Un problema de dirección

por Lael J. Littke                                                                                          Liahona Diciembre 1971

En la mañana en que Amelia Waílace cumplía setenta años de edad, se miró en el espejo donde vio reflejada a una vieja mujer. Al principio pensó que era un problema de mala iluminación, que hada que su rostro pareciera tan arrugado y su cabello tan blanco. Pero cuando se precipitó hacia la soleada cocina para asegurarse de un vistazo en el pequeño espejo que colgaba en la parte de atrás de la puerta, se encontró con la misma anciana de sombrío rostro que reflejándose la miraba fijamente.

—¡Setenta años!—murmuró— ¿Cómo pueden haber pasado tan rápidamente?

Así se encontraba ella, casi inconsciente, ensimismada en sus reflexiones, cuando su esposo Harvey entró bruscamente.

—¿Hay algo para el desayuno? —dijo él—Creo que me voy a dar una vuelta por el invernadero para comprar algunos manzanos más esta mañana. Todavía queda lugar a lo largo de la cerca para tres, o tal vez cuatro más.

¡Harvey y sus manzanos! El parecía no resignarse a la idea de que su pequeña parcela de la ciudad no podría jamás producir el volumen de manzanas al cual estaba acostumbrado en su grande huerto de la granja.

—Harvey—dijo  Amelia—hoy cumplo setenta años.

Harvey cambió repentinamente de expresión al darse cuenta que se había olvidado del cumpleaños de su esposa.

—Amelia, ¡cuánto lo siento haberme olvidado! Es que se me borró completamente de la mente. Ni siquiera me acordé de comprarte una caja de chocolates,

Amelia no pudo evitar exasperarse.

—Harvey, no me importan los chocolates; ¿es que no comprendes? Es que hoy cumplo setenta años; setenta años de edad.

Harvey parpadeó con un gesto de no comprender lo que su esposa quería decir.

—Bueno—dijo—los setenta generalmente vienen después de los sesenta y nueve, ¿no es así?

—Harvey—dijo Amelia suavemente—es que soy vieja.

Entonces Harvey se acercó a Amelia, y mirándola a la cara le dijo:

—No me parece que estés vieja, yo diría que todavía podrías pasar por veinticinco o tal vez treinta años.

En cualquier otra oportunidad ella hubiera reído de buena gana, y lo hubiera palmeado o lo hubiera besado en sus extraordinariamente suaves mejillas. Ahora sin embargo, ella sólo se dio vuelta diciendo:

—Voy a prepararte los huevos para el desayuno.

Mientras ella preparaba la comida, Harvey se lavó rápidamente las manos y preparó la mesa para el desayuno de los dos, hablando al mismo tiempo acerca de sus planes de plantar más manzanos.

—¿Te acuerdas de Guillermo, el del puesto de verduras del mercado?—preguntó—Me dijo que me compraría todas las manzanas que le pueda llevar. Dice que son las mejores manzanas de los alrededores. Todos los clientes las compran.—Esto último lo dijo en un tono de bastante orgullo en su voz.—Pienso que si planto unos árboles más, en pocos años podré estar produciendo suficiente como para vender una buena cantidad.

Amelia apenas oía a su esposo. ¿Cómo podía él pensar en términos de cuatro o cinco años más? ¿Es que no se daba cuenta que siendo ahora de setenta y cinco años de edad, para el tiempo que se cumplieran sus planes tendría cerca de ochenta años?

Amelia apenas habló durante el desayuno, pero Harvey tenía mucho que decir. Finalmente ésta se sintió aliviada cuando después de terminar con su desayuno él salió rumbo hacia el invernadero, diciendo mientras salía:

—Tal vez traiga una media docena de rosales para tu jardín. Ese sería un mejor regalo de cumpleaños que los chocolates; las rosas podrás disfrutarlas por muchos años.

Ella se quedó observándolo mientras se alejaba silbando por el camino, rumbo a su magullada camioneta. Cuando vendieron la granja él había insistido en quedarse con ese vehículo. Su modo de andar era ágil y su descarnado cuerpo se conservaba todavía fuerte y derecho, como negación al reumatismo que ella sabía que ocasionalmente lo afectaba. El también era viejo, pero ella se preguntaba si él alguna vez se detuvo a pensar en eso.

No puedo soportar toda esa alegría hoy, pensó Amelia para sí misma. Tal vez sea mejor que vaya a ver a la doctora. Sin duda alguna podía contar con Dora para que sintiera conmiseración de ella. Dora siempre guardaba a mano su voluminoso álbum fotográfico, para así acudir a él sin dificultades para recordar los lejanos tiempos cuando eran jóvenes y hermosas.

Dora se alegró de verla.

