VOCES DE LOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS

UNA VOZ DESDE EL POLVO                                                              Liahona febrero 2000

Mas de 400 años después del nacimiento de Jesucristo, el profeta Moroni enterró los escritos de los profetas nefitas en una colina desierta (véase Moroni 10:27). El sagrado registro fue preparado para algún día mostrar a los miembros de la casa de Israel las cosas maravi llosas que el Señor había hecho por sus antepasados y para convencer al mundo de que Jesús es el Cristo (véase la portada del Libro de Mormón). W Los testimonios de esos profetas esperaron 1.400 años a medida que el mundo se preparaba para la Restauración.  Ahora, con el Libro de Mormón traducido en su totalidad a 49 idiomas, y con selecciones del Libro de Mormón traducidas en otras 42 lenguas, las voces de estos profetas ayudan a millones de personas a venir a Jesucristo y a Su Evangelio restaurado.  Los siguientes son relatos de la influencia que el Libro de Mormón está teniendo en la vida de los Santos de los Últimos Días de todo el mundo.

“EL GOZO QUE SIENTO ES MUY GRANDE”
por R. Stanley Swain

Un día, mientras mi esposa y yo servíamos en la Misión Nigeria Aba, ella se encontraba dando lecciones de órgano a algunos miembros de la rama cuando los élderes Uwaifo y Akagha nos presentaron a un hombre que estaba bastante emocionado. Las lágrimas le rodaban por las mejillas. “iEl gozo que siento es muy grande!”, exclamó. “¡Dios es muy bueno!” Llenos de curiosidad, invitamos a ese hombre, el doctor Pius C. Ozoemena, a que ríos relatara su historia.

En agosto de 1988, el doctor Ozoemena, profesor adjunto de física de la Universidad Estatal de Tecnología de Anambra, en Enugu, Nigeria, fue invitado a asistir a unas reuniones de profesionales en Italia. Durante el transcurso de las sesiones, a menudo pasaba tiempo en unas salas apartadas para la meditación, en donde oraba y leía.

“En una de esas ocasiones”, recordó, “eché una rápida mirada por los libros sagrados que estaban en el estante reservado para ellos y encontré, entre otros, dos libros raros: primero, un volumen que contenía el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio; y segundo, un ejemplar de Una obra maravillosa y un prodigio, por el élder LeGrand Richards (1886-1983), del Quorum de los Doce Apóstoles. De todos los libros que había allí, esos dos fueron los que más me impresionaron. Por primera vez leía acerca de verdades religiosas que me aclaraban varios pasajes de la Biblia que previamente no entendía.

“Me entusiasmé de tal manera que pagué para sacar fotocopias de ambos tomos y después las hice encuadernar. Durante casi un año los leí con regularidad y comparé sus mensajes con otros textos de Escritura. Intuía que los mensajes eran inspirados.

“En diciembre de 1989, regresé a mi pueblo para celebrar la Navidad, como se acostumbra entre mi gente. Allí me encontré con mi primo O. C. Ekufu, de Lagos, Nigeria, quien también había regresado a nuestro lugar de origen para la Navidad”.

El doctor Ozoemena se dio cuenta de que su primo ya no fumaba ni bebía cerveza. Cuando le preguntó cuál era la razón, se enteró de que se había unido a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.

“Mi corazón vibraba de gozo”, dijo el doctor Ozoemena. “Nos abrazamos y le relaté mis propias experiencias además de mostrarle mis atesorados libros. El me mostró muchos libros de la Iglesia que había traído de Lagos, incluso aquellos que yo había fotocopiado en Italia. Yo expresé mi deseo de unirme a la Iglesia y él prometió que me ayudaría a ponerme en contacto con los misioneros que servían en Enugu, en donde yo trabajaba. Me sentía sumamente feliz, ya que no sabía que la Iglesia se encontrara fuera de los Estados Unidos”.

Tal como lo había prometido, el hermano Ekufu envió el nombre y la dirección de su primo a la oficina de la Misión Nigeria Aba. Sin embargo, el doctor Ozoemena no esperó a que alguien se pusiera en contacto con él; él mismo salió en busca de los misioneros. Después de una larga búsqueda, localizó a los misioneros, quienes lo invitaron a que fuera a conocernos a mi esposa y a mí.

