SI JEHOVÁ NO EDIFICARE LA CASA…

por el élder Gordon B. Hinckley                                                                    Liahona Octubre 1971
del Consejo de los Doce

Cuatro ayudas fundamentales para un próspero matrimonio eterno

Mis queridos hermanos, humildemente imploro la ayuda del Espíritu Santo.

Estamos en el mes de abril, esta época gloriosa del año en que la naturaleza vuelve a cobrar vida; una estación de promesa, un tiempo de belleza; es la época para enamorarse.

Esta mañana noté a un apuesto joven y a una hermosa señorita que caminaban tomados de la mano hacia este edificio, ella llevaba un anillo de compromiso, y me supuse que pronto contraerían matrimonio, como lo harán miles de parejas en esta época en que al mes de abril le sigue mayo, y a mayo junio.

Entonces recordé a una de estas parejas que hace algunos años me pidió que oficiara en su ceremonia matrimonial. Me referiré a ellos como Tomás y Susana. Formaban una pareja con grandes promesas; ambos provenían de buenos hogares, habían recibido una buena educación y se profesaban un profundo afecto mutuo. La ceremonia fue tan hermosa que debió haber sido inolvidable, con bendiciones eternas pronunciadas bajo la autoridad del Sacerdocio de Dios.

Con el transcurso de los años han llegado tres hijos a ese hogar. A simple vista, han sido una familia feliz; pero recientemente, Tomás y Susana volvieron a visitarme, aunque esta vez por separado. No había sonrisas, únicamente llanto; vinieron para hablar de divorcio. Las palabras de amor, que una vez habían sido pronunciadas con gran ternura, se habían convertido ahora en palabras de acusación; era increíble. Era como una violenta tormenta de marzo, que de pronto sigue al calor del primer día de primavera.

“¿Y qué será de los niños?” pregunté. Susana respondió que era preferible la separación antes que exponer a los niños a sus constantes peleas. Estos, dijo ella, eran lo suficientemente grandes como para sentir la crueldad de esas discusiones; y lo suficiente sensibles para experimentar heridas profundas que dejarían feas cicatrices.

¿Qué les había pasado a Tomás y a Susana? ¿Qué les está sucediendo a miles de personas como ellos? ¿Qué está sucediendo en este país donde aproximadameñte uno de cada tres o cuatro matrimonios termina en el divorcio?

En los Estados Unidos se divorcian anualmente casi 400.000 parejas, que son padres de más de medio millón de niños. Más de seis millones de los adultos de esta nación están actualmente divorciados o separados.

Aun en aquellos países donde el divorcio es una cosa difícil o casi imposible de obtener, queda en evidencia esta misma enfermedad, los mismos daños importunos y corrosivos de la desdicha, la separación, el abandono y de las relaciones inmorales e ilegales.

He aquí una de las razones trágicas para el aumento exorbitante de la delincuencia juvenil: literalmente millones de niños provienen de hogares donde no existe amor paternal y como consecuencia una deficiente seguridad para el hijo. He aquí una negación de la clase de familia ordenada por Dios desde el principio; he aquí la angustia y el fracaso.

No deseo continuar hablando sobre este problema; es demasiado obvio. En vez de ello, deseo decir unas cuantas palabras acerca del modo de evitar esta tragedia.

A aquellos de vosotros, que con corazones rebozantes soñáis con el matrimonio y el establecimiento de un hogar, deseo repetir lo que se dijo antiguamente: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican. . . .” (Salmos 227:1).

Permitidme sugerir cuatro ayudas fundamentales sobre las cuales podréis edificar esa casa. Hay muchas otras, pero quisiera recalcar éstas. Provienen del evangelio de Jesucristo; no son difíciles de comprender, ni de seguir. Se encuentran a vuestro alcance con un poco de esfuerzo; y no vacilo en haceros la promesa de que si establecéis el hogar que soñáis sobre estos cimientos, los peligros disminuirán, vuestro amor mutuo se fortalecerá a través de los años, bendeciréis las vidas de vuestros hijos y nietos, y conoceréis la felicidad y el gozo eterno en esta vida.

A la primera de éstas la llamo respeto del uno por el otro, la clase de respeto que considera a nuestro compañero como el amigo más valioso sobre la tierra y no como una posesión o un bien mueble que puede ser forzado u obligado a satisfacer nuestros deseos egoístas.

Pearl Buck1 ha observado: “El amor no puede ser forzado. . .proviene de los cielos, sin pedirlo ni buscarlo” (The Treasure Chest, pág. 165).

Este respeto se adquiere al reconocer que cada uno de nosotros es un hijo de Dios, investido con una parte de su naturaleza divina, que cada persona tiene derecho a expresar y cultivar sus talentos individuales y de merecer clemencia, paciencia, comprensión, cortesía o consideración. El amor verdadero no es tanto un asunto de romance como de una preocupación sincera por el bienestar de nuestro compañero.

El compañerismo en un matrimonio está propenso a convertirse en algo común y aun tedioso. No sé de ninguna manera más segura de mantenerlo en un plano elevado e inspirativo que un hombre reflexione ocasionalmente en el hecho de que la compañera que está a su lado es una hija de Dios, trabajando con El en el gran procedimiento creador de llevar a cabo sus propósitos eternos. No sé de ninguna manera más eficaz por medio de la cual una mujer pueda mantener siempre radiante el amor de su esposo, que buscando y recalcando las buenas cualidades que forman parte de cada hijo de nuestro Padre, las cuales pueden evocarse cuando existe respeto, admiración y aliento. El solo procedimiento de tale acciones cultivará un aprecio constantemente recompensador del uno por el otro.

