Vivir con un propósito:

La importancia de la “verdadera intención”

Randall L. Ridd
Segundo Consejero de la Presidencia General de Hombres Jóvenes
Devocional mundial para jóvenes adultos • 11 de enero de 2015 • Universidad Brigham Young–Idaho


Randall L. Ridd

Qué maravillosa oportunidad estar con ustedes hoy. Es un honor, para mi esposa y para mí, estar aquí esta tarde. Pensé que era interesante que mi teléfono supiera que yo tenía este viaje a Rexburg hoy en mi agenda. Me indicó cómo estaría el tiempo y me dio una lista de hoteles y restaurantes locales. Mi teléfono incluso me dio información de las varias atracciones que hay en Rexburg este fin de semana.

Ahora que lo pienso, no incluía mi discurso como una de las atracciones. Supongo que así es cómo se sabe que es un teléfono inteligente.

Aunque su teléfono inteligente no lo recomendó, cada uno de ustedes decidió pasar una hora conmigo esta tarde—una hora que nunca recuperarán. Así que, siento una gran responsabilidad de que merezca la pena; pero también sé que lo que voy a decir no será tan importante como lo que el Espíritu les enseñe; y eso sólo será tan válido como el compromiso de ustedes de actuar según esos susurros.

Creo que estarán de acuerdo conmigo en que ésta es una maravillosa época para vivir. Los sociólogos llamaron a mi generación los “Baby Boomers”, aunque difícilmente se aplica este término hoy; a la siguiente generación, la “Generación X”; y a la de ustedes, la han llamado la “Generación Y”, o los Milenarios. Conocidos por la facilidad natural que tienen con la tecnología y cómo han aceptado las redes sociales, ustedes son más inteligentes y más instruidos que las generaciones anteriores. Estas características no sólo los hacen extremadamente valiosos en la sociedad actual, sino también en la obra del Señor.

Ustedes tienen más opciones y más oportunidades que jamás se hayan tenido. Al igual que muchas cosas de la vida, esto puede ser tanto una bendición como una maldición. Demasiadas opciones y el temor a tomar malas decisiones, a menudo conducen a la “parálisis de decisión”, lo cual es uno de los desafíos de su generación. ¡Centrarse es más difícil que nunca! Con respecto a la tecnología, en cuanto compran algo, posiblemente se quedará obsoleto poco después de que hayan salido de la tienda. Son muchas las personas que tienen miedo a comprometerse con algo porque se preguntan si habrá una mejor opción a la vuelta de la esquina. Así que, esperan—y acaban por no escoger nada. En este estado pasivo, son blancos fáciles de la distracción. El antídoto para eso, hermanos y hermanas, es de lo que me gustaría hablar esta tarde—vivir con un propósito: la importancia de la verdadera intención.

Propósito
Imaginen por un momento que están en un bote salvavidas en el medio del océano, con olas en toda dirección. El bote tiene remos, pero ¿en qué dirección remarían? Ahora imaginen que han avistado tierra. Ahora saben en qué dirección deben ir. El hecho de ver tierra, ¿les da motivación y propósito? Las personas que no mantienen un claro sentido de propósito están a la deriva. Dejan que las mareas del mundo decidan hacia dónde deben ir.

León Tolstói
La vida del gran escritor ruso León Tolstói, autor de Guerra y paz, ilustra este punto. León Tolstói tuvo una juventud inestable. Sus padres murieron cuando él tenía unos trece años. Educado por sus hermanos mayores en un ambiente de alcohol, juegos de azar y promiscuidad, León no fue muy diligente en los estudios. A los 22 años, empezó a sentir que a su vida le faltaba un verdadero propósito y en su diario escribió: “estoy viviendo como una bestia”. Dos años después escribió: “Tengo 24 años y sigo sin haber hecho nada”. La insatisfacción de Tolstói lo motivó a empezar una búsqueda, que duraría toda su vida, mayormente a través de “las pruebas y el error”, para encontrar el propósito de su vida—el por qué. Antes de morir, a los 82 años, concluyó en su diario: “El completo significado y alegría de la vida… yacen en la búsqueda y el entendimiento de la voluntad de Dios”1—y, agregaría yo, en hacer la voluntad de Dios.