El élder Uwaifo y el élder Akagha empezaron a visitar a la familia Ozoemena y a enseñarles el Evangelio. El doctor Ozoemena y su esposa se bautizaron el 4 de febrero de 1990.

“En los libros revelados de la Iglesia he encontrado un grandioso y constante plan para la salvación mediante el Señor Jesucristo”, explica el hermano Ozoemena. “Estoy agradecido a mi Padre Celestial por haber encontrado el Evangelio”.

EL LIBRO MÁS HERMOSO
por Nancy Marilijn Ruiter

Durante mi juventud en los Países Bajos, tuve la oportunidad de pasar dos semanas trabajando con las misioneras regulares; esperaba dos semanas de mucho trabajo… y de mucha diversión.

Para ese entonces, ya sabía que tenía un Padre Celestial y que me amaba, pero durante esas dos semanas, pensé en El y en Su obra durante las 24 horas del día; aun mientras dormía, soñaba con la obra misional.

A pesar de mi entusiasmo, los primeros dos días fueron de muchísimo trabajo, sin que lográramos demasiado éxito. Para finales de la primera semana, me sentía exhausta, espiritual y emocionalmente. Toda esa noche me la pasé leyendo el Libro de Mormón. Cuando me fui a acostar, percibía una sensación cálida y buena, y sabía que mi Padre Celestial me daría el valor para seguir adelante incluso cuando nos cerraban las puertas.

En los días subsiguientes continuó habiendo más respuestas negativas que positivas; pero si en todo un día había una sola persona que estuviera dispuesta a escuchar, hacía que todo valiera la pena.

Un día llamé por teléfono a una I señora que había investigado la Iglesia durante cuatro años. En esa conversación me dijo que no necesitaba el Libro de Mormón porque había encontrada un “libro más hermoso”. Cuando fuimos a su casa, mi compañera y yo teníamos la esperanza de convencerla de que le diera otra oportunidad al Libro de Mormón. Nos mostró partes de su libro que trataban de la caridad y del orgullo, y se nos quedó viendo como para decir: Eso no está escrito en el libro de ustedes, ¿verdad?

Afortunadamente, ese año yo había estudiado el Libro de Mormón en seminario y estaba familiarizada con algunos pasajes relacionados con esos temas. No tardé en encontrarlos, empecé a leerlos y se los expliqué de una manera que no sabía que era capaz de hacerlo.

Cuando terminé, ella tenía lágrimas en los ojos. Dijo que había pensado devolvernos el Libro de Mormón que tenía, pero que ahora había decidido leer de nuevo ese libro tan hermoso: el Libro de Mormón.

MI PROPIO TESTIMONIO DEL LIBRO DE MORMÓN
por Bethzaida Vélez Rivera

Siempre deseé tener un testimonio del Libro de Mormón. Sabía que mis padres tenían sus testimonios porque habían leído el libro y orado en cuanto a él. Yo no podía decir lo mismo, ya que nunca lo había leído.

Había asistido a la Iglesia desde que era pequeña. Mi fe creció y fui bautizada en mi adolescencia. Había leído varias partes del Libro de Mormón que contenían cosas bellas e interesantes, y había escuchado el testimonio de mis padres y el de otras personas que decían que el libro era verdadero, pero sabía que tenía que obtener mi propio testimonio.

En seminario, me fijé la meta de poner atención a lo que me enseñaban y a pasar más tiempo estudiando las Escrituras. Durante mi último año de seminario, leimos el Libro de Mormón. Empecé a orar más, a leer más y a poner más atención; tomaba apuntes cuidadosos en mi libreta de seminario.

Con el tiempo, llegó a mi corazón el simple pero profundo testimonio del Espíritu Santo de que el Libro de Mormón es verdadero. Sentí en mi corazón que este conocimiento era algo de inmenso valor.

Sé que cada uno de nosotros puede obtener un testimonio verdadero del Libro de Mormón y de todas las Escrituras; y de acuerdo con lo que éstas nos enseñan: “…por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5).

TENÍA HAMBRE
por LaChere Bodine Jones

Las esquinas estaban dobladas hacia arriba debido al uso frecuente, las páginas arrugadas y rotas en algunos lugares, el texto marcado por todas partes y los márgenes llenos de anotaciones. La cubierta azul estaba casi desprendida de las demás páginas y las letras doradas empezaban a perder su brillo.