La segunda cosa que menciono es una muy sencilla, pero la considero algo muy básico. Por falta de una mejor frase, le llamo la blanda respuesta.

En la antigüedad se dijo que “la blanda respuesta quita la ira” (Proverbios 15:1).

Muy raras veces nos metemos en dificultades cuando hablamos suavemente; es únicamente cuando alzamos nuestras voces que las chispas vuelan y esas pequeñas partículas se convierten en grandes montañas de contención. A mi parecer siempre ha habido algo significativo en la descripción de la disputa del profeta Elias con los sacerdotes de Baal. Las escrituras registran que “un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas. . . pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto.

“Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado” (1 Reyes 19:11-12).

La voz dé los cielos es un silbo apacible y delicado; del mismo modo, la voz de la paz familiar es una voz suave. El matrimonio necesita una gran cantidad de disciplina, no de nuestro compañero, sino de nosotros mismos.

No sé de ninguna declaración más significativa para los padres y los futuros padres, que este consejo dado por el presidente David O. McKay, que dijo: “Un padre no puede hacer nada más grandioso para sus hijos que el hacerles saber que ama a su madre.”

Cuánto mayor sería la paz en los hogares de las personas, cuánto mayor la seguirdad en las vidas de los hijos, cuánto menor sería el número de divorcios, la separación y la miseria, cuánto más alegría gozo y amor habría si los esposos cultivaran la disciplina de hablarse suavemente el uno al otro, y si ambos les hablaran así a sus hijos.

Pablo declaró: “. . .vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos. . .” (Efesios 6:4).

Os repito, la voz de la paz en el hogar es una voz suave.

Ahora vuelvo a la tercera ayuda fundamental sobre la cual se puede establecer un hogar estable y feliz. A ésta le doy el título de honradez con Dios y del uno con el otro.

Un hombre sabio con gran experiencia como abogado, consejero y como líder en la Iglesia, me dijo en una ocasión que él estaba convencido de que el dinero es quizás el factor principal que contribuye a las dificultades en las relaciones maritales, y las trágicas consecuencias que de ahí se derivan.

Mi joven amigo, de quien os hablé al principio, acusaba a su esposa de ser extravagante y derrochadora con el dinero. Con amargura me dijo ella que él era avaro y un proveedor miserable. Sus amargas disputas por unos centavos los habían llevado a la erosión de su amor.

Estoy convencido de que no existe mejor disciplina ni bendiciones más fructíferas para aquellos que establecen hogares y familias, que seguir el mandamiento dado al antiguo Israel por medio del profeta Malaquías: “Traed todos los diezmos al alfolí. . . y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré la ventana de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).

Generalmente el matrimonio acarrea consigo muchas obligaciones; a vosotros, mis jóvenes amigos, quisiera sugeriros que considerarais: como vuestra primera obligación el vivir honradamente con Dios en el pago de vuestros diezmos y ofrendas. Necesitaréis sus bendiciones; oh, ¡cuanto las necesitaréis! Os testifico solemnemente que El hace aquello que ha prometido. Entre esas bendiciones se encontrará paz en el hogar y amor en el corazón.

A medida que os disciplinéis en el gasto de vuestros ingresos, empezando con vuestras obligaciones hacia vuestro Padre Celestial, el egoísmo corrompido que causa tanta tensión en los asuntos familiares, desaparecerá de vuestras vidas, porque si compartís con el Señor a quien no veis, seréis más dadivosos, más honrados y más generosos con aquellos a quienes veis. Al vivir honradamente con Dios, os sentiréis inclinados a vivir honradamente el uno con el otro. Ahora, para concluir, la cuarta ayuda fundamental que quisiera sugerir es la oración familiar.

No sé de una sola práctica que pueda tener un efecto más saludable sobre vuestras vidas que la práctica de arrodillaros juntos al empezar y al terminar cada día, De alguna manera, las pequeñas tormentas que parecen afligir cada matrimonio se disipan cuando, al estar, arrodillados ante el Señor, le dáis la gracias por vuestro compañero, en su presencia, y entonces juntos invocáis sus bendiciones sobre vuestras vidas, vuestro hogar, vuestros seres queridos y vuestros sueños.

Entonces Dios será vuestro socio, y vuestras conversaciones diarias con El traerán paz a vuestros corazones y un gozo a vuestras vidas que no puede lograrse de ninguna otra manera. Durante los años vuestro compañerismo se volverá más dulce, vuestro amor será fortalecido; vuestro aprecio mutuo crecerá.

Vuestros hijos conocerán la seguridad de un hogar donde mora el Espíritu del Señor. Los congregaréis en ese hogar, como la Iglesia lo ha aconsejado, y les enseñaréis con amor. Conocerán padres que se respetan mutuamente, y en sus corazones se desarrollará un espíritu de respeto; experimentarán la seguridad de la palabra expresada tiernamente, y las tempestades de sus propias vidas serán aplacadas. Conocerán a un padre y a una madre quienes, viviendo honradamente con Dios, viven también honradamente el uno con el otro y con su prójimo. Crecerán con un sentimiento de aprecio, habiendo escuchado a sus padres en oración expresar gratitud por las bendiciones grandes y pequeñas; madurarán en su fe en el Dios viviente.

El ángel destructor pasará de vosotros y podréis conocer la paz y el amor durante vuestras vidas, los cuales pueden extenderse hacia la eternidad. Mayor bendición no podría desearos, y esto lo ruego humildemente en vuestro beneficio, en el nombre de Jesucristo. Amén.

1 Buck, Pearl S., autora norteamericana, 1892.

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