SED LENTOS EN IRRITAROS

por el élder ElRay L. Christiansen                                                                Liahona Octubre 1971
Ayudante del Consejo de los Doce

El autodominio es un atributo de una vida espiritual

Mis hermanos, estoy completamente de acuerdo con cada palabra que nos acaba de decir nuestro Profeta esta mañana y aquellos que le siguieron y hablaron acerca de la verdad del evangelio eterno.

Con vuestro permiso, quisiera hablar unos minutos sobre un asunto que nos concierne a todos; es un tema sencillo, pero que requiere nuestra atención.

Cuando Salomón declaró: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad” (Proverbios 16:32), sabía que el desarrollo espiritual individual no podía lograrse sin el autodominio.

Alguien ha dicho: “El calibre de un hombre puede medirse por el tamaño de las cosas que lo irritan.” ¡Cuán cierto es! El encolerizarse y ofuscarse por asuntos triviales es evidencia de la puerilidad e inmadurez de una persona.

Al convivir con otras personas, y aun cuando estamos solos, nos encontramos constantemente expuestos a cosas que nos irritan; la manera en que reaccionemos frente a ellas, es un reflejo de nuestra personalidad y temperamento. Parece razonable creer que, a fin de desarrollar una personalidad saludable y placentera y para llegar a ser útiles e influir para bien, uno debe evitar el ser fácilmente provocado por la ira. Con esto no sólo mostraríamos más madurez, sino que también podríamos resolver de una manera más inteligente las situaciones que nos molestan, porque raras veces, si es que hay alguna, se lleva a cabo algo bueno mientras las personas actúan bajo un arrebato de cólera. La ira no contribuye a nada bueno; es una fuerza destructora, no edificadora.

La ira desenfrenada no sólo nos afecta física y mentalmente, en una manera negativa, sino que al mismo tiempo destruye la sabiduría y la habilidad de razonar. Cuando nos sentimos perturbados, la facultad de discurrir se limita siendo reemplazada por la ira. Tomar decisiones en un estado de cólera es tan imprudente y necio como lo es para un capitán hacerse a la mar en medio de una terrible tormenta. Estos momentos de furia acarrean únicamente daños y ruina.

Cuando la ira domina, el buen discernimiento desaparece. En realidad, la persona que mantiene su compostura, posee una clara ventaja sobre aquél que está dominado por la ira. En alguna parte leí estas palabras: “Cuando una persona tiene la razón no necesita perder la calma; cuando no la tiene, no puede darse el lujo de perderla.”

Muy a menudo se ve en la vida diaria la ira desenfrenada.

El élder Spencer W. Kimball en su excelente libro The Mímele of Forgiveness (El milagro del perdón), nos dice en efecto que la ira es “un pecado de pensamiento” el cual si no se controla, puede ser precursor de hechos depravados y violentos.

¡Verdaderamente la ira en contra de las cosas es insensata!

Que una palanca se nos resbale haciendo que nos golpeemos la mano, no es razón para que lancemos dicha palanca a través del campo. Un neumático reventado en una transitada avenida no quedará reparado con una sarta de palabras obscenas.

La ira contra las cosas es bastante mala, pero cuando va dirigida hacia las personas con rabia y palabras cáusticas, ya tenemos los componentes de una tragedia. Por ejemplo, imaginemos a un conductor egoísta que se introduce peligrosamente frente a otro automóvil en el momento que lo rebasa; luego, el conductor ofendido ignora caprichosamente el límite de velocidad y sigue enfadado a su adversario de cerca o hace cualquier otra cosa para “vengarse”; en ese momento está por ocurrir una tragedia.

Aun dentro de nuestras familias, podrán surgir situaciones que causen irritaciones; es en ese momento que los padres deben permanecer en calma y ser un ejemplo. El hombre con un carácter indómito es semejante a un niño indisciplinado, que expresa sus emociones en forma explosiva u obstinada, sin considerar los sentimientos de las personas que lo rodean. En el hogar, la ira debe controlarse y debe morar el amor. Cuando un niño, en los años más susceptibles a las impresiones, experimenta situaciones indeseables que resultan de los temperamentos desenfrenados, cuando escucha un intercambio de palabras ásperas entre sus padres y cuando ve que la contención reemplaza a una atmósfera de ternura y respeto mutuos, cuando estas condiciones forman parte del ambiente del niño, ¿qué probabilidades tendrá de llegar a ser refinado y noble? Las mentes de los niños son semejantes a las placas sensibles de un fotógrafo; registran cada incidente, bueno y malo. Nuestros hijos podrán olvidar lo que se dijo, pero nunca olvidan el sentimiento que experimentan.

Acuden a nosotros las palabras del presidente Brigham Young. Concerniente a esto, dijo o, como súplica a los esposos y padres en beneficio de sus esposas e hijos: “Cese vuestra ira y obstinación de carácter. . .no os enfadéis tanto que no podáis orar. . .” (Discourses of Brigham Young, págs. 268-69).

Y creo que también leí en alguna parte otras palabras suyas: “Si no sentís el deseo de orar juntos, arrodillaos y orad hasta que sintáis ese deseo.” Creo que es un buen consejo. (Véase Discourses, pág. 46.)

Hace algunos años, el presidente David O. McKay hizo esta súplica a los padres: “Nunca pongáis un mal ejemplo ante ellos (vuestros hijos). . . .Nunca permitáis que escuchen una mala palabra. ¡Debéis tener control de vosotros mismos! Débil es el hombre que se encoleriza. . .no importa lo que esté haciendo. . .” (Improvement Era, diciembre de 1964, pág. 1082.)

Frecuentemente las frustraciones nos ofrecen los medios para progresar, porque venciéndolas valerosamente, nos desarrollamos y llegamos a ser más como Cristo.

Como sucede con la mayoría de las emociones fuertes, la ira se manifiesta tanto en cosas justas como injustas. La ira justa es un atributo de Dios, ya que constantemente está encendida en contra de la iniquidad.

Del mismo modo, un hombre inspirado podría sentirse impulsado a hablar o actuar bajo la influencia de la ira justa, como lo hizo Moisés cuando quebró las tablas sobre las cuáles el Señor había escrito los Diez Mandamientos.

Pero cuando perdemos la calma, y estallamos con violencia para volvernos obstinados y detestables al hacer frente a las frustraciones, ¡es inexcusable!

¿Por qué es imperdonable encolerizarnos y volvernos vengativos? Sencillamente porque se nos ha dado el poder para controlar y vencer estas tendencias. Si no se refrenan, éstas serán la causa de que perdamos el respeto y amor de los demás.

En su conducta personal, Jesús puso el ejemplo tocante a la ira cuando, pese a que había sido falsamente acusado y había sido objeto de ultraje y burlas, mantuvo en forma majestuosa y completa su compostura frente al confuso Poncio Pilato, No trató de vengarse, sino que permaneció de pie, erguido e impasible. Su conducta fue divina. ¡Qué gran ejemplo para: todos nosotros!

Escuchad estas maravillosas palabras del Salvador, el gran Maestro:

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:43-44).

Reconozco que esto no es fácil de hacer, pero mis hermanos, debemos tratar concienzudamente de hacerlo si deseamos lograr nuestros propósitos en la vida.

Si lo hacemos, seremos más grandemente bendecidos como individuos y nuestros hogares reflejarán el dulce espíritu de amor, armonía y paz, de lo cual testifico, y ruego que tengamos la ayuda del Señor en llevar esto a cabo, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén. ■

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