Se ha dicho que “los dos días más importantes de la vida de uno son el día que nace y el día que averigua por qué” nació2. Gracias a que tenemos el Evangelio, no tenemos por qué pasar toda la vida intentado descubrir su propósito. Por el contrario, podemos centrarnos en cumplir dicho propósito.

En Mateo 5:48, leemos: “Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”.

Creo que cada uno de nosotros tiene un anhelo innato de mejorar; pero por motivo de que todos cometemos errores, muchos estamos convencidos de que la meta de la perfección es inalcanzable; y lo sería, si no fuera por la Expiación. El sacrificio de nuestro Salvador hace que la perfección sea posible: “Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo” (Moroni 10:32; cursiva agregada).

Nuestro Salvador nos ha dado la esperanza que nos inspira a llegar a ser como nuestro Padre Celestial. Ustedes saben, como descubrió León Tolstói, que existe alegría en el camino hacia la perfección. Un gran propósito llega a nuestra vida cuando hacemos que nuestra búsqueda sea seguir la voluntad del Señor.

El élder Tad R. Callister preguntó: “¿[Y] por qué es tan importante tener una visión correcta de este divino destino de la deidad, de la cual las Escrituras y otros testigos testifican tan claramente? Porque con un aumento de visión viene un aumento de motivación”3.

Misión
Cuando yo era joven, Casi decidí no ir a la misión. Después de un año en la universidad y un año en el ejército, conseguí un buen trabajo en un hospital como técnico de radiografías. Un día, el doctor James Pingree, uno de los cirujanos del hospital, me invitó a almorzar. Durante nuestra conversación, el doctor Pingree descubrió que yo no planeaba servir una misión y me preguntó por qué no. Le dije que era un poco mayor y que probablemente era muy tarde. Rápidamente me dijo que ésa no era una razón muy buena y que él había ido a la misión después de haber terminado sus estudios de medicina. Entonces me dio su testimonio de la importancia de su misión.

Su testimonio tuvo en mí un efecto muy significativo; y me impulsó a orar como jamás había orado antes, con verdadera intención. Podía pensar en muchas razones para no ir a la misión. Era tímido, tan tímido que el pensar en dar un discurso de despedida en la reunión sacramental era razón suficiente como para no ir. Tenía un trabajo que me gustaba. Tenía la posibilidad de una beca que no tendría después de la misión; y lo más importante, tenía una novia que me había esperado mientras estuve en el ejército, ¡y sabía que no me iba a esperar dos años más! Oré y oré para recibir la confirmación de que mis razones eran válidas y de que estaba en lo cierto.

Para frustración mía, no podía obtener la fácil respuesta de “sí o no” que esperaba. Entonces me vino el pensamiento, “¿Qué quiere el Señor que hagas?” Tenía que reconocer que Él quería que sirviera una misión; y ése se convirtió en un momento decisivo de mi vida. ¿Iba a hacer lo que yo quería hacer, o iba a hacer la voluntad del Señor? Ésa es una pregunta que todos haríamos bien en preguntarnos a menudo. Qué gran modelo a establecer temprano en nuestra vida. Muchas veces tenemos la actitud de “A donde me mandes, iré, Señor—con tal de que sea donde yo quiera ir y lo que yo quiera hacer”.

Con gratitud decidí servir una misión y fui asignado a servir en la Misión México Norte. Para aliviar el suspense que algunos de ustedes puedan estar sintiendo, les puedo decir que mi novia no me esperó, ¡pero de todos modos me casé con ella! Ella es una de las bendiciones más grandes de mi vida. Sabiendo que el propósito de nuestra vida es llegar a ser como nuestro Padre Celestial, he aprendido que no hay mejor universidad que la de estar casado y tener una familia para enseñarnos acerca del amor de Dios por Sus hijos. Sabiendo lo que sé, haría lo que fuera por entrar a esa universidad si yo fuera ustedes. Me parece que la inscripción temprana ya está abierta.

Verdadera intención
Cuando nuestro hijo estaba aprendiendo a hablar, tenía una curiosidad insaciable. Con su vocabulario limitado, su palabra favorita era “¿Por qué?” Si yo decía: “Es hora de prepararse para irse a la cama”, él contestaba con un “¿Por qué?”

“Me voy a trabajar”.
“¿Por qué?”
“Vamos a hacer la oración”.
“¿Por qué?”
“Es hora de ir a la capilla”.
“¿Por qué?”