No podía creerlo. Mi Libro de Mormón no se parecía en nada a ése. Yo tenía el mío desde los 9 años de edad y ahora que tenía 18, mi libro se veía como nuevo. La cubierta, así como las páginas, estaban nuevecitas y limpias. La tapa casi nunca había sido abierta, y las pocas anotaciones y marcas que había hecho encerraban escaso significado para mí.

Nunca había visto un Libro de Mormón tan desgastado por tanto uso. Mi amiga no lo había maltratado: ella había estudiado la palabra de una manera que simplemente yo no podía comprender. Yo lo había leído y había orado con respecto a él y en verdad sentía que era la palabra de Dios. Sin embargo, cuando vi el Libro de Mormón de ella y la luz de sus ojos, me di cuenta de que había algo más que yo podría hacer con esas palabras y que nunca había sabido valorar.

Empecé a orar a fin de tener el Espíritu Santo conmigo al leer el Libro de Mormón, y empecé a leerlo varias veces al día. Meditaba en las cosas que leía y estudiaba cualquier versículo que no podía entender.

Encontré un pasaje que había visto en muchas ocasiones, pero que nunca antes había tenido tanto significado: “…Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3). Yo siempre había leído la palabra, pero jamás me había deleitado en ella.

Llegué a un punto en mis esfuerzos en que dejé simplemente de echar una mirada ligera a las palabras y empecé a ver el mensaje. Esperaba con ansia el momento de ponerme a leer el Libro de Mormón; ya no lo consideraba una obligación, sino que se convirtió en una bendición.

Mi Libro de Mormón todavía no está tan desgastado como el de mi amiga; sus páginas aún no están tan llenas de anotaciones y la cubierta no está tan acabada debido al uso frecuente, pero algún día lo estará. En verdad Jesucristo sacia a aquellos que se deleitan en Sus palabras.

 “¡PERMÍTAME VER ESE LIBRO!”
por Coke Newell

Mi compañero de misión y yo caminábamos por una sombreada calle residencial cerca de la Universidad de Antioquía, en Medellín, Colombia. Después de haber experimentado una serie de dificultades en esa ciudad, me preparé para lo peor cuando un jovencito se apartó de un grupo de estudiantes universitarios y nos llamó. Nosotros permanecimos inmóviles a medida que él corría hacia donde nos encontrábamos.

“¡Permítame ver ese libro!”, insistió, señalando el Libro de Mormón que yo llevaba en la mano.

Lo sostuve en alto, mostrándole la cubierta, en la que aparecía una estatua dorada del ángel Moroni contra un fondo color azul. “Es suyo, si lo quiere”, dije un tanto nervioso.

Lo tomó en sus manos.

Su siguiente pregunta nos dejó totalmente confusos: “Yo los conozco. ¿Dónde obtuvieron este libro?”.

Mi compañero había llegado a la misión tan sólo hacía tres días, de modo que me armé de valor y le contesté al joven con toda la sinceridad y sencillez que me fue posible. Cuando terminé, él tenía lágrimas en los ojos.

“He visto este libro antes”, dijo. “Los he visto a ustedes antes; pero eso fue hace siete años, en un sueño”.

Nos empezó a relatar el sueño. “Vi un simple libro azul, de pasta blanda, con una figura dorada en la cubierta. El hombre llevaba una túnica y tocaba lo que parecía ser una trompeta”.

Pero era el sentimiento lo que más recordaba. Había recibido una poderosa impresión de que el libro era importante, esencial y verdadero. Nunca había vuelto a ver el libro hasta que lo vio en mis manos aquel día en la calle.

Al poco tiempo empezamos a enseñarle las charlas a Juan Guillermo Mejía. Con cada uno de los principios, él solía responder que “ya lo sabía”, y que nosotros sólo estábamos confirmando lo que él sabía desde hacía mucho tiempo. Esa semana terminó de leer el Libro de Mormón y fue bautizado el sábado.

Meses después, cuando terminé mi misión, él era el presidente del quorum de élderes de su rama. Después de siete años, el libro de sus sueños había cambiado su vida. □

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Una respuesta a VOCES DE LOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS

  1. juan Guillermo Mejía zapata dijo:

    Este artículo. : PERMITANME VER ESE LIBRO. De que LIAHONA es? Año y mes. Gracias. Soy el de esta historia.

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