—Precisamente estaba pensando en ti, Amelia—dijo conduciendo a su visitante hacia la oscurecida sala. Generalmente le fastidiaba a Amelia el hecho de que Dora mantuviera siempre sus cortinas cerradas, pero en esta oportunidad el cuarto estaba de acuerdo con su estado de ánimo.

—Acabo de leer en el diario que Arturo Bronson volvió a su antigua casa de visita—continuó Dora —y estaba recordando cuando él era nuestro maestro de inglés en la escuela y todas las jóvenes estábamos locas por él. Dice en el diario que esa fue su primera experiencia en la enseñanza, y por eso pienso que tal vez él haya regresado para ver nuevamente el lugar donde se inició.

—Ah, me acuerdo tan bien de él—dijo Amelia sonriendo—¡Aprendimos tanto inglés ese año, sólo por complacerlo! Y era tan buen mozo.

Dora hurgó en una pila de diarios viejos y sacó uno.

—Míralo ahora—dijo.

La fotografía que vio Amelia era la de un hombre viejo, encorvado y canoso, el cual el único vestigio de belleza masculina continuaba trasluciéndose en sus todavía brillantes ojos negros.

Amelia quedó deprimida.

—Qué cambiado está, ¿no es verdad?—dijo.

Dora asintió con un triste movimiento de cabeza.

—Hubiera llorado cuando vi esta fotografía. Me hubiera gustado recordarlo joven y romántico, tal como lo era cuando todas las jóvenes de nuestra clase pensábamos que estábamos enamoradas de él. Espera un minuto. Voy a buscar la fotografía de nuestra graduación; él está ahí con nosotros.

Dora pasó rápidamente las páginas de su álbum fotográfico hasta que encontró la fotografía que buscaba del grupo de graduación de la clase a la que ellas pertenecieron.

—Mira Amelia, qué jóvenes éramos todos.

Esta miró detenidamente las hermosas facciones del joven maestro, y luego las otras también jóvenes caras, algunas sonriendo, otras serias. En esa fotografía, ella tenía cara soñadora, con una lejana mirada y un pequeño esbozo de sonrisa en sus labios. Por un momento trató de captar los pensamientos de esa joven de dieciocho años de hacía más de cincuenta años atrás, pero la joven era como una persona completamente diferente, y la anciana de setenta años que ella era en ese momento, no pudo recordar. Probablemente hubiera estado construyendo castillos en el aire alrededor de su apuesto joven maestro, pensó Amelia, sintiéndose momentáneamente superior a la joven maestro, pensó Amelia, sinsimple jovencita que había sido.

Sus ojos buscaron mecánicamente en el grupo hasta encontrar a Dora que se encontraba al lado de Guillermo Knowlton, quien años más tarde llegaría a ser su esposo. Los rostros de Dora y Guillermo tenían un aspecto solemne.

—¿Puedes recordar lo que estabas pensando este día?—preguntó Amelia repentinamente; Dora, inclinada sobre al álbum asintió con la cabeza.

—Guillermo y yo habíamos estado comentando que los mejores días de nuestra vida habían finalizado en el momento de la graduación.

Amelia rió por un momento.

—Es gracioso que pensaras acerca de eso cuando lo mejor de la vida todavía se encontraba por delante.

Dora asintió.

—Pero ahora ya todo acabó— dijo, mientras sacaba un pañuelo del bolsillo de su delantal para enjugarse los ojos. Dora siempre encontraba motivos para llorar.

—Ay, Amelia, cómo desearía volver a los tiempos cuando nuestros niños eran pequeños. O cuando estaban creciendo y hacían tantas cosas que nos deleitaban. Esos fueron los mejores tiempos ¿verdad?

Amelia retrocedió con el pensamiento en la vasta extensión de los años. Sería difícil para ella decidirse por la mejor de las épocas de su vida.

—Hubo buenas épocas a lo largo de toda mi vida—dijo finalmente—Aun cuando había mucho trabajo que hacer y muy poco dinero. Sí, aun esos habían sido buenos años.—Un sentimiento de alegría la invadía cuando los recordaba, pero Amelia no estaba segura de que le gustara volver a vivirlos. En ese entonces ellos siempre pensaban en el futuro, cuando llegara el tiempo que la vida fuera mejor y más fácil. ¿Entonces qué propósito podría tener el volver para atrás?

—Dora—dijo—¿te acuerdas que hoy cumplo setenta años?

—Ay, no—dijo ésta, como si alguien le hubiera dicho que el techo se les venía encima.—¡Eso significa que yo cumpliré setenta años el mes que viene!—Movió negativamente la cabeza, haciéndose eco de los mismos pensamientos que Amelia había tenido momentos antes. —Oh Amelia, ¿cómo es que recorrimos tanto camino tan rápido? Si parece que fue ayer que nos graduamos de secundaria. Se encorvó nuevamente sobre el álbum fotográfico. —Míranos aquí; pensando en que llegaríamos a ser algo grande en el mundo—dijo suspirando—Supongo que ninguno de nosotros llegó a mucho. Y ahora es demasiado tarde.