Era muy gracioso—las primeras 500 veces que lo dijo; pero después dejó de ser gracioso y se hizo exasperante, estaba agradecido por el frecuente recordatorio de examinar el por qué (literalmente) de todo lo que yo hacía.

No estoy seguro si tiene mucho sentido la letra Y [que en inglés se pronuncia “guay”] como nombre de la generación de ustedes, pero sí creo que es valioso que piensen de ustedes mismos como la generación “por qué” [que en inglés también se pronuncia “guay”]. Es importante, en el mundo actual, ser decididos en cuanto a por qué hacemos lo que hacemos.

Vivir con verdadera intención significa entender el “por qué” y ser consciente de los motivos que respaldan nuestras acciones. Sócrates dijo: “Una vida sin examen no merece la pena ser vivida”4. Mediten sobre cómo pasan el tiempo y pregúntense con regularidad, “¿Por qué?” Esto les ayudará a desarrollar la habilidad de ver más allá del momento. Es muchísimo mejor mirar hacia adelante y preguntarse, “¿Por qué hacer eso?”, en vez de mirar atrás y decir, “¿Por qué, oh, por qué hice eso?” Si la única razón es porque Dios quiere que lo hagan, esa es una razón válida.

Estrellas
Aprendí la importancia de la verdadera intención cuando fui un joven alumno de seminario. Nuestro maestro nos dio el desafío de leer el Libro de Mormón. Para ayudarnos a dar seguimiento a nuestro progreso, creó una gráfica con nuestros nombres en un lado y los nombres de los libros en la parte superior. Cada vez que uno leía un libro, se colocaba una estrella junto a su nombre. Al principio yo no me esforcé mucho en leer, y no pasó mucho tiempo hasta que me quedé más y más atrás. Incentivado por el sentido de la vergüenza y por mi espíritu nato de competición, empecé a leer. Cada vez que conseguía una estrella, me sentía bien; y cuantas más estrellas conseguía, más estaba motivado para leer; entre clases, después de la escuela, en cada minuto que me sobraba.

Ésta sería una gran historia si les dijera que acabé el primero de la clase; pero no fue así. (Tampoco fui el último.) ¿Saben lo que sí conseguí por leer el Libro de Mormón? Sé que están pensando “un testimonio”, ¿verdad? … pero no fue así. Conseguí estrellas. Conseguí estrellas debido a que ése fue el por qué de mi lectura. Ésa fue mi verdadera intención.

Moroni es muy claro cuando describe la manera de saber si el Libro de Mormón es verdadero: “Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo” (Moroni 10:4; cursiva agregada).

En retrospectiva, puedo ver que el Señor fue totalmente justo conmigo. ¿Por qué debía esperar yo algo más que lo que estaba buscando? Nunca me detuve y me pregunté por qué estaba leyendo el Libro de Mormón. Me estaba desviando; estaba dejando que me guiaran las motivaciones del mundo, sólo para saber que había leído el libro correcto por la razón incorrecta. La verdadera intención es hacer lo correcto por la razón correcta.

No fue sino hasta varios años después, cuando estaba luchando para decidir si me iba a la misión, que leí el Libro de Mormón con verdadera intención. Si iba a pasar dos años dando testimonio del libro, primero tenía que tener un testimonio.

Sé que el Libro de Mormón cumple su divino propósito de testificar de la vida y la misión de Jesucristo porque lo he leído con verdadera intención.

La parábola de las naranjas
Quisiera compartir una parábola moderna que llamaré “La parábola de las naranjas”. Al escuchar, piensen en lo que les enseña este relato acerca del poder de la verdadera intención.

Había un joven que tenía la aspiración de trabajar para una empresa porque pagaba muy bien y era muy prestigiosa. Preparó su Curriculum vitae y tuvo varias entrevistas. Al final le dieron un puesto de inicio. Entonces su aspiración la convirtió en su siguiente meta—un puesto de supervisor que le daría aun mayor prestigio y salario. De manera que completó las tareas que le daban. Llegaba temprano algunas mañanas y se quedaba tarde, para que el jefe viera que trabajaba jornadas largas.

Después de cinco años, se abrió un puesto de supervisor; pero, para tristeza del joven, otro empleado, que llevaba trabajando para la empresa sólo seis meses, obtuvo el puesto. El joven estaba muy enojado y fue al jefe para exigirle una explicación.

