña­se profana la expiación de Cristo, que salvó a esa alma y que hace posible el don de la vida eterna. Y cuando una persona se burla del Hijo de justicia, esa persona entra en el reino de lo sagrado, que es más radiante y más candente que el sol del mediodía. No es posible hacer eso sin quemarse.

Por favor, nunca digan: “¿A quién le hace daño? ¿Por qué no puedo tener un poco de libertad? Puedo pecar ahora y arrepentirme después”. Por favor, no sean tan tontos ni tan crueles. No pueden “crucifi[car] de nuevo” a Cristo impunemente (véase Hebreos 6:6). “Huid de la fornicación” (1 Corintios 6:18), declaró Pablo, y huyan de toda “cosa semejante” (D. y C. 59:6, cursiva agregada), agrega Doctrina y Convenios. ¿Por qué? Bueno, por una razón: debido al sufrimiento incalculable, tanto en cuerpo como en espíritu, que padeció el Salvador del mundo para que nosotros pudié­ramos huir (véase D. y C. 19:15-20). Por ello le debemos algo. En realidad, se lo debemos todo. En la transgre­sión sexual, el alma está en juego: el cuerpo y el espíritu.

EL SÍMBOLO DEFINITIVO

Segundo, deseo hacer hincapié en que la intimidad está reservada para la pareja matrimonial, ya que es el símbolo supremo de la unión abso­luta, una totalidad y una unión orde­nadas y definidas por Dios. Desde el Jardín de Edén en adelante, se tuvo el propósito de que el matrimonio significara la completa unión de un hombre y una mujer: sus corazones, esperanzas, vidas, amor, familia, futuro, todo.

Esa unión es tan completa que nosotros utilizamos la palabra “sellar” para expresar su promesa eterna. Sin embargo, esa unión total, ese compro­miso inquebrantable entre un hombre y una mujer, sólo se obtiene por medio de la proximidad y la permanencia que proporciona el convenio matri­monial, con promesas solemnes y la consagración de todo lo que poseen: el corazón y la mente mismos, todos sus días y todos sus sueños.

¿Pueden ver la esquizofrenia moral que resulta del aparentar ser uno, del fingir que se han hecho promesas solemnes delante de Dios, del compartir los símbolos físicos y la intimidad física de una falsa unión y después huir, retroceder, truncar todos los demás aspectos de lo que debió haber sido una obligación total?

Cuando se trata de relaciones íntimas, ¡deben esperar! Deben esperar hasta que puedan brindar todo, y eso no lo pueden hacer sino hasta que estén legal y lícitamente casados. Si persisten en obtener satisfacción física sin la aprobación del cielo, corren el riesgo terrible de ocasionar un daño espiritual y sico­lógico tal que podrían debilitar tanto su deseo de intimidad física como su capacidad para brindar más tarde una devoción incondicional al amor verdadero. Podrían descu­brir horrorizados que lo que debieron haber preservado ya lo han perdido y que solamente la gracia de Dios puede recobrar la virtud que tan despreocupada­mente desecharon. El día de su boda, el mejor regalo que pueden hacer a su pareja eterna es su persona limpia y pura y digna de recibir a cambio esa misma pureza.

UN DON DIVINO

Tercero, quisiera decirles que la intimidad física no es solamente una unión simbólica entre marido y mujer —la unión misma de sus almas- sino que también es simbólica de la relación que comparten ellos con su Padre Celestial. Él es inmortal y perfecto. Nosotros somos mortales e imperfectos. No obstante, nosotros buscamos las maneras, aun en la vida terrenal, de unirnos a El espiritual­mente. Entre esos momentos espe­ciales se encuentran el arrodillarse ante el altar matrimonial en la casa del Señor, el bendecir a un niño recién nacido, el bautizar y confirmar a un nuevo miembro de la Iglesia, el participar de los emblemas de la Santa Cena del Señor, etc.

Esos son momentos en los que en un sentido muy literal unimos nuestra voluntad a la voluntad de Dios, nuestro espíritu a Su Espíritu. En esos momentos, no sólo recono­cemos Su divinidad sino que en un sentido totalmente literal tomamos para nosotros algo de esa divinidad. Un aspecto de esa divinidad que se da virtualmente a todos los hombres y a todas las mujeres es el uso de Su poder para crear un cuerpo humano, esa maravilla de maravi­llas, un ser genética y espiritual­mente único, nunca antes visto en la historia del mundo y del que nunca habrá uno igual en todas las edades de la eternidad. Un hijo, su hijo: con ojos, orejas y dedos, y con un futuro de grandeza indescrip­tible.

De todos los títulos que Dios ha escogido para Sí, el de Padre es el que más favorece, y la creación es Su lema, especialmente la creación humana, la creación a Su imagen. A ustedes y a mí se nos ha dado una porción de esa santidad, pero bajo las más serias y sagradas de las restric­ciones. El único control que se nos ha impuesto es el dominio de nosotros mismos; el autodominio que nace del respeto por el divino poder sacra­mental que ese don representa.

NO SEAN ENGAÑADOS

Mis amados jóvenes amigos, ¿se dan cuenta de por qué la pureza personal es un asunto tan serio? No se dejen engañar y no se dejen destruir. A no ser que esos poderes se controlen y se guarden los manda­mientos, su futuro puede ser destruido y su vida consumida por las llamas. El castigo quizás no llegue el día preciso en que se cometa la transgresión, pero llegará con segu­ridad y certeza, y a menos que haya un arrepentimiento sincero y obediencia a Dios misericordioso, entonces llegará el día, en algún lugar, en el que la persona moral- mente desdeñosa e impura suplicará, como lo hizo el hombre rico, que rogó que Lázaro “moj[ara] la punta de su dedo en agua, y refres[cara] mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama” (Lucas 16:24).

El cuerpo es algo que debe mante­nerse puro y santo. No tengan miedo de que se ensucie las manos al realizar un trabajo honrado; no tengan miedo de las cicatrices que le puedan quedar al defender la verdad o al luchar por lo justo, pero tengan cuidado de las cicatrices que desfi­guran espiritual mente, que resultan al participar en actividades en las cuales no debieron haber tomado parte, que ocurren en sitios a los que no debían haber ido.

Si algunos pocos de ustedes llevan esa clase de heridas, y me consta que unos pocos las llevan, se les extiende la paz y la renovación del arrepentimiento hecho posible por medio del sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo. En esos asuntos tan graves, el camino del arrepentimiento no es fácil de comenzar ni está libre de dolor, pero el Salvador del mundo estará allí para recorrer ese necesario sendero con ustedes. Él los fortalecerá cuando ustedes flaqueen; Él será su luz cuando les parezca que’ todo está en tinieblas; Él los tomará de la mano y será su esperanza, cuando piensen que la esperanza es lo último que les queda. Su compa­sión y Su misericordia, con todo el poder sanador y purificador que poseen, se brindan gratuitamente a todos los que en verdad deseen un perdón total y den los pasos necesa­rios para lograrlo. □

Adaptado de un discurso pronunciado en la Conferencia General de octubre de 1998.