Amelia la corrigió diciéndole:

—Dora, ¿cómo puedes decir que nunca llegamos a mucho? Tal vez ninguno de nosotros logramos que nuestros nombres aparecieran en las páginas de los diarios, pero hemos vivido buenas vidas, criado buenas familias. Y fíjate en lo que están haciendo nuestros hijos; tu Guillermo haciéndose de un buen nombre, y mi David, y todos los demás también están triunfando en la vida. Yo quiero tomarme parte del crédito por haberlos encarrilado en los caminos que tomaron, aun si lo único que hice fue sólo llenarlos de amor y con pan casero. Y fíjate en Arturo Bronson, y todas las vidas en las cuales él tuvo poderosa influencia durante los años en que enseñó. Y en cuanto a que es demasiado tarde, pensó Amelia, Harvey aún continuaba trabajando en su huerto y ganando un poco de modesto prestigio como productor de buenas manzanas.

Al pensar en Harvey, sintió el repentino deseo de volver a su hogar.

—Creo que mejor me voy, Dora —dijo—Harvey estará pronto de regreso en casa y se alarmará si no vuelvo enseguida.

Dora la acompañó hasta la puerta.

—Guillermo lamentará mucho no haberte visto—dijo—él se siente muy solo. Esta mañana salió a dar un paseo, ya que no encuentra nada que pueda hacer. Se pasa sentado deseando que pudiera haber algo que pudiera hacer, como antes.—Y se quedó mirándola mientras Amelia caminaba calle abajo.—Vuelve pronto.

Amelia llegó a casa antes que Harvey. Estaba ansiosa por oír el anuncio de su llegada por medio de su alegre silbo. ¿Qué tenía él que lo hacía parecer tan joven cuando Dora y Guillermo—y aun ella misma—parecían tan viejos? ¿Es que era sólo su alegría? ¿Por qué era él tan alegre?

Cuando oyó el ruido de la camioneta anunciando su llegada, salió para recibirlo.

—Te traje algunos rosales que realmente te van a gustar—le gritó Harvey al tiempo que paraba la camioneta—Son trepadores— Con un agudo chirrido abrió la puerta y salió del vehículo.—Recuerdas, Amelia, ¿cuánto ansiabas tener un enrramado de rosas?

—Pues voy a construir un bastidor de enrramado y plantar las rosas trepadoras alrededor. En un par de años podrás sentarte ahí toda rodeada de rosas.

Ahí estaba de nuevo, pensando en el futuro.

—Eso va a ser lindo, Harvey— Ella lo observaba descargar plantas de rosas y los manzanos de la parte trasera de la camioneta.— Harvey, ¿algunas veces piensas de cuando éramos jóvenes? ¿Te acuerdas de todas las cosas que pensábamos hacer?

—No muy seguido—dijo, tomando la carretilla y cargándola de plantas—Estoy muy ocupado pensando en las cosas que tengo que hacer ahora—Tomando decididamente las empuñadoras de la carretilla, Harvey la empujó hacia la huerta.

Era eso. En eso estaba la diferencia. Harvey enfrentaba el futuro, buscando cosas para hacer ahora y cosas que pudiera hacer en el futuro, mientras Dora y Guillermo, y aun ella misma, en el mismo día de su cumpleaños, miraban hada atrás, hacia el pasado, añorando las cosas ya pasadas. Eran los proyectos del futuro lo que había hecho la vida interesante cuando ellos eran jóvenes. Tal vez alguna parte del hecho de sentirse viejo o joven, era tan sólo un problema de dirección, la dirección en la que miramos.

Entonces sonrió al escuchar el silbo de Harvey, y se sintió con deseos de silbar ella misma. Aún quedaban varias cosas que había planeado hacer. La primera de todas era plantar esas rosas para poder entonces mirar hacia el futuro y esperar la llegada del tiempo en que se sentara debajo de la rosalera.

“¿Qué había de malo en tener setenta años de edad?” se dijo Amelia en voz alta. Tomando el espejo exterior de la camioneta, lo ajustó para poder mirarse mientras esta vez, el reflejo le sonreía. El pelo, aunque blanco, era suave y brillante, mientras sus ojos parpadeaban alegremente en el rostro resplandeciente.

Pero, ¡si ni siquiera parece que tuviera setenta años! pensó Amelia. Pero si . . . podría pasar perfectamente por sesenta y cinco, en cualquier momento.

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