El sabio jefe le dijo: “Antes de responder a tus preguntas, ¿me podrías hacer un favor?”
“Sí, claro”, dijo el empleado.
“¿Puedes ir a la tienda a comprarme unas naranjas? Las necesita mi esposa”.
El joven aceptó y fue a la tienda. Cuando regresó, el jefe le preguntó: “¿Qué clase de naranjas compraste?”
“No sé”, respondió el joven. “Usted sólo dijo que comprara naranjas; y éstas son naranjas. Aquí tiene”.
“¿Cuánto costaron?” preguntó el jefe.
“Bueno, no estoy seguro”, fue la respuesta. “Usted me dio treinta dólares. Aquí está su recibo; y aquí tiene su cambio”.
“Gracias”, dijo el jefe. “Ahora, por favor, toma asiento y presta mucha atención”.

Entonces el jefe llamó al empleado que había conseguido la promoción y le pidió el mismo favor. Aceptó sin reparos y fue a la tienda.

Cuando regresó, el jefe le preguntó, “¿Qué clase de naranjas compraste?”

“Bueno”, contestó, “la tienda tenía diferentes variedades—navelinas, Valencia, sanguinas, mandarinas y muchas más; y no sabía cuál de todas comprar; pero me acordé que dijo que su esposa necesitaba las naranjas, así que la llamé. Me dijo que iba a tener una fiesta y que iba a hacer jugo de naranja; por lo que le pregunté al señor de la tienda cuál de todas sería la mejor para hacer jugo. Me dijo que la naranja Valencia era muy jugosa y dulce, así que ésa es la que compre. Las dejé en su casa antes de volver a la oficina. Su esposa estaba muy contenta”.

“¿Cuánto costaron?” preguntó el jefe.

“Bueno, ése fue otro problema. No sabía cuántas comprar, así que volví a llamar a su esposa y le pregunté a cuántas personas calculaba recibir. Dijo que 20. Así que le pregunté al de la tienda cuántas naranjas harían falta para hacer jugo para 20 personas; y eran muchas. Entonces le pregunté si me haría un descuento por cantidad, ¡y me lo hizo! Estas naranjas normalmente cuestan 75 centavos cada una, pero las pagué sólo a 50 centavos. Aquí tiene el cambio y el recibo”.

El jefe sonrió y le dijo: “Gracias; ya se puede retirar”.

Miró al joven que había estado contemplando la conversación. El joven se levantó, bajó los hombros y dijo: “Entiendo lo que quiere decir”, mientras salía desanimado de la oficina.

¿Cuál fue la diferencia entre estos dos jóvenes? A los dos se les pidió que compraran naranjas, y así lo hicieron. Tal vez podríamos decir que uno hizo la milla extra, o que fue más eficaz, o que prestó más atención a los detalles; pero la diferencia más importante tenía que ver con la verdadera intención, en vez de cumplir “por puro trámite”. El primer joven estaba motivado por el dinero, un puesto y prestigio. El segundo estaba motivado por un gran deseo de complacer al jefe y el compromiso interno de ser mejor el empleado posible—y el resultado fue evidente.

¿Cómo pueden aplicar ustedes esta parábola en sus vidas? ¿Cómo podrían sus esfuerzos en su familia, en los estudios, en el trabajo y en la Iglesia, ser diferentes si siempre trataran de complacer a Dios y hacer Su voluntad, motivados por el amor que le tienen a Él?

III. Aplicaciones
Evitar distracciones—La importancia de centrarse
¿Cuántas veces se han sentado a la computadora, a fin de hacer unos deberes para los estudios, o una tarea para el trabajo, cuando de repente sale un anuncio de zapatos, igualitos a los que estaban buscando ayer? Entonces, al buscar en las tiendas en línea, se dan cuenta que algunos amigos están en línea, y empiezan a chatear con ellos. Entonces, reciben un aviso de que un amigo ha puesto algo en Facebook y tienen que ver lo que es. Sin saberlo, han perdido un tiempo valioso y se han olvidado de por qué se habían puesto en la computadora. Son muchas las veces que nos distraemos cuando tendríamos que haber actuado. Las distracciones nos roban el tiempo que podríamos haber invertido en hacer cosas buenas. La habilidad de centrarnos nos ayuda a evitar las distracciones.

Sé que a todos les gusta tomar exámenes. Así que esta tarde les voy a hacer un breve examen de la habilidad que tienen de centrarse. Verán dos equipos: uno de blanco y el otro de negro. Se van a pasar una pelota de baloncesto; quiero que simplemente cuenten el número de pases que hace el equipo blanco.

¿Cuántos pases contaron?

Levanten la mano si contaron 19 pases. ¿Cuántos contaron 20? ¿Cuántos contaron 21? ¿Cuántos contaron 22?

La respuesta correcta es 21.

Todos aquellos que acertaron con 21, que levanten la mano. Mantengan la mano levantada si también vieron a una mujer mayor caminando, y luego hacer el moonwalk. Sigan con la mano levantada si vieron a un guerrero ninja reemplazar a uno de los jugadores de camiseta negra. ¿Vieron a los jugadores de negro que se pusieron gorros?

Vuelvan a verlo y céntrense en algo que no vieron la primera vez.

Tendremos disponible este video vía redes sociales.

Nuestro enfoque de la vida es muy importante. Como demuestra esta prueba, típicamente encontramos lo que buscamos; o como se indica en las Escrituras, “buscad, y hallaréis” (Lucas 11:9).

Si nos centramos en las cosas del mundo, podemos perdernos todo un mundo espiritual a nuestro alrededor. Quizás no sepamos reconocer los susurros espirituales que el Espíritu Santo está ansioso por darnos para dirigir nuestras vidas y bendecir a otros. Por el contrario, si nos centramos en las cosas del Espíritu y en aquello que es “virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza” (Artículos de Fe 1:13), entonces es menos probable que nos desvíen las tentaciones y las distracciones del mundo. La mejor manera de evitar las distracciones es que nuestro enfoque esté firmemente centrado en nuestro propósito y estar anhelosamente consagrados en una buena causa. Tengan cuidado con el enfoque—no pasen el tiempo centrados en escalar una montaña, sólo para descubrir que han escalado la montaña equivocada.

El poder de las cosas pequeñas
Treinta y cinco años después de que “ajusté mi enfoque” y decidí servir una misión, mi hijo me animó a visitar México con él y, con suerte, encontrar algunas de las personas a las que que había enseñado. Asistimos a la reunión sacramental en el pueblito donde empecé mi misión, pensando que tal vez reconocería a alguien; ¡ni a uno! Después de la reunión, le preguntamos al obispo si reconocía a alguien de mi lista de personas que había enseñado y bautizado; ¡ni a uno sólo! Nos explicó que él era miembro desde hacía sólo cinco años. Sugirió que habláramos con otro hombre que era miembro desde hacía 27 años; todavía era escasa la posibilidad, pero merecía la pena intentarlo. Repasé mi lista con él sin éxito, hasta que llegamos al último nombre: Leonor López de Enríquez.

“Oh, sí”, dijo él. “Esta familia está en otro barrio, pero asisten a esta capilla. La reunión sacramental de ellos es la siguiente; deben llegar dentro de poco”.

Sólo tuvimos que esperar unos 10 minutos antes de que Leonor entrara a la capilla. Aunque tenía unos setenta y tantos años, la reconocí de inmediato, y ella a mí. Nos dimos un fuerte abrazo, con lágrimas incluidas.

Ella dijo: “Hemos orado durante 35 años por su regreso, para que pudiéramos darle las gracias por traer el Evangelio a nuestra familia”.

Según entraban más miembros de la familia a la capilla, compartimos abrazos y lágrimas. Por la esquina del ojo, pude ver a mi hijo con dos misioneros de tiempo completo, secándose las lágrimas con las corbatas.

Fue asombroso, al asistir a la reunión sacramental, descubrir que el obispo era uno de los hijos de Leonor, el pianista era un nieto, la directora de música era una nieta, varios de los jóvenes del Sacerdocio Aarónico eran nietos suyos, una de las hijas estaba casada con uno de los consejeros de la presidencia de la estaca. Otra hija estaba casada con el obispo de otro barrio cercano. La mayoría de los hijos de Leonor habían servido misiones; y ahora tenía nietos que también habían servido misiones.

Nos dimos cuenta de que Leonor fue una misionera mucho mejor que nosotros. Hoy en día, sus hijos recuerdan con agradecimiento sus incansables esfuerzos por enseñarles el Evangelio: la importancia del diezmo, los templos, del estudio de las Escrituras, de la oración y de tener fe para confiar en ella. Les enseñó que muchas pequeñas decisiones, con el tiempo, resultan en una vida plena, recta y feliz; y ellos enseñaron esas cosas a otros. Sumamos todo eso y son más de 500 los que han venido a la Iglesia gracias a sólo esta maravillosa familia. Ésa es una de las muchas razones por las que el Señor quería que yo fuera a una misión. Me enseñó las consecuencias eternas de procurar hacer la voluntad del Señor.

Todo empezó con una simple conversación de almuerzo. A menudo pienso que si el doctor Pingree hubiera estado más centrado en su carrera profesional u otras cosas del mundo, quizás nunca me hubiese preguntado por qué no quería servir una misión; pero su enfoque estaba en los demás y en hacer avanzar la obra del Señor. Él sembró una semilla que ha crecido y ha traído fruto y sigue creciendo, o multiplicándose, exponencialmente. Los pensamientos inspirados producen buenas obras; las buenas obras producen otras buenas obras, así sucesivamente, de manera eterna.

En Marcos 4:20 leemos: “Y éstos son los que son sembrados en buena tierra, los que oyen la palabra, y la reciben y dan fruto, a treinta, a sesenta y a ciento por uno”.

La idea de que los actos pequeños, sencillos, pero con propósito, pueden tener grandes consecuencias, tiene un sólido apoyo en las Escrituras. Alma enseñó a su hijo Helamán:

“…por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas…

“… por medios muy pequeños el Señor confunde a los sabios y realiza la salvación de muchas almas” (Alma 37:6–7).

Una de las primeras lecciones de la vida debería ser que hay un gran poder en el efecto multiplicador de las cosas pequeñas que hacemos cada día. Las cosas pequeñas y sencillas están actuando en sus vidas ahora mismo—o a favor o en contra de ustedes. Al igual que el Señor utiliza tales cosas para edificarlos, Satanás las utiliza para distraerlos y conducirlos lenta y casi imperceptiblemente fuera de la senda.

Nuestro desafío es que cuando vemos a una familia maravillosa, o a una persona con éxito económico, o a un gigante espiritual, no vemos todos los pequeños y sencillos actos que los han producido. Vemos a atletas olímpicos, pero no vemos los años de entrenamiento diario que los convirtieron en campeones. Vamos a la tienda y compramos fruta fresca, pero no vemos la siembra de la semilla y el cuidadoso cultivo y cosecha. Miramos al presidente Monson y otras Autoridades Generales, y percibimos su fortaleza espiritual y bondad, pero lo que no vemos son las sencillas disciplinas diarias repetidas una y otra vez. Estas cosas son fáciles de hacer, pero también son fáciles de no hacer—especialmente porque los resultados no son instantáneos.

Vivimos en un mundo instantáneo. Queremos ir de sembrar directamente a cosechar. Estamos demasiado acostumbrados a obtener resultados instantáneos; en cuanto tenemos que esperar más de unos pocos segundos a que Google responda nuestra pregunta, nos irritamos, pero olvidamos que estos resultados son el producto de generaciones de trabajo y sacrificio.

Alma dio a Helamán un consejo que es excelente para nosotros hoy en día. Hablando de la Liahona y de los “muchos otros milagros” que guiaron a la familia de Lehi “diariamente”, él dijo:

“…por motivo de que se efectuaron estos milagros por medios pequeños, se les manifestaron obras maravillosas. Mas fueron perezosos y se olvidaron de ejercer su fe y diligencia, y entonces esas obras maravillosas cesaron, y no progresaron en su viaje…

“Oh hijo mío, no seamos perezosos por la facilidad que presenta la senda; porque así sucedió con nuestros padres; pues así les fue dispuesto, para que viviesen si miraban; así también es con nosotros. La vía está preparada, y si queremos mirar, podremos vivir para siempre.

“Y ahora bien, hijo mío, asegúrate de cuidar estas cosas sagradas; sí, asegúrate de acudir a Dios para que vivas”. (Alma 37:40–41, 46–47).

Tres cosas pequeñas y sencillas

Deseo hacer hincapié en tres maneras pequeñas y sencillas de “acudir a Dios”, que nos ayudarán a mantenernos centrados en nuestro propósito eterno. Ninguna les va a sorprender. Las han oído muchas veces; pero les testifico que al hacer estas cosas constantemente y con verdadera intención no sólo marca la diferencia, sino que marca toda la diferencia. Si entienden—o sea, si realmente entienden—el por qué que existe detrás de estas sencillas disciplinas, sin dudar, harían que fueran una prioridad en sus vidas.

Primero, cuando participamos de la Santa Cena, con demasiada frecuencia lo hacemos por puro trámite. Al ver este video, fíjense el énfasis que se da a recordar y piensen por qué es tan importante.

Élder Jeffrey R.Holland: “Al estar por terminarse aquella última cena preparada en forma especial, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a Sus Apóstoles, diciendo:”

Jesucristo: “Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derrama para remisión de pecados; haced esto en memoria de mí”.

Élder Jeffrey R. Holland: “Desde aquel acontecimiento que tuvo lugar en el aposento alto, en la víspera de Getsemaní y del Gólgota, los hijos de la promesa han estado bajo convenio de recordar el sacrificio de Cristo en esta forma nueva, más perfecta, mas santa y personal. Con un vasito de agua recordamos el derramamiento de la sangre de Cristo y la profundidad de Su sufrimiento espiritual.

“Con el trozo de pan, siempre partido, bendecido y ofrecido primero, recordamos Su cuerpo herido y Su corazón quebrantado.

“En el lenguaje sencillo y hermoso de las oraciones sacramentales que esos jóvenes presbíteros ofrecen, la palabra principal que escuchamos parecería ser: recordarle.

“Si recordar es lo más importante que debemos hacer, ¿en qué debemos pensar cuando se nos ofrecen esos sencillos y preciosos emblemas?”

Jesucristo: “Y haréis esto y será un testimonio al Padre de que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros.”

Texto en pantalla: ¿Cómo lo “recordarán siempre”?5

Al recordarle siempre y guardar Sus mandamientos, piensen en la manera en que el efecto multiplicador de tener siempre Su Espíritu con nosotros impactaría en todos los aspectos de nuestra vida. Imaginen cómo influiría en nuestras decisiones diarias y en reconocer las necesidades de los demás.

Son incontables las maneras en que podemos mantener nuestra promesa de recordar al Señor a lo largo del día. ¿Cómo se pueden acordar siempre de Él?

Muchos dirían: “Orar y estudiar las Escrituras”; y tendrían razón, si, y ese es un gran si, se hacen con verdadera intención.

Orar y estudiar las Escrituras son las dos siguientes cosas pequeñas y sencillas que quisiera recalcar.

El Señor deja bien claro lo ineficaces que son nuestras oraciones cuando las ofrecemos por hábito: “le es contado por mal a un hombre si ora y no lo hace con verdadera intención de corazón; sí, y nada le aprovecha, porque Dios no recibe a ninguno de éstos.” (Moroni 7:9).

La verdadera intención de la oración es abrir una vía doble de comunicación con nuestro Padre Celestial, con la intención de seguir cualquier consejo que Él nos dé: “Consulta al Señor en todos tus hechos, y él te dirigirá para bien; sí, cuando te acuestes por la noche, acuéstate en el Señor, para que él te cuide en tu sueño; y cuando te levantes por la mañana, rebose tu corazón de gratitud a Dios; y si haces estas cosas, serás enaltecido en el postrer día”. (Alma 37:37).

La oración y la lectura de las Escrituras van juntas de manera natural. Cuando estudiamos las Escrituras y las palabras de los profetas modernos, se enciende la mecha de la revelación personal. Los ejemplos y las advertencias que se encuentran en las Escrituras educan nuestros deseos. De este modo es cómo llegamos a saber la intención y la voluntad del Señor.

Los profetas, pasados y presentes, nos han suplicado que hiciéramos cosas pequeñas y sencillas, como orar y estudiar las Escrituras. Entonces, ¿por qué no lo hace toda la gente? Quizás una razón sea porque no vemos dramáticas consecuencias negativas si fallamos un día o dos, de la misma manera que los dientes no se pican y se caen la primera vez que se nos olvida cepillarlos. La mayoría de las consecuencias, tanto positivas como negativas, vendrán después, con el tiempo, pero vendrán.

Hace años, planté dos árboles de la misma variedad y el mismo tamaño en el jardín de atrás de mi casa. Uno lo planté en un lugar donde recibía poco sol; el otro donde gozaba de plena luz del sol. El primer año no noté mucha diferencia de crecimiento entre los dos árboles, pero entonces mi esposa y yo nos fuimos tres años de misión. Cuando regresamos, me quedé atónito por la diferencia. El efecto multiplicador de un poquito más de sol cada día supuso una grandísima diferencia, con el tiempo, en el crecimiento de los árboles. Lo mismo ocurre con nuestra vida al exponernos cada día a la Fuente de toda luz. Quizás no percibamos un cambio inmediato, pero tengan la seguridad que un cambio está ocurriendo dentro de ustedes, y los resultados serán aparentes con el transcurso del tiempo.

Esta simple idea del efecto multiplicador de las disciplinas diarias, con propósito y verdadera intención, puede marcar una gran diferencia en todos los aspectos de nuestra vida. Puede suponer la diferencia entre pasar a duras penas por una vida común y corriente, o tener un éxito inmenso y cumplir con la medida de nuestra creación.

A menudo he hecho una retrospección de mi vida y me he preguntado por qué me fue tan difícil tomar la decisión de ir a la misión. Fue difícil porque me distraje—perdí el rumbo de mi propósito eterno. Mis deseos y mi voluntad no estaban alineados con la voluntad del Señor; de lo contrario, la decisión habría sido más fácil; y ¿por qué no estaban alineados? Yo iba a la capilla los domingos y participaba de la Santa Cena, pero no me centré en su significado. Oraba, pero en general era para “cumplir el trámite”. Leía las Escrituras, pero solo esporádicamente y sin verdadera intención.

Al haber escuchado hoy, espero que hayan sentido, por medio de los susurros del Espíritu, lo que deben hacer para vivir una vida prudente y centrada. Les animo a que sigan estos susurros. No se desanimen con los pensamientos de lo que ya han hecho o no han hecho. Dejen que el Salvador haga en ustedes ‘borrón y cuenta nueva’. Recuerden lo que ha dicho el Señor: “…cuantas veces se arrepentían y pedían perdón, con verdadera intención, se les perdonaba” (Moroni 6:8; cursiva agregada).

Empiecen ya. Vivan la vida con un propósito. Pongan en su lugar el poder de la multiplicación de la disciplina diaria, en los aspectos importantes de sus vidas. Les prometo que dentro de un año, o bien se alegrarán de haber empezado hoy o desearían haber empezado.

Me gustaría que mediten estas tres preguntas: Los invito a que compartan sus respuestas usando #ldsdevo.

Primero: ¿Pueden hacerlo? ¿Pueden hacer estas tres cosas pequeñas y sencillas? ¿Pueden esforzarse para guardar el convenio de “recordarle siempre”? (D. y C. 20:77, 79) ¿Pueden tomar el tiempo para orar con verdadera intención y estudiar las Escrituras diariamente?

Segundo: ¿Funcionará? ¿Creen realmente en la promesa del Señor? ¿Creen que el efecto multiplicador de tener siempre Su Espíritu con ustedes tendrá una profunda influencia en todos los aspectos de su vida?

Finalmente: ¿Merece la pena?

Les testifico que sí merece la pena y que eso marca completamente la diferencia. Al hacer ustedes estas cosas, descubrirán que el más importante “por qué” detrás de todo lo que hacen, es el amor de ustedes al Señor y porque reconocen Su gran amor por ustedes. Que encuentren gran gozo en su búsqueda de la perfección, y en entender y hacer Su voluntad. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

      1. León Tolstói, en Peter T. White, “The World of Leo Tolstoy,” National Geographic, June 1986, págs. 767, 790.
      2. Atribuido a Mark Twain.
      3. Véase de Tad R. Callister, “Our Identity and Our Destiny” (Brigham Young University Campus Education Week devotional, Aug. 14, 2012), 9; speeches.byu.edu.
      4. Véase “Apology,” The Dialogues of Plato, trans. Benjamin Jowett, 38a.
      5. Adaptado del video “Recordarlo siempre”; lds.org/media-library; véase también Jeffrey R. Holland, “Haced esto en memoria de mí”, Liahona, enero de 1996, págs. 76–